Mujeres que corren con mochilas: El punto de partida

Columnistas, Mujeres que corren con mochilas

Aluminé Cabrera, comunicadora y viajera latinoamericana, inaugura la columna Mujeres que corren con mochilas, donde da cuenta de un viaje exterior pero también de un recorrido para adentro de sí, siempre de la mano de otras con las que se tejen las redes de sororidad. En la próximas publicaciones más mujeres viajeras, de distintos países, con diversos intereses, desde sus geografías sumarán sus relatos a esta sección.

Por Aluminé Cabrera

Aluminé en el caracol zapatista de Morelia (octubre de 2015)

Un poco pasó que estaba buscando pasajes a Cuba, para mis vacaciones pagas de trabajo formal, y caí en la cuenta de que con la plata de esos aéreos me recorría hartos países de Latinoamérica.

Al final no fueron tantos, pero si fue el disparador, sirve.
Vaya que sirvió.

Después, lo obvio: renuncié con antelación -mucha- a mi trabajo que era emocionante pero que no iba a ser emocionante para siempre, organizamos una feria para vender nuestros pocos muebles y la bastante ropa que yo acumulé siempre, hicimos una mudanza digna de una película de Kusturica en unas rutas bonaerenses, casi vomitamos al ver que elegían a Bergoglio como Papa y un día después de que el otoño de 2013 echara a andar nos subimos a un colectivo en Neuquén rumbo a Temuco y a todo lo desconocido a lo que podíamos aspirar.

Calculé irme por dos años y al final regresé dos meses antes de que se cumplieran cinco.

Fui una, fuimos dos, tres, cuatro, fuimos un montón y como ocurre a menudo llegué a sentirme solísima entre una muchedumbre y más que acompañada por mí misma en la más rotunda soledad.

Viví en comunidad, sola, en familia y con compañero.

Prendimos fuego la pareja, asumimos el riesgo de la libertad y transitamos un camino sobrepoblado de contradicciones.

Dormí en hostales, pensiones, hospedajes, pocilgas húmedas, casas y departamentos lujosos, en carpa bajo techo, en carpa en la playa o apenas metida dentro de la bolsa de dormir a la intemperie de algún lugar inhóspito.
Adopté una perra en el Caribe venezolano, viví con un gato medio prestado en el sur de Colombia y con dos gatas salvajes en Ecuador.

Coleccioné miedos y perdí dientes y entendí que la mala atención odontológica es como el psicoanálisis o las drogas duras: te hace dependiente de por vida.

Odio el cilantro con toda mi alma y me volví fanática del jenjibre.
Cuando me enumeraron los ingredientes del mole jamás imaginé que lo amaría con frenesí.
En México toda la comida es rica.
Hasta la que no me gusta.

No actué nunca más.

Dejé el periodismo, o mejor dicho, el periodismo me dejó a mí.

Para mi propia sorpresa, me hice artesana, aprendí a decir frases como “acá pasa la magia” y canté canciones de los Enanitos Verdes junto a otros hippies en algunos parques sudamericanos.

En cada lugar busqué el modo de no quedarme con primeras impresiones.

Luché contra parecer -o ser- turista y fracasé la mayor parte de las veces.

Entendí que soy una mujer de procesos lentos, que la información de lo que veo, escucho y aprendo tarda en bajar.
Años después de andar tejí una hipótesis que aún no termino de cerrar: la “identidad latinoamericana” es más parecida a un sueño romántico de quienes leímos mucho a Galeano y a lo largo y ancho de este territorio colonizado nos une más el espanto que el amor.

El modelo extractivo con sus múltiples facetas y la violencia padecida por las mujeres e identidades disidentes nos hermanan más que el reguetón.

Y que votes por quien votes, el gobierno te gana siempre.

Volví a escribir y a publicar, pero como soy enemiga acérrima de la solemnidad y peleo minuto a minuto contra la soberbia, pocas veces me alejé de mí, de mis verdades y hallazgos, para hablar de territorios y experiencias.

Esto no es más que un recorte a partir de mis vivencias, que difieren de las de otras.

Me estampé contra la propia carga que traía: mi crianza, mi formación, mi clase y mis privilegios.
Aprendí a callar.
A observar.
A escuchar.
Aprendí a aprender.
Incendié mi manualcito de jovencita clasemediera urbana feminista occidental y lloré mi vergüenza.

Me perdí.

Y regresé a mí gracias a muchas mujeres que fueron como las miguitas del cuento de Hansel y Gretel que marcaron el camino:

Las estudiantes de Chile, que no han salido de la secundaria y ya le tiran molotovs a los carabineros; las cholas bolivianas que aprendieron a rebelarse contra las cámaras insistentes de la gringada que se quiere llevar ese recuerdo de lo “autóctono”; la niña peruana que en la inmensidad y lejanía de la Amazonía me enseñó que “la otra” soy yo; mujeres viajeras que en un pueblo del sur ecuatoriano me mostraron otra forma de parir y de criar y, a la vez, sembraron la semilla de los primeros interrogantes acerca de si deseaba maternar o no; la señora colombiana que desde su modesto puestito me regaló un “tintico” en una tarde de infamia; Vanessa, compañera del MST brasileño, que en Venezuela me abrazó con su generosidad en medio de tanta decepción; mi amiga Melina, quien en Panamá me demostró que se puede ser feminista por formación o por intuición; las compas de la radio en Managua que me invitaron a participar y me mostraron el lado B del orteguismo; y en Guatemala otra vez la Meli más Huayra para conformar un trío infalible que tuvo el tupé de proponer un ciclo de cine feminista en un pueblo reaccionario a la vera del lago Atitlán y se la pasó esquivando cascotes de machirulos durante todo el ciclo; la mamá zapatista con la que durante un par de semanas nos comunicamos con sonrisas y señas porque ninguna hablaba el idioma de la otra; las amigas incondicionales que me enseñaron todo sobre comer chile, tomar mezcal y decir “órale” y “pinche gobierno”, muy necesario para profundizar la vida mexicana; Lupita, sobreviviente de una masacre en Chiapas, perpetrada por los brazos clandestinos del gobierno, que luego de perder parte de su familia, aún revindica el amor como motor de lucha; todas y cada una de las compañeras de un sinfín de puntos planetarios con las que cruzamos abrazos, miradas y sonrisas en cada encuentro zapatista; las maestras y madres de familia oaxaqueñas a las que vi llorar once muertes en un día y luego recuperar fuerzas para seguir luchando.

Y podría seguir pero se hace largo y la sororidad, como la violencia, es infinita.

En estos días de regreso permanente, mientras me acomodo, disfruto de esta fiesta de bienvenida decorada de verde. De los abrazos en los reencuentros y de las nuevas mujeres que llegan a mi vida. Y de gritar bien fuerte, hasta para quien no quiere creerlo, que América Latina va a ser toda feminista.

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