“Al asesinar a Marielle nos arrancaron un pedazo y también hicieron brotar miles de semillas”

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A un mes del asesinato de Marielle Franco, en Brasil, Karine Narahara describe su sentir ante el asesinato de otra mujer negra: “Entendí que la dificultad de llorar no era solo mía. Era colectiva. Cargamos un dolor ancestral. La sensación es que si empezamos a llorar estos dolores, no vamos a parar más. No sólo lloramos la pérdida de Marielle. Lloramos los dolores de una violencia racista secular que atraviesa generaciones”, expresa.

Evento en homenaje a Marielle Franco. Foto: Felipe Uruatã de Mídia Ninja

por Karine L. Narahara desde Brasil*

“Mataron a Marielle”. “¿Pero cómo que mataron a Marielle?”, le pregunté a un hermano. “Mataron a Marielle”. “¿Pero cómo mataron Marielle?”, le pregunté sin creer. “La mataron. Abrí tu Facebook a ver qué dicen”. No lo podía creer. Mataron a Marielle. Mataron a otra “preta”, como acostumbramos a llamar a nuestras hermanas negras cariñosamente. Los grupos de Whatsapp eran una locura, había mucha información desencontrada. En un primer momento se decía: “fue un asalto” o “la asaltaron y la mataron”. Estas noticias son cada vez más habituales en una ciudad cada vez más asustada por las violencias cotidianas. No sólo mataron a Marielle, también mataron al que manejaba su auto. Luego descubrimos que su chofer se llamaba Anderson Gomes. La hermana preta que estaba al lado de Marielle sobrevivió. “Carajo, lo que debe estar pasando esta chica ahora en este momento”, pensé. Luego entendimos que no fue un asalto. Decían que dispararon 12 tiros en su dirección. La ejecutaron, como acostumbramos a decir por acá. Fue una ejecución claramente política.

“¿Pero ella estaba recibiendo amenazas?”. “No”, me contestó el hermano que justo había charlado por teléfono con una asesora del equipo de Marielle en la Cámara de Concejales. Pero ¿cómo la asesinaron así, sin ninguna amenaza anterior? A todos nosotros, negros, seguramente nos apareció el mismo pensamiento: tenía que ser una preta. Una mujer preta. Por mucho tiempo otro parlamentario de su mismo partido, y de quién ella fue asesora por años, fue amenazado diversas veces por realizar acciones en la Cámara de Diputados contra las “milicias”, grupos paramilitares que actúan en regiones más periféricas de la ciudad. Recibió amenazas, anda con escolta policial. Tuvo la oportunidad de protegerse. Es hombre y blanco. Marielle, mujer negra, ni esa oportunidad tuvo. Fue asesinada sin ningún aviso. Lorenço da Silva, amigo de Marielle y también de la favela de Maré de donde ella venía, dijo que su asesinato fue un aviso. “Fue un aviso para la favela, no para la izquierda de varones blancos”.

“La gente se va a juntar en Cinelândia”, dijeron. Cinelândia es la plaza donde está ubicada la Cámara de Concejales. Fuimos para allá. Había pocas personas. Y comenzó una gran tormenta. La ciudad se bañó cuando la noticia de su asesinato ya recorría todas las calles. Era Iansã, la poderosa diosa iorubá del viento, conduciendo a su hija en este pasaje. Fue una noche dura. Muchas mujeres pretas no pegamos los ojos. “Podría ser yo”, pensamos.

Marielle era una gran defensora de los derechos humanos y se oponía firmemente a la escalada de violencia en las periferias de la ciudad. Además de denunciar los casos de gatillo fácil y de violencia policial en las favelas, ella y su equipo también acompañaban a las familias de policías que habían sido asesinados. Su trabajo dejaba claro que una de las principales consecuencias de la “guerra anti-drogas” es el genocidio de la población negra. Poco antes de su asesinato, ella denunció en un periódico de gran circulación la violencia de policías en la favela de Acari, en Río de Janeiro, y recientemente había comenzado a investigar en una comisión parlamentaria los abusos policiales en la intervención del ejército en la ciudad, que es una de las estrategias del gobierno de Michel Temer.

A la mañana del día siguiente las imágenes eran impresionantes: una multitud esperaba los cajones de Marielle y de Anderson en la puerta de la Cámara de Concejales. Cuando llegaron se abrió un gran pasillo de gente. Yo no pude estar, para mi hubiera sido demasiado ver esa escena. Llegué a la tarde y el velorio continuaba. Estaban armando una gran marcha a la puerta de la Cámara de Diputados, donde siempre nos juntamos en las acciones políticas más grandes.

Llegué a las cinco en punto. Había una cantidad de gente impresionante. Mi generación nunca había visto algo semejante, lo más parecido fueron las jornadas de junio de 2013 contra el aumento de tarifas de los colectivos. Había muchas personas negras. Miraba a las hermanas pretas y veía lo mismo que yo sentía: como si algo nos hubiera atravesado la garganta y no pudiéramos llorar. Encontré a una de mis hermanas. Nos saludamos y nos abrazamos. Era momento de demostrar fuerza. No hablamos en palabras, nos comunicamos con el cuerpo y la memoria ancestral que cargamos todas.

Por momentos tenía unas profundas ganas de llorar. Miraba hacía todos lados y no podía. Un hermano me dijo: “Nosotros, negros, somos hechos para no llorar” . Entendí que la dificultad de llorar no era solo mía. Era colectiva. Cargamos un dolor ancestral. La sensación es que si empezamos a llorar estos dolores, no vamos a parar más. No sólo lloramos la pérdida de Marielle, lloramos los dolores de una violencia racista secular que atraviesa generaciones.

No conocía personalmente a Marielle, ni la voté. Pero los cuatro disparos, tres en la cabeza y uno el cuello, que la mataron también me golpearon de alguna forma. Y a todas nuestras hermanas pretas: no importa si sos una de las concejales más votadas de la ciudad, no importa si estudiaste en una gran universidad o si hizo la maestría en Sociología en una escuela prestigiosa. Nada importa. Si sos mujer, negra, lesbiana y vivís en una favela, tu vida es descartable. Si vos tenés “la carne más barata del mercado”, como canta la canción, tu vida nada vale para esa gente. A todas nosotras que cargamos en nuestros propios cuerpos el color de la noche, la sensación es que nos falta un pedazo. Y que en un país racista como este, en que vidas negras e indígenas son cotidianamente eliminadas, cargar la piel negra significa que sos matable. Fácilmente matable.

El sábado 14 de abril se cumplió un mes del asesinato de Marielle. Hasta el momento las instituciones estatales fueron totalmente incapaces de dar cualquier respuesta para el caso. No existen sospechosos. Nada. Absolutamente nada. En la última semana un hombre que testificó en la investigación fue asesinado. Para muchos es difícil creer que vaya a haber justicia, al menos de la justicia de los hombres. Pero al asesinar Marielle nos arrancaron un pedazo y también hicieron brotar miles de semillas. Nuestro dolor es ancestral, pero nuestra fuerza también. Iji kii já k’obodò. Seamos fortaleza ante tantas tormentas. Y que el fuego de Xangô ilumine la verdad.

 

*Candomblecista y estudiante del curso de doctorado en Sociología y Antropología de la Universidade Federal do Rio de Janeiro (UFRJ). Agradezco a mi padre, Maurício Moraes – Obá Guerê, por las enseñanzas sobre la noción de justicia-verdad iorubá.

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