Raices

Columnistas

por Florencia R*

Nací en Mendoza y de muy chica me trajeron a Neuquén: Un lugar donde crecí y me crié en diferentes ámbitos. Realice toda mi escolarización en un colegio católico con una mirada bastante amplia, tenía compañeros de otras religiones o ateos y eso era lo importante: crecer cerca de otras opiniones. Fui a Scout en la parroquia de mi barrio desde los 11 hasta los 16 años, el cual fue un espacio de formación en valores (respeto, solidaridad, cooperación, esfuerzo) y trabajo social importante para mi crianza. De allí tengo amistades con las que nos forjamos en esos valores y sentimos que el tiempo no pasa, a pesar de no vivir en el mismo territorio.

Crecí en un ambiente religioso, hasta más o menos los 17. Dentro de la parroquia, un poco derechista y bastante de elite, encontré pros y contras. Fui catequista de primera comunión y confirmación, participé del grupo juvenil, misioné y también fui parte de Pastoral Juvenil (Espacio de formación, encuentro y coordinación juvenil de las parroquias neuquinas) de la Diócesis neuquina.

En este último lugar me encontré con gente que vivía realidades totalmente diferentes a la de mi parroquia (que se encuentra en el este de la ciudad, cerca de la zona del centro). El oeste de la ciudad fue un lugar que quedó siempre al “margen”, por el municipio y el devenir social. Pero esa gente que conocí, me invitó a conocer otro oeste, otra religión, más cercana a lo que de verdad quiso transmitir la iglesia alguna vez.

Más allá de estar hoy o no en la iglesia y creer o no, debo admitir que fue un espacio que me enseño muchísimo, sobre Don Jaime y su obra en torno a la realidad del último golpe cívico militar en nuestro país. Los 70´ fueron una época de muchísima producción cultural, social y política que nos dejó una impronta enriquecedora.

Desde el cambio de la música y sus letras como Sui Generis, los artistas plásticos y sus críticas-el arte como herramienta de cambio, los pensadores y sus giros hacía una humanidad más comprometida con sus acciones como Marx, Foucault, Lacan, Castoriadis, Pierre Aulagnier, etc. Los movimientos políticos y sus manifestaciones e ideales que marcaron una generación y un antes y un después en la humanidad. Nadie puede negar que aquello que se empezó a gestar en los 60 y explota en los 70 fuera un hito de cambio. Siempre sentí que los ideales de esa época no estaban muertos, sino que estaban esperando nuevos protagonistas, que en un espacio democrático tomaran la posta y sigan esa lucha.

Aquellas personas que conocí en esos espacios, tanto como scout, colegio, parroquia, pastoral etc son hoy grandes amigos con los que crecimos, pasamos de participar activamente en dichos lugares con impronta religiosa a que cada uno pueda utilizar aquello que vivió y aprendió de otra forma, quizá ya no dentro de esas instituciones, sino sin dejar atrás aquel espacio que nos vio crecer, pudiéndolo criticar constructivamente y quedándonos con aquello que nos hizo estar donde cada uno esta hoy, eso que es difícil definir, pero que podría pensarlo como una manera diferente de caminar, de observar y de pensar, teniendo en cuenta a los demás desde una perspectiva de iguales. No es casual que siempre encuentre a estas amistades en marchas o espacio de memoria, en la calle.

Más allá de que cada uno encontró diferentes caminos profesionales, nos une el habernos conocido en un espacio tan contradictorio. Sin embargo, cada uno pudo sacar lo mejor de ese lugar, supimos criticar constructivamente y aprender sobre ello.

Mis primeras marchas fueron con el Centro de Estudiantes que fundé en el primer año del secundario. Luego continúe yendo con este grupo de amigos conocidos en la Pastoral Juvenil. Ellos conocían a LAS MADRES. Yo las miraba de lejos y escuchaba con admiración de lucha y ejemplo.

Una de mis amigas y su familia son parte del Grupo de Apoyo a Madres Filial Alto Valle. Marche a su lado esa primera vez, del año 2007, el año de Fuentealba. (Que fue otra marcha donde ellas, las Madres, estuvieron acompañando, como siempre, en cada lucha social que azota en nuestra región).

