Las comunicadoras enlazamos banderas sindicales y violetas

Columnistas, Géneros

por Katia Carro*

El mes pasado, en la previa al contundente #8M que sacudió al mundo, el Sindicato de Prensa de Neuquén (SPN) realizó el lanzamiento de su “Protocolo de intervención para casos de violencia de género y/o discriminación sexista”. Si bien existen distintas expresiones sindicales por guiar cómo debería ser el tratamiento de la violencia de género a lo interno de cada organización, lo cierto es que ésta herramienta es inédita y, por ahora, única en el plano de las organizaciones gremiales para el abordaje de los casos que puedan representar manifestaciones de violencia de género y/o discriminación sexista para trabajadores y trabajadoras de prensa (en el ámbito laboral, el personal y hacia dentro del gremio). Acá el punto para comenzar a caminar dos caminos que confluyen en esta experiencia y que nos interesa recorrer juntos y juntas: las mujeres en los medios, comunicamos, trabajamos y nos organizamos.

Katia Carro en la presentación del protocolo – Foto: SPN

Aunque en el imaginario social ronda la imagen de la chica intelectual, que está súper informada, y problematizando la realidad para poder “convertirla en noticia” libremente; la realidad en nuestros lugares de trabajo dista mucho de este estereotipo. Las comunicadoras no somos ajenas a la violencia sexista, patriarcal y social; desde una óptica profesional y también desde el punto de vista que somos mujeres inmersas en el mundo del trabajo.

Ejemplos, sobran. Cobramos menos por ser mujeres, nos somos tomadas en cuenta para los cargos de jerarquía, discriminación sexista por doquier cuando se trata de coberturas en la calle argumentadas por el viejo cuento machista “queremos cuidarte”, por el hecho de ser mujer tenés el bonete “Madre” – un gasto más-, si elegimos serlo no se cumplen nuestros derechos básicos “en pos de la noticia ya”. Somos víctimas de acoso sexual, el maltrato y abuso de poder cotidiano de jefes a trabajadoras o de propios compañeros, o viceversa, pero con esa complicidad reinante que empaña de silencio a muchas de las que lo sufrimos. Por estas situaciones de violencia física, económica, simbólica y de discriminación sexista todas pasamos. A su vez, las comunicadoras sociales no somos ajenas a la violencia de género en las calles, en nuestras relaciones, en nuestros hogares. Por esta misma razón, “contar” que una de nosotras es asesinada en manos un hombre por el sólo hecho ser mujer, o desde la empatía o la sororidad plena, nos quema por dentro. Con lo expuesto hasta acá -aunque podríamos seguir-, claramente damos por tierra con ese imaginario colectivo con el que arrancábamos y aseveramos que a las comunicadoras sociales la violencia de género nos interpela, nos atraviesa.

Agreguémosle el plus. Como todo el conjunto de laburante de prensa sufrimos los embates de este Gobierno Nacional y las empresas: precarización laboral, sueldos por debajo de la inflación galopante, paritarias con techo del 15% y en cuotas, tener que mantener dos empleos para mantener un poder adquisitivo acorde a la situación económica de nuestro país, a trabajar sin el pago de zona desfavorable en nuestra región. Podríamos seguir, pero la idea es llegar a comprender/nos que somos trabajadoras.

Este punto teje una trama inseparable: organizar nuestras batallas diarias como mujeres y entrelazarlas como parte de un colectivo más amplio, del conjunto de trabajadores y trabajadoras de prensa que se organiza en su herramienta gremial.

Podríamos arrancar con la historia de aquellos primeros sindicatos en la Argentina, de corrientes anarco-sindicales o socialistas de los años ´20 de siglo pasado que comenzaron a organizarse por lo reivindicativo y concreto de un sistema que oprimía, y en ello el rol de las primeras mujeres argentinas sindicalistas como Enriqueta Lucero de Lallemant o Virginia Bolten – como para nombrar algunas-. Este sería un buen punto para seguir en otro encuentro, investigar el protagonismo de cientos de mujeres gremialistas desde los inicios e invisibilizadas por los escritos históricos. Lo dejamos como deuda pendiente.

Lo cierto es que los sindicatos, con el propio proceso histórico y particular en nuestro país, han sido la herramienta de organización más fuerte. La impronta gremial, marca muy fuerte a los procesos de conquistas de derechos de trabajadores y trabajadoras de la ciudad y del campo, de la industria y de la intelectualidad, de derechos laborales y de derechos humanos.

Paradas en este punto es válido resaltar que en la última década ha habido notables avances en materia de derechos humanos de las mujeres gracias a nuestra organización y nuestras luchas. Las masivas marchas bajo la consigna del #NiUnaMenos, sumado a las más de treinta ediciones del Encuentro Nacional de Mujeres, y el Paro Internacional de Mujeres que se viene desarrollando cada 8 de marzo en consonancia con el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, los demuestran.

Entonces, las organizaciones gremiales deben ser interpeladas como institución a comprometerse y ser una parte activa de la sociedad en la lucha contra todo tipo de violencia hacia la mujer y en la conquista de derechos propios. Como personas que comunicamos, por ejemplo, debemos prestar atención especialmente a la violencia mediática y simbólica en nuestros ámbitos laborales, pero debemos luchar para que también se eviten otros tipos de manifestaciones y tomar estas banderas con compromiso y criticidad, organizándonos.

Incorporar la mirada de género en nuestra formación como profesionales de la comunicación social se vuelve fundamental. Asimismo, pensar su vinculación, con los procesos y prácticas sindicales que hemos atravesado y que se deben tomar como “prioritaria” dentro del trabajo gremial, también lo es. Hablamos del respeto a los derechos humanos de las personas y la promoción de una nueva ciudadanía comunicacional libre de estereotipos de género y contra la violencia. Entendiendo que este tipo de violencia no es privada sino sociocultural y sistémica, de injerencia pública y de derechos de las humanas esta necesidad cae de madura, ¿no?

Entonces, volviendo, la relación es sencilla. Los sindicatos deben asumir su responsabilidad en la desnaturalización de la opresión de las mujeres, por ser el sólo hecho de ser mujeres y parte de un colectivo trabajador. Deben generar herramientas introspectivas para evaluar sus prácticas sindicales, para pelear contra las violencias de género, e incluir en sus reivindicaciones las problemáticas de las mujeres. En la Argentina de hoy no podemos pensar una organización sindical que no les exija a los gobiernos nacional y provincial la emergencia en violencia contra las mujeres, o las licencias por violencia para las trabajadoras, como ejemplos profundos.

Traducirlo es fácil, los sindicatos tienen un rol en la pelea por las reinvidicaciones y en la defensa de derechos de los trabajadores y las trabajadoras. Pero a su vez, tienen un llamado en la organización de ese colectivo por la liberación de las ataduras que nos oprimen. Con un agregado fundamental, que jamás debe perderse de vista: las trasformaciones sociales y profundas que necesitamos vienen de la mano del protagonismo y la liberación de las mujeres.

*Comunicadora social, integrante de la comisión de redacción del protocolo del SPN

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