Mujeres que corren con mochilas: el desafío de soltar, vibrar y echar raíces

SECCIONES

Josefina Garzillo es periodista, narradora y encuadernadora e integra Ediciones La Caracola. Nació en Junín, estudió en La Plata, y hace dos años y medio su vida es “una usina de movimientos, de cuartos y comidas, de países y calles, de tareas e idiomas cambiantes”. En Mesoamérica o en Europa, el nomadismo se hace carne y también palabras.

Josefina, desde las alturas de la yunga boliviana.

31 de mayo de 2018. Despierto en la cama de un departamento en el barrio porteño de Almagro. Preparo un mate; el resto en la casa duerme. La mesa de madera del comedor está decorada con individuales tejidos en hilos de colores verdes, blancos, celestes, sobre una de las paredes cuelga una guirnalda mexicana, también hay postales, estanterías con libros y cuadernos en uso, plantas bien regadas: todas señales de un dos ambientes con calor de hogar. Así arranco a escribir, atendiendo al lugar que hoy habito, al estado personal y físico desde donde van a brotar estas líneas sobre mujeres en viaje, que Aluminé alienta hace semanas.

Vuelvo la vista a los objetos más próximos: la mesa, las sillas, los individuales laboriosamente hilados, el pseudo pijama que visto. Imagino que si una cámara captara, silenciosa, esta escena; la imagen podría ser interpretada como la de una mañana cualquiera de quien despierta y desayuna en su casa. Ahora, si esa cámara abre su plano, mostrará que a los pies de la cama de la que acabo de salir, hay un baúl con una mochila y una valija: todo lo que llevo conmigo.

Entonces, el olor del mate, la ropa cómoda de recién amanecida, un cuarto cálido. Lo cierto es que buena parte de la escena es obra de los amigos que hace semanas abrieron las puertas de su casa y sí, hay algo de mí que decide hacer de esta mañana un momento confortable, con ciertos guiños de amable rutina; pero -por fuera de mis acciones- casi nada aquí me pertenece.

Hace dos años y medio mi vida es una usina de movimientos, de cuartos y comidas, de países y calles, de tareas e idiomas cambiantes: un shock de realidades distantes entre sí, unidas sólo en y por mí experiencia como parte de una misma película. De estas vivencias, hay un aprendizaje que se hizo carne: viajar no es ni más ni menos que una forma de vivir, entre las múltiples que existen, con todas sus bondades y pesares, con todo lo de felicidad, agobio y desafío que implica existir. Y desde este ser y estar, es que escribo.

Una de las salidas importantes que recuerdo es la de Argentina hacia Bolivia por tierra. De esa época guardo la imagen de haber cargado una mochila con mucho más peso del que mi espalda puede soportar. Cómoda, podés llevar un cuarto de tu peso. Fue otro gran aprendizaje. En esa dirección y siguiendo la columna vertebral de la Cordillera de los Andes, conocí también Perú, Ecuador y Colombia; hasta que una posibilidad de trabajo al otro extremo de América Latina hiciera que tome un avión de regreso a Argentina y, dos meses después, un nuevo vuelo a México y Guatemala. Por eso me gusta volver la memoria a los primeros días en Bolivia: en aquel entonces nada imaginaba sobre que mis próximos dos años se convertirían en una suerte de “nomadismo organizado” a través de 11 países.

En Chiapas (México) viví medio año. Y ahora que escribo sobre casas y movimientos, caigo en cuenta que -desde que comencé este peregrinaje-, sólo allí construí y sostuve un hogar por más de tres meses. 2017 comenzó, entonces, en Mesoamérica, hubo un segundo regreso a Argentina y a partir de abril, otro proyecto me llevaría a España, pasando por Italia, Alemania y Polonia. Fue la primera vez que sobrevolé un mar. En diciembre regresé a la madre matria por tercera vez. De ese tiempo a esta parte habité tres casas, compartidas con cinco personas diferentes; por eso digo que mi escena actual tomando mate en pijama, en un comedor con calor de hogar, es mía en tanto me contiene, pero “no me pertenece”. Es abrigo del presente y será abrigo de la memoria cuando haya pasado; eso es lo mejor que dan las vivencias cuando son buenas: el amor de las amistades y de los espacios y personas que eligen abrazarnos aún conociéndonos poco.

Compañera sobre el río. Campamento Civil para la Paz. Caracol I, La Realidad, Chiapas, México.

¿Qué quiero decirles? ¿Qué de todo este relato puede hacerles llegar una idea que valga su lectura? No lo sé. Sólo compartir algunos pensamientos con las manos abiertas y extendidas, como quien ofrece un pan que acaba de sacar del horno y, aún tibio, comienza a probar. Como un collage, puedo escribir que soltar amarras es una decisión con trascendencia, que hay lazos que se sostendrán más allá de cualquier mar o cualquier tierra y que es maravilloso descubrir esto, así como es un gran regalo tener la oportunidad de extrañar, de valorar los afectos en perspectiva, y así identificar el lugar que éstos ocupan en la vida de cada quien. Que la experiencia de vagar, de perderse en el anonimato del mundo puede ser tan enriquecedora como dolorosa y vivificante, que para algunos y algunas es un camino necesario, urgente o irrelevante y que éstos son simplemente eso: caminos, opciones. Que irse determina y (al mismo tiempo, quiero imaginar) siempre hay posibilidad regresar. Que con nuestros pasos pequeños vamos tejiendo buena parte del futuro y que -maravillas y humildades mediante- jamás seremos del todo conscientes de cuánto uno de éstos puede impactar en el mapa de nuestras vidas por venir.

Creo firmemente en que la seducción de andar vivas se juega aquí; en algo que -paradójicamente, confieso- es a veces lo que más me aterra: no tenemos la propiedad del control remoto, planear no siempre es una certeza, las mayores plenitudes (amar y sentir el deseo irrefenable de darlo) suelen estar fuera de libreto. Que no todo está contado, que crecer es aprender a cuidarnos como a un templo y que merecemos una vida que nos vibre desde adentro, como una cuerda, como todo instrumento de creación.

Lago cercano al pueblo de Cupramontana, Ancona, Italia.

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