Marchar a su lado, hablar con ellas, conocer su historia de cerca, ver que son humanas, cariñosas, amorosas, pero sobre todo éticas en lo que hacen y lo que dicen. Desde mi futura profesión (psicóloga) puedo decir que ser coherente es una ardua lucha interna, sin embargo ellas nunca demostraron eso en su militancia, ya que su entereza nunca tibuteaba. En ellas vi un ejemplo. Ojala algún día pudiera tener ese coraje y esa valentía.

Si bien no entendía porque mi familia era muy “cuida” ante mis idas a las marchas, un día mis papás me contaron su porqué. En Mendoza la cosa había sido brava: mi viejo era militante del PC, y sus amigos y compañeros desaparecieron una noche, en la que él, por suerte, se quedó haciéndole el aguante a mi vieja, que tenía contracciones. Faltaba poco para que nazca mi primer hermano.

Desde ese día mi papá dejó de militar, nunca se supo nada de sus amigos. “No hay cuerpos” dijo mi papá. Ahí entendí su miedo y sus mensajes de preocupación. “¿Estas bien?”, me decían después de cada marcha.

Mi vieja docente, contaba anécdotas de cómo en las marchas, los camiones hidrantes manchaban sus guardapolvos para llevárselos, como corrió y se escondió con el miedo de ser ella el próximo rumor de bebes en cautiverio. “En esa época esas cosas no se oficializaban por los medios de comunicación y la cosa era creer o reventar” dijo mi vieja.

En su barrio ya había muchos chicos secuestrados que “volvieron y no eran los mismos” me decía ella. Si bien me costó entender su miedo, creo que ellos también aprendieron un poco de mí. La dictadura no fue, sino que ES parte de esta historia y sus resabios quedan gravitando en los mitos familiares de cada uno.

Una vez tuve la oportunidad de entrevistar a una persona que estuvo detenida, acompañé a una amiga periodista. En el camino ella me dijo algo que nunca olvidé: Qué suerte que tenemos de registrar y escuchar en primera persona esto, pero mañana cuando ellos no estén, ¿Quién lo va a hacer? NOSOTROS debemos contar esa historia, archivarla para dejar registro de esto, nosotros vamos a ser esa memoria viva. Gran enseñanza me dejo.

Hace poco en un guiado de la carrera de turismo, en el Paraje Confluencia (casa histórica de la ciudad de Neuquén), una estudiante hablo de Don Jaime y su obra. Luego del recorrido, me quedé hablando con ella sobre el tema, como por ejemplo el rol de la Catedral neuquina para albergar gente, con quienes se relacionaba, qué libros leer o a quien preguntarle sobre el tema, ya que ella se veía muy interesada.

Yo trabajo con la cátedra de la práctica profesional de la carrera de guía de turismo en investigación, la cual, trabaja desde una perspectiva de revalorización patrimonial y la identificación territorial. Entendemos que la memoria es parte de nuestro patrimonio, no lo es solo un museo o un monumento, sino que también son los relatos, las historias y anécdotas que componen este entramado complejo.

Si bien creo que la semilla sobre quien es “el otro” (salir del individualismo capitalista) se gestó en la iglesia católica, ese espacio que me catapultó hacía otros lugares, me hizo conocer gente, otras realidades y a través de eso, salir a la calle sin miedo y ver espacios recuperados como Zanón, conocer su historia, leer entre líneas.

Teresa Rodriguez, Carlos Fuentealba, la pueblada de Cutral Có, Braian Hernandez, Madres Filial Alto Valle, son algunos de los actores sociales que hacen de este valle un poco seco (gracias al MPN) un oasis de militancia, sobre todo para la juventud. Sus historias, ejemplos y que esas luchas sigan adelante es totalmente necesario para nuestra provincia. Poder pensarnos más allá del apellido Sapag y la mafia del partido MPN que siempre las ocultó y desprestigió.

Gracias a mis amigos, a la iglesia como espacio y a mi familia, hoy puedo decir y hacer lo que pienso.

*Estudiante de psicología. Este relato forma parte de la tesis de Sol Busso: “Madres de Plaza de Mayo Alto Valle. Sembradoras de legado, esta marcha no tendrá fin”

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