#8M: “Encontrarse con otras para que la rabia pueda organizarse y devenir en rebeldía”

Columnistas, SECCIONES

por Julia Burton*

La primera semana de marzo es un llamamiento constante a parar: 6 y 7 paran docentes, docentes universitarios y trabajadores/as del Estado; el 7 movilizan la CGT y las dos CTA, y el 8 es el Paro Internacional de Mujeres, iniciativa que ya alcanza a 49 países en todo el mundo.

Marcha “Nosotras paramos, ni una menos, vivas nos queremos”. Foto Juan Thomes.

La particularidad de este último está relacionada con que su convocatoria se urdió por fuera de las estructuras sindicales tradicionales, lo que implica dos cuestiones interesantes para pensar: por un lado, disputa la significación misma del paro como acción colectiva exclusiva de trabajadores y trabajadoras organizadas en sindicatos, pero fundamentalmente pone en discusión y extiende la noción de trabajo, llevándola más allá de la actividad “productiva” y remunerada en el mercado.

En este sentido, el paro del 8 de marzo evidencia que en estas sociedades capitalistas y heteropatriarcales, sostener la vida es responsabilidad de las mujeres. Aparece como una oportunidad para descubrir y visibilizar las redes subterráneas de trabajos domésticos y tareas del cuidado que alimentan y retroalimentan los engranajes del sistema. Somos las mujeres quienes nos hacemos cargo histórica y socialmente de las tareas que reproducen la existencia cotidiana como si fuese un devenir natural: cocinar, lavar, cuidar parientes, hacer las compras, limpiar, sacar piojos, ayudar a hijas e hijos en tareas escolares, entre otras tantas actividades no remuneradas que forman parte de las “responsabilidades” femeninas.

Por eso este tipo de paro tiene una amplitud inimaginada: todas podemos encontrar la manera de participar activamente, desde las trabajadoras registradas, las de la economía informal, las precarizadas, hasta las trabajadoras sexuales, las de las cooperativas, las perceptoras de programas sociales, las becarias y las amas de casa. Y porque el paro posibilita pensar