A 20 años del triple femicidio de Cipolletti: “Una herida que nunca para de doler”

Géneros, Justicia

Una foto le sirve de excusa a la periodista Marcela León para describir el espanto y el dolor de la impunidad generado por el triple femicidio de Cipolletti de 1997. “El dolor lacerante se manifestaba en las calles, en las guardias periodísticas interminables en la comisaría y en el juzgado”, recuerda. 

Por Marcela León

Foto_ Miguel Gambera

Esta fotografía cuenta de la primera conferencia de prensa del entonces gobernador de Río Negro Pablo Verani, a tres días del hallazgo de los cuerpos sin vida de María Emilia González, su hermana Paula y Verónica Villar en la ciudad de Cipolletti. Hacía apenas un año que había entrado a trabajar a LU5 AM600, mi primer cobertura en la radio había sido como movilera desde Cutral Co unos días después de la muerte de Teresa Rodríguez en pleno fragor piquetero que nacía de una “pueblada”.

Lo inmóvil de la imagen amarilla en el papel se activa con el recuerdo, que en movimiento, se siente en el cuerpo. Espanto. Por cada cosa que sucedió después de aquel día. Muchos colegas han relatado y descripto en sus crónicas periodísticas sobre los alcances del primer triple femicidio de Cipolletti, porque a 20 años le podemos poner este nombre. Hay que repasar, en una línea de tiempo, las acciones y omisiones que tejen un entramado impune y que hacen de esta historia una herida que nunca para de doler. Las chicas habían salido a caminar el 9 de Noviembre de 1997 y dos días después aparecieron asesinadas. Sus cuerpos revelaron maltratos físicos, abuso sexual, golpes y heridas cortantes y de bala.

En la nota “Los misterios del triple crimen” que publica el diario Clarín el 7 de Noviembre de 1999 Fabián Bergero escribe “dos horas después del macabro hallazgo, la Policía de Río Negro detuvo a dos personas: Hilario Sepúlveda y Horacio Huenchumir. Se trataba de dos marginales que formaban parte del elenco estable de sospechosos. Todas las pruebas los señalaban como culpables: se resistieron a la detención, pelos extraños entre las ropas, rasguños y golpes. El juez de instrucción Pablo Iribarren no tardó en procesarlos como autores del triple asesinato. Pero antes de que terminara 1997, esa pista se derrumbó. Las pruebas cayeron una a una, mientras se revelaba una trama de encubrimiento que habría comenzado en el mismo momento en que las chicas desaparecieron, y de la que habrían participado policías y civiles. El juez cambió el rumbo de la investigación y recurrió al auxilio de la Policía Federal. Inclusive, se abrieron varias causas paralelas, como la del encubrimiento policial, enriquecimiento ilícito y abuso de autoridad. Pero ninguna medida permitió recuperar el tiempo perdido, en el que desaparecieron pruebas fundamentales.”

Las chicas tenían 24, 22 y 17 años. El 14 de Noviembre, tres días después del hallazgo de los cuerpos de María Emilia, Paula y Verónica, el ex gobernador de la provincia de Río Negro, Pablo Verani dio la cara. La conferencia de prensa se hizo por la tarde noche en la Municipalidad de Cipolletti. Verani estaba en Londres y había tomado la decisión de adelantar su regreso por razones obvias. Junto a el estaban su ministro de Gobierno Horacio Jouliá y el intendente Julio Arriaga. Solo como nota de color, en la foto de Miguel Gambera publicada en la nota del diario Río Negro el sábado 15 de Noviembre de 1997, se puede ver de pie a un joven Alberto Weretilnek, actual gobernador de Río Negro, quien integraba el gabinete de Arriaga. Unos diez años antes, Weretilnek venía de ser jefe de prensa del antecesor de Arriaga, Julio “Rudy” Salto.

Antes de la conferencia de prensa, Verani pasó por la casa de Ulises González, padre de María Emilia y Paula y de Juan Villar padre de María Verónica. “No quiero hacer prensa con este tema”, dijo al salir de la casa de González. En aquel momento los familiares le pidieron a Verani que “no los dejaran solos”. La pena de muerte para los responsables del triple femicidio fue unas de las declaraciones que flotaron en el aire aquella noche. “En casos como este me inclino por la pena capital”, dijo Verani y calificó a la pena de muerte “como una cuestión filosófica” aunque en casos aberrantes como este “soy partidario de esa medida extrema”.

Todo estaba muy a flor de piel. El dolor lacerante se manifestaba en las calles de Cipolletti, en las guardias periodísticas interminables en la comisaría y en el juzgado de Iribarren. En aquella primera declaración pública Verani prometió novedades en 48 horas, y en épocas donde el uso de las redes sociales existía solo en la mente de Ray Bradbury, los periodistas supimos que no quiso brindar más detalles por temor a que se filtraran datos que pudieran “entorpecer la investigación”. Brindo su total respaldo a las gestiones de Jouliá y a su jefe de policía Rubén Elosegui. Sostuvo que la investigación judicial “permitiría tener certezas” y consultado sobre la posibilidad de conformar una comisión especial para la investigación, dijo que también era necesario “conformar una reestructuración de la sociedad en forma piramidal donde cada cual cumpla su rol”.

Nada de eso paso. Pasaron cosas peores.

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