French y Berutti, sin protocolo: La pesada herencia viene de lejos

Columnistas, SECCIONES

Por Jorge Gadano

Entre tantas modas que saturan el lenguaje burocrático, una de las más frecuentadas en estos tiempos de agudización de la lucha de clases (la grieta en este país) es la del llamado “protocolo”. La ministra de Seguridad Patricia Bullrich (que lo fue de Trabajo en el gobierno de la Alianza y que podría serlo igualmente de Deportes o Cultura porque no le hace asco a nada) esgrime esa palabra para encubrir la represión a todo lo que se mueva. Y si su afán represivo es inocultable se suma al coro que culpabiliza a “la pesada herencia” que dejaron los Kirchner en sus tres mandatos consecutivos, únicos, dicho sea de paso, capaces de cumplir con los preceptos constitucionales de sucesión ordenada del poder y entrega al sucesor desde que el primer presidente populista, un radical, fíjense, fue derrocado en setiembre de 1930.

El ominoso pasado kirchnerista, tan pesado que el macrismo no puede con él, se inicia en 2003. Pero si, como lo dijo con desparpajo brutal el nuevo presidente del banco Nación, Javier González, el pecado consistió en convencer a la gente de que podía vivir mejor, hay que ir más atrás. Yo diría que a 1945, por lo menos.

Perón lo hizo

Perón en Plaza de Mayo

Los militares que, el 4 de junio de 1943, dieron el golpe que derribó al gobierno del conservador Ramón Castillo, loaron su gesta con una marcha que decía “4 de junio, olímpico episodio de la historia, triunfa la razón, grita el corazón, honradez, libertad y honor”. ¿Ellos se la creen?

El primer presidente, general Arturo Rawson, duró 24 horas. El general que le siguió, Pedro Pablo Ramírez, encabezó un gobierno tan azaroso como frágil. Al cabo de poco más de un año lo reemplazó Edelmiro J. Farrell, quien ocupó el sillón presidencial sin mayor idea de lo que haría. El que sí sabía fue un coronel, Juan Perón, a quien se le había creado una secretaría, llamada de Trabajo y Previsión. Nada menos. Allí se comenzó a amasar la herencia, el “aluvión zoológico” según Ernesto Sammartino, dirigente radical de entonces. Cuando lo dijo, desde una banca de diputado nacional, ya era tarde para detener el aluvión, que le dio a Perón los votos para que los pobres tuvieran una vida mejor. Obviamente, los ricos tenían que aportar. Como suele suceder, hubo que obligarlos. Perón lo hizo. Así se metió al pueblo trabajador en el bolsillo, y se ganó el odio de los ricos, conocidos hasta entonces como oligarcas y después, puede que por sus malos modales, como gorilas.

El pueblo, sin protocolo

Todo sucedió en octubre. Perón, que a su cargo en Trabajo y Previsión había sumado otros dos fue barrido de los tres y confinado en la isla de Martín García. Pero antes, autorizado por Farrell, pudo despedirse de los muchachos por radio. Les recomendó que defendieran el aguinaldo, resistido por los patrones. Entonces, el día 17 (después bautizado como de la Lealtad y declarado feriado, y un día cualquiera desde la Libertadora hasta hoy) el aluvión, sin pedir permiso como le gusta a Patricia, inundó la Plaza. Como el populacho no paraba de corear queremos a Perón, y no mostraba intenciones de irse, el gobierno lo liberó y lo puso en el balcón de la Rosada que después, con Evita a su lado, haría suyo. El así consagrado líder habló y el pueblo, feliz dejó la Plaza. Fue suya hasta 1955. Podría haberla invadido de nuevo si el líder lo hubiera convocado, pero no fue así. Oh, el líder.

Como no había otra salida que las elecciones Farrell las convocó, para febrero de 1946. El embajador de los Estados Unidos, Spruille Braden, dio una valiosa mano al aluvión con su apoyo público y explícito a la coalición opositora, que había levantado un programa completo de gobierno. La consigna de los muchachos, todos peronistas a esa altura fue “Braden o Perón”. ¿Habrían leído a Marx, quien en su “Crítica al programa de Gotha” había escrito que “vale más un solo avance del movimiento de masas que una docena de programas”?

En 9 años, desde 1946 a 1955, la pesada herencia sumó: el Instituto Argentino de Promoción del Intercambio, IAPI, para el control del comercio exterior; la estatización de los ferrocarriles, de los servicios eléctricos, de los teléfonos, la creación de un banco Industrial y de la Flota Mercante del Estado. Son solo ejemplos.

El otro aluvión

Uno mira al radicalismo contemporáneo y no puede creer que en otros tiempos haya sido un movimiento político populista, que con Hipólito Yrigoyen como candidato expulsó del poder político a la elite que había gobernado el país gracias al fraude electoral envuelto en una ficción democrática. La ley del voto universal (las mujeres no contaban todavía), secreto y obligatorio fue un logro del partido que Leandro Alem fundara, separándolo del mitrismo, bajo el lema “que se rompa, pero que no se doble”. Después se suicidó, quizás por un mal sueño en el que aparecía Gerardo Morales.

La historia es buena compañera para entender lo que nos pasa y planear el futuro (que ya llegó según el gobierno neuquino, mientras el contador Gutiérrez, tirando manteca al techo coloca bonos que otros deberán pagar en un lejano… futuro). Ayuda, por lo tanto, ir más atrás aún, hasta mayo de 1810, cuando en la misma Plaza, frente al Cabildo y sin protocolo ni permiso, French y Berutti agitaban contra el virrey Cisneros y repartían escarapelas. Pesada herencia, esta también.

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