Y Gualberto se volvió pájaro

Columnistas

Un día la realidad lo terminó de matar. Anteayer, hace un rato, hace casi siete años. No murió de una enfermedad, murió de impunidad e injusticia, del mismo dolor y la misma rabia que nos desborda a quienes quedamos, mientras lo escuchamos murmurar como cuando aturdía con su mirada, cansada y enfurecida de tanto luchar.

Por Soledad Arrieta

Gualberto Solano no abrió las alas porque se cansó de esperar. Él no sabía de qué se trataba quedarse quieto en casa a miles de kilómetros aguardando novedades: siempre buscó, hasta en su última mueca, rastros de su “chango”.

Decía que no se iba a ir de Choele Choel hasta que no se llevara con él al cuerpo de su hijo. No podía comprender la muerte sin la evidencia, es la forma de tortura en la que opera la desaparición, no importa qué año sea, no importa quién ni cómo esté en el poder.
Así fue que se instaló con su carpa y su silencio, con su fuerza y su coraje, con su entereza y –fundamentalmente- con su amor incondicional frente al juzgado de la ciudad de la que habían robado a Daniel.

Gualberto fue un luchador, como su hijo.

A Daniel se lo llevaron en noviembre del 2011 por no someterse a la mafia de la trata, por ir contra todo lo que pretendió aplastarlo junto a sus compañeros golondrinas. A Daniel lo desaparecieron y lo mataron buscando contener el grito contra la injusticia de la explotación. Siete policías que hoy están siendo juzgados lo asesinaron para que Agrocosecha y Expofrut no tuvieran que darle explicaciones de sus estafas precarizantes a nadie. Lo hicieron bien, aunque les salió mal. Silenciaron su voz, pero no pudieron matar el eco que todavía se multiplica entre las paredes destruidas de las carcelarias gamelas.

Como ocurre con cada vida rebelde que cae, sigue latiendo en quienes quedan. Y quedó su enorme padre, además de toda esa gente que nunca dejó de levantar su imagen, ya no como una causa, sino como una expresión de valentía e insumisión.

Gualberto Solano no dio la vida por su hijo, aunque estaba dispuesto a darla. A él le arrebataron el aire. Lo mató la misma policía que mató a Daniel. Lo mataron los mismos dueños de las empresas local y multinacional que lo estafaban. Lo mató la misma justicia burguesa que encubrió y postergó la causa. Lo mató cada persona que salió a marchar para que se fuera porque arruinaba el paisaje de su ciudad. Lo mató la indiferencia. Lo sobrevive todo lo que sembró.

Gualberto se volvió pájaro. No pudo con su cuerpo, dañado y desarmado por una batalla que jamás imaginó iba a tener que pelear. Pero ganó.

Su nombre, su mirada brillosa, sus manos apretadas, su garganta dolorosa, su ternura luchadora, van a estar vivas en cada lágrima que se nos está cayendo hoy y también en cada puño que alzaremos mañana.

Daniel y Gualberto Solano volarán juntos. Y desde su vuelo nos saludarán cada vez que los nombremos. Ahora y siempre.

“La verdad de la belleza brilla en la vida sin olvidos” (Vicente Zito Lema)

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