Ex ESMA: donde la memoria le hace frente al terror

Derechos de la humanidad, Fotogalerías, SECCIONES

El fotoperiodista Juan José Thomes visitó lo que fue la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), donde funcionó el centro clandestino de detención más grande de Argentina, ubicada en la avenida Libertador de la ciudad de Buenos Aires. A través de las palabras y las fotos comparte sus sensaciones. El lugar, que en el 2003 se nombró como sitio de Memoria, lo conmueve profundamente. La esperanza de la memoria activa logra imponerse ante el terror que esas paredes encierran.

por Juan José Thomes

Entro a la ex ESMA y me invade una sensación de victoria pero el sentir triunfalista se desmorona cuando las caras de los y las desaparecidos en la pared me miran recordándome a dónde voy. La energía es densa. La memoria también duele. Las construcciones que se imponen me dan miedo, sé dónde estoy, sé que pasó acá. Cuando entre los pinos descubro el casino de oficiales un escalofrío me recorre el cuerpo entero.

“Se comunica a la población que a partir de la fecha el país se encuentra bajo control operacional de la junta militar”, escucho en lo que era la confitería del casino de oficiales. Audio, imágenes y sombras se amalgaman en una presentación audiovisual que ofrece un contexto histórico para quienes hacemos el recorrido. Estoy solo y se me eriza la piel. Hago fotos.

Recorremos distintos espacios: confitería, pasillos, cuartos, cocina, comedor. Cuando entramos a la habitación de quien fue jefe de la ESMA recuerdo el relato de Andrea Krichmar en un artículo periodístico. Después ingresamos al sótano, que es donde llegaban las personas detenidas desaparecidas y sufrían sus primeras torturas, y me aterro de sólo pensar cuantas y cuantos pasaron por ese lugar. Es enorme. Arriba está Capucha, el lugar donde iban después, es grande, frío y húmedo.

En el tercer piso, donde hay un cuarto pequeño con una escalera de metal que lleva a Capuchita, otra vez se me vienen imágenes a la cabeza. Ahora es una foto de Carlos Muñoz en este lugar mirando hacia afuera, él fue uno de los primeros detenidos desaparecidos que volvió acompañado de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep).

Busco en mi cabeza una explicación que sé que no voy a encontrar. Siento bronca y dolor. La humedad se mezcla con los sentimientos. Me muestran donde estaban las embarazadas y donde parieron a sus hijas e hijos. No puedo más. Me quiero ir. Tengo ganas de gritar.

La visita terminó. Las personas que me acompañaron en el recorrido se fueron. La puerta frontal cerrada me obliga a irme por atrás entonces salgo por el corredor que da a la escalera del sótano, por ahí sacaban a las personas desaparecidas rumbo a los vuelos de la muerte. Estoy abatido por los recuerdos, los lugares, los olores, los sonidos. Todos están en mi memoria. Cuando llego al final del corredor me detengo y lloro, la rabia se abre paso.

Sigo buscando una explicación a este dolor, me doy vuelta. Todo el peso oscuro y siniestro que siento se vuelve volátil cuando recuerdo una frase que leí en el libro sobre este espacio: “Donde hubo muerte, hoy hay vida”. Pienso inmediatamente en la última marcha del 24 de marzo en la que junto a nuestras madres, Inés y Lolin, miles de personas marchamos en Neuquén bajo el lema “Son 30.000”. Miro por última vez el casino de oficiales y descubro una foto en la que hay dos Ford Falcon y una camioneta que imagino que puede haberse utilizado para los traslados hacia los vuelos de la muerte, esa imagen la tomó Victor Basterra. Recordar su acto de resistencia activa me llena de energía y de esperanza, esa que sentimos quienes creemos que la Memoria se milita todo el tiempo.

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