Carlos Fuentealba: una marca indeleble en la memoria

Educación, SECCIONES

El 4 de abril del 2007 el policía Darío Poblete asesinó a Carlos Fuentealba en la represión que sufrieron las y los docentes sobre la ruta en Arroyito y para quienes estuvieron cerca (y no tanto) fue imposible permanecer indiferentes a lo que pasó. Fue tal el impacto que diez años después las que estuvieron ahí y los que no, quienes eran grandes y quienes eran chicas, las docentes, sus maridos o sus hijas recuerdan sensaciones, pensamientos, situaciones y diálogos dejando en evidencia que ese día les (nos) dejó marcas indelebles.

Por María Pía Borja

Movilización de 2014. Foto archivo 8300web (Cecilia Maletti).

“Se fue todo a la bosta cuando pasó lo de Carlos. Mamá lloraba”. “Un sudor frío corrió por mi espalda”. “Fue una cacería”. “Me quedé paralizada”. “Cualquiera de nosotros podría haber sido Carlos Fuentealba”. Victoria -hija de una docente-, Diego -esposo de una maestra, hoy también profesor de Historia-, Bety -empleada y compañera de un maestro-, Norma -docente que estuvo en Arroyito- y Andrea -entonces recién egresada del secundario hoy también docente- recuerdan el día en que el policía Darío Poblete asesinó a Carlos Fuentealba.

Diego en 2007 trabajaba en la cocina de un delivery, hace dos años que es profesor de Historia y hace seis lleva con él una carpeta número tres con la imagen de Carlos Fuentealba que lo acompaña en su tarea educativa todos los días. “Estoy seguro de que Carlos fue maestro incluso antes de ser docente. Nunca dejó de conmoverme la historia de éste maestro. Siempre estuvo presente al momento de pensar en los que luchan, en los que dejaron su vida por una causa justa”, asegura.

En 2007 estaba casado con una maestra. “Un mensaje de texto anunciaba que las tizas no se manchaban de sangre y que un maestro había sido asesinado. No puedo explicar con palabras que pasó por mi mente y por mi cuerpo en ese momento, pero definitivamente esa noticia no me había sido indiferente. Carlos había sido arrebatado de la vida por un miserable sin escrúpulos que seguramente disfrutó de la faena. Carlos había sido arrebatado de la vida por otro miserable que había dado la orden de reprimir. Carlos desde ese día, se transformaba en bandera de lucha y de dignidad”, recuerda.

Piensa en el presente y afirma: “Son tiempos de resistencia, nuevamente la tarea docente está bastardeada”. “Hoy digo con más fuerza que nunca: un maestro que lucha es un maestro que educa”, agrega.

Bety también estaba vinculada al mundo docente por su pareja. El 4 de abril de 2007 cuando se fue a trabajar, su hijo, de tres años, “dormía resignado a que sus clases en el jardín no empezaban, había estrenado su flamante guardapolvo de salita de 4 en la ruta, acompañando a sus seños en el reclamo por una educación pública de calidad unos días atrás”, cuenta. Su compañero había estado la noche anterior en Arroyito y pensaba volver ese día, un amigo que trabajaba en Casa de Gobierno la llamó por teléfono y le dijo que no lo deje volver al corte de ruta. “La comunicación se cortó y el gusto amargo comenzó a inundar mi boca”, recuerda. Al rato se enteró: “Los reprimieron, hay muertos”, le dijo una mujer en su trabajo.

Después de eso se fue a la ruta. “La caravana que llegaba desde Arroyito era estremecedora… hombres y mujeres llorando, trabajadores/as que en vez de estar en las aulas gritaban a los cuatro vientos ‘fue una cacería’ mientras mostraban los cartuchos de balas de goma y de gases lacrimógenos”, relata Bety. Fueron al puente impregnados de llanto, impotencia y bronca.

Ahí se enteró quién era el muerto: “Carlos… ese Carlos que me cruzaba en cada asamblea de cargos a la cual iba a buscarle horas a mi compañero y me ponía caras porque el flaco tenía 0,5 centésimas más que él; ese Carlos que compartía las aulas en la frontera de Neuquén con la nada misma, ese Carlos que hacía un año atrás había sido el primero en llegar cuando el flaco me llamó desesperado del piquete de Cutral Co pidiéndome que avise que habían unos obreros que querían sacarlos de ahí; ese Carlos que había terminado su carrera de grande; ese Carlos que prestaba la máquina de cortar pasto… Carlos… ese Carlos…”, lo recuerda hoy y parece todavía no caer.

Andrea tenía 18 años en 2007, los había cumplido pocos días antes del 4 de abril. Recién salida del secundario le interesaba la política local pero ningún espacio en particular la atraía, hoy milita en el sindicato docente “y Fuentealba está presente en todas las movilizaciones, en todas las paredes y hasta en mis clases”, cuenta . Se acuerda de ese día: “Cuando alguien me comentó la noticia, me senté en la cama y lo primero que pensé fue: se viene algo feo. Me quedé como paralizada por un rato, como si lo conociera personalmente”. Diez años después se acuerda de los hombros caídos, el desanimo, la tristeza, de la sensación de que lo que estaba pasando era horrible e iba a marcar a todos y todas, en especial a quienes habían elegido ser docentes como ella.

“Hubo una época de mucha resistencia, hace diez años ya. La situación estaba terrible. Mamá tenía ojeras gigantes y todo el día estaba triste y enojada a la vez. La acompañaba a las marchas donde me encontraba a mis seños y compañeras de mamá”, recuerda Victoria que en 2007 tenía 8 años. “Cuando fueron a esperar el parte médico ella ya sabía que estaba muerto. Probablemente antes de llegar al hospital ya lo estaba. Todos lloraban”, sigue.

Norma ya era docente en 2007. “Fatídica” es el adjetivo que elige para definir a la jornada del 4 de abril. Fue al corte de Arroyito: “Era una movilización más por el reclamo de nuestros derechos laborales y salariales”, asegura.

“No alcanzamos ni a subir a la ruta. Éramos muchos que íbamos llegando en trafic y autos particulares. No tuvimos tiempo ni para conversar sobre cómo nos organizaríamos en el transcurso del día. Cuando alcanzamos a reunirnos con el grupo grande que se iba juntando en la banquina , ya teníamos la orden de irnos junto con los primeros gases en la ruta entre los autos que estaban detenidos en la misma que transitaban en ese momento. Ninguna manifestación agresiva de nadie, solo nos estábamos preparando para volver”, relata.

“Comenzó inmediatamente la cacería humana”, sigue. Corrían por la banquina, escapando de la persecución policial que permanentemente tiraba gases, a ella con su condición de fumadora, sedentaria y sus 54 años se le dificultó la huida: “Creí que no llegaba”. Norma nunca imaginó que las cosas iban a ser como fueron. Hoy piensa: “Cualquiera de nosotros podría haber sido Carlos Fuentealba”.

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