Encontrarnos con otras reveló a la que somos y elegimos ser

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Las pibas están en tetas o en corpiño o con remera, como quieren, como deciden. Las pibas se depilaron o están llenas de pelos. Tienen rapada toda la cabeza o una parte, tienen el pelo de color o no. Sus cuerpos están poblados de adjetivos escritos con fibras y pintalabios: tortas, veganas, putas, feministas, feminazis, femininjas, hartas, furiosas, aborteras, socorristas. Tienen brillitos, se pintaron los labios, tienen pelucas. Se cuelgan pañuelos, agitan banderas.

32 Encuentro Nacional de Mujeres en Chaco. Foto: Pupy Merino

Por María Pía Borja

Las pibas les responden a los machos que nos gritan cosas en la calle, igual que cuando andamos solas pero ahora somos diez caminando juntas y el que tiene miedo es él. Las pibas tomamos los baños de hombres en las estaciones de servicios y bares, desobedeciendo la binariedad a la hora de hacer pis.

Las pibas en el Encuentro Nacional de Mujeres podemos ser nosotras, podemos ser la versión más cercana de la que somos, de la que elegimos ser. Podemos hablar intimidades con aparentes desconocidas, contar violencias que tuvimos silenciadas, confesar fantasías que creíamos inconfesables, reconocer las propias contradicciones sin ser señaladas. El “ser nosotras” no tiene que ver sólo con andar en tetas o animarnos a gritar y agitar, también es desnudarnos frente a la mirada sorora de las otras y encontrarnos hermanadas por haber transitado las mismas violencias o masticado las mismas ideas aunque la otra sea una trabajadora de la salud del conourbano bonaerense y yo una periodista neuquina

Somos muchas. Imposible saber exactamente cuántas, la comisión organizadora cuenta 70.000, algunos medios hablan de entre 50.000 y 60.000, las compañeras que participaron el año pasado dicen que somos menos que en Rosario. Lo cierto es que somos miles y llegamos hasta Resistencia, en Chaco, hasta el norte del país.

32 Encuentro Nacional de Mujeres en Chaco. Foto: Pupy Merino

Algunas estuvimos más tiempo viajando que en Resistencia, tanto que el viaje fue una parte fundamental del impacto transformador del aquelarre feminista. La fiesta empezó en el colectivo, charlando con otras, compartiendo, conociéndonos, tomando cerveza, bailando, practicando e inventando cantitos para la marcha, recortando papelitos para una intervención de las socorristas, tomando mates, durmiendo un poco. Lo mismo a la vuelta, el viaje fue la instancia de digerir juntas lo que vivimos, de empezar a leer los libros que nos compramos, de conocer sobre los espacios de los que participaron otras y, por supuesto, de tomar más cerveza.

Cerca de 12.000 mujeres, lesbianas y trans nos encontramos la mañana del sábado en el acto de apertura bajo el sol chaqueño. Cada una de esas miles y de las que se sumaron a las actividades y a la marcha, seguramente vivió un encuentro distinto. Los talleres –muchos y diversos- , las actividades artísticas, la feria y espacios como las mesas temáticas o las radios abiertas del encuentro más todas las actividades espontáneas y organizadas extraoficialmente que se dieron en la plaza central y en los alrededores hacía imposible vivenciar todo. Es necesario elegir, o dejarse llevar.

Hubo miles de encuentros, miles de formas de transitarlo pero intuyo que en todo ese espectro de experiencias hay un punto en común y es la fuerza transformadora del encuentro con otras, la instancia de pensar y pensarnos incluso desde la heterogeneidad propia del feminismo por suerte cada día más evidente y de cargar energías para hacerle frente al patriarcado desde los lugares en que vivimos, acuerpadas con otras hasta encontrarnos en el sur, en Puerto Madryn, Chubut, el año que viene.

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