Jóvenes construyen memoria

Géneros, SECCIONES

Cuando nos dirigíamos hacia Cipolletti por el puente carretero observamos carteles que decían “El triple crimen fue triple femicidio” que habían sido pegados por La Colectiva Feminista La Revuelta. Así entramos a la ciudad interpelándonos sobre que nos encontraríamos.

por Juan Thomes, Daniel Font Thomas y Matías D’Abramo

Foto: Juan Thomes

 

Son cerca de las 20 horas. Llegamos al colegio José María Brentana. Ingresamos al teatro. Se siente el bullicio de las y los jóvenes actores.

Relatan cómo fue que escribieron e idearon la obra de teatro. Acompañadas y acompañados por profesores, podría ser similar a la que hemos realizado alguna vez en nuestro paso por la escuela secundaria, solo alguna tarea extracurricular o taller. Pero no es el caso. Ésta se trata de una herida que ha sido oculta por el paso de los años y que muchos no se atreven a mirar, recordar o revivir: inmarcesible, la obra se trata del primer triple femicidio de la ciudad de Cipolletti. Y quienes la llevaran adelante serán jóvenes de entre 16 y 17 años.

Durante la charla previa toman la palabra principalmente las mujeres. Las charlas y capacitaciones en perspectiva de género permiten entender lo que congéneres le hicieron a María Emilia, Paula Micaela Gonzales y Verónica Villar cuando en noviembre de 1997 les arrebataron sus vidas. Los hombres, desde su lugar, cuestionan, critican y deconstruyen.

Expresan sus puntos de vista, son jóvenes con consciencia en franco desarrollo, una actitud participativa y un increíble sentido de la responsabilidad sobre lo que les toca en este momento de la historia, a pocos días de cumplirse 20 años de la desaparición de las chicas. Se saben parte de la resistencia contra el olvido.
Una seña del fondo del salón anuncia que es hora de alistar los últimos detalles.

Se apagan las luces, comienza a entrar el público. A los laterales sombras negras con máscaras se iluminan por velas, las llamas son las únicas guías para ubicar lugares. Las sombras desvanecen la luz. Silencio. Todo da paso a una puesta que romperá los límites de la cuarta pared.

Tres jóvenes con túnicas blancas entran en escena. Despreocupadamente caminan y charlan. De nuevo oscuridad. Silencio. El portazo estremece la sala. Luces encendidas y las chicas no están más. Las mismas sombras que sostenían las velas, ahora multiplicadas, recorren los asientos del público con linternas. Alumbran rostro por rostro. Son la ciudadanía cipoleña que busca, en contraposición a la inacción de las autoridades. El cuadro lo completan audios de noticiosos que relatan la búsqueda. Las linternas se apagan. El rastreo llega a su fin. Lo tenebroso junto al silencio reina nuevamente.

La atención se mueve al escenario. Una chica enmascarada sin expresión, aparece jugando con un globo con forma de corazón tranquilamente. Es la inocencia de la ciudad. Se perturba y en el cambio de actitud revienta el globo, aumentado por la tensión de la música. En un retorcerse sobre el suelo acaba por caminar en postura de araña hacia el público. Cada vez más rápido cerca del borde. Fuera luces.

Foto: Juan Thomes

Sale a escena un nuevo personaje. Este Ser vestido de colores fosforescentes convence a la joven a entrar en una caja coronada de amarillo en un enorme moño en la tapa que cierra al instante. Con gestos burlones toma algo del suelo y golpea con el látigo destrozando la tranquilidad, la paz de una localidad que no sabía de este tipo de sucesos. En ese Ser los y las alumnas simbolizaron la corrupción, la policía, la política, los asesinos, todo lo oculto del tripe femicidio que nunca fue esclarecido

Y este Ser en un reloj coloca las fotos de María Emilia, Paula Micaela y Verónica Villar.

Una justicia blanca, impoluta irrumpe en la acción o intenta irrumpir, para ser manchada con un líquido flúor, la sangre brillante que no pasa desapercibida.

Llega aquí la parte más siniestra de la obra: esa justicia manchada es golpeada y arrojada al pasillo principal para acabar arrastrada entre gritos y quejidos desgarradores. La gente no sabe si mirar o no, se ven las primeras lágrimas. La justicia fue también simbólicamente asesinada nuevamente. Se pone en penumbra nuevamente todo y aparecen en el escenario jóvenes sosteniendo un cartel con la leyenda “20 años sin justicia”.

Foto: Matias D’Abramo

Desde donde estamos nos damos cuenta que la obra ha terminado. El aplauso es una explosión de orgullo, pero dentro hay un malestar enorme. Los y las jóvenes salen, se sientan en el escenario y comienza un debate donde todos los que hablen lo harán con mucha tristeza. Adolescentes que apenas no habían nacido en 1997 consiguieron retraernos donde estábamos en aquel año. Ellas y ellos lo consiguieron, fueron constructores y constructoras de memoria.

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