Mujeres que corren con mochilas: El Salvador intenso 

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Laura Salomé Canteros es periodista y comunicadora popular feminista. En agosto de 2017, en cuestión de horas, decidió aceptar una oferta laboral que la llevó de la zona sur del conurbano bonaerense a instalarse durante siete meses en El Salvador, adonde, entre palabras de Roque Dalton y luchas feministas, se acercó a un pueblo que aún hace duelo de su historia.

Playa El Tunco (El Salvador)

por Laura Salomé Canteros

Fue instantánea la decisión de alejarme de la rutina de certezas que supe construir en Buenos Aires para viajar rumbo a la aventura de un nuevo trabajo en El Salvador. Llegué el 20 de agosto de 2017. Y con la campera, los borcegos y las medias que me habían defendido de los 10 grados que helaban Ezeiza abracé, al aterrizar, los casi 40 que me recibieron en el aeropuerto internacional Monseñor Romero. 

La densidad del clima, el verde que se abalanzó obsceno sobre mi mirada y la soberbia de los volcanes que en siete meses no logré identificar, me dieron la pauta de estar donde jamás. Centroamérica nos es ajena a quienes habitamos los sures del continente. Mas no la desigualdad. Mas no la intención de ocultar de la historia oficial la lucha de los pueblos como el de El Salvador. 

El dolor por los asesinatos y las desapariciones durante la guerra se respira tan fuerte como la incertidumbre sobre cómo prevenir la violencia del crimen organizado en los barrios. Hubo un fin de semana, lo recuerdo bien, en el que la prensa hegemónica titulaba sobre 80 asesinatos en todo el país.

Sobre El Salvador hay que leer unos primeros libros de Roque Dalton y conocer el poder de su palabra para imaginar, en la mirada de campesinos y campesinas -que cuentan sin hablar una palabra-, cómo ese pueblo sobrevivió a masacres como las de El Mozote y cómo lucha hoy -aun desde todas latitudes- por la verdad, la justicia y la recuperación de la memoria histórica.

Mientras estuve allí, el macho capitalista más empoderado, Donald Trump, dijo que El Salvador era un shit hole llamando a odiar al millón y medio de salvadoreñas y salvadoreños que migraron hacia Estados Unidos. Sin embargo, la crueldad de un sistema global que se ensaña con las más pobres también violenta puertas adentro. Sobre El Salvador sabía de la condena penal a 30 y 40 años que pesaba sobre aproximadamente veinte mujeres pobres, presas políticas de la penalización del aborto. Pero jamás imaginé ser testiga y asistir horrorizada a la doble condena primero y a la liberación luego, tras un indulto, de Teodora Vázquez, una joven que pasó presa 10 años tras un aborto espontáneo.

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En El Salvador marché un 28 de septiembre con el pañuelo verde exigiendo que se hagan ley cuatro causales que despenalizan el aborto.
Comí pupusas por antojo y pasé noches de alcohol, baile, karaoke y algún enamoramiento.
La mayoría de ellas tuve el privilegio de cerrar los ojos y encontrar el sueño mirando las estrellas.

En El Salvador escuché el sonido del mar y de la brisa pegar en las palmeras.
Fui de occidente a oriente y tuve pánico al recorrer los manglares en lancha.
Conocí el rojo de la construcción popular y vi, como mujer política, un futuro de palabras vacías.  

En El Salvador nunca me tomé un colectivo.
Asistí a mi primer y único baby shower para recibir a Martina.
Desde allí viajé sola a Guatemala y pasé una de las mejores noches que recuerde.

En El Salvador un amigo compuso una canción retratando mis vehementes reacciones.
Conformé una familia sin fronteras y me reí con ganas de los chistes sobre argentinos.
Vi a todo un movimiento solidarizarse porque Santiago Maldonado no (nos) aparecía.

En El Salvador lloré hasta quedar sin respiración por Teodora. Y recordé a Reina Maraz.
Asistí a reuniones, formé parte de espacios feministas y de una asamblea Ni Una Menos.
Me defendí, por segunda vez en mi vida, de una agresión sexual.

Me sentí sola, migrante, desterrada. Me volví más amiga de mis amigas e hice amistades nuevas que, con certeza inimaginable, jamás olvidaré.

En El Salvador reconfirmé que el heteropatriarcado y el capitalismo tienen que caer juntos.
Que la democracia es el más débil de los sistemas y que yankis, go home no es mera frase.
Que sólo El Salvador puede salvar a El Salvador. 

Ah, y que con ternura, venceremos.

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Playa El Tunco (El Salvador)

Agradecer el “feliz día”, reír a cada interacción, escuchar cada historia para memorizar palabras y frases como vale verga, pretender birrias en cualquier lado y escapar los fines de semana a la playa, de repente fue costumbre. Respetar cada silencio, amar los ojos achinados y esperar la calidez de los gentiles brazos de un pueblo que agarró las armas para derrotar a la dictadura fascista fue mi constante, así como habituarme hasta extrañar los temblores cada quince días.

La intensidad con que se vive cada momento, desde que el sol amanece en el lago Ilopango hasta que se oculta tras el Boquerón tiñendo todo de un inexplicable rosa, hizo de “el paisito” un lugar único y lleno de interrogantes para esta conurbana acostumbrada a los grises.

Conformar una “equipa”, los “jueves de tías”, amanecer “chambreando”, gritar en cada lugar que soy feminista fueron parte de mi habitar El Salvador. Parte de mi corazón quedó dando vueltas, errático, en aquel lugar maravilloso al que quién sabe si volveré. Un espacio geográfico y temporal, que con certeza, ya no me es ajeno.

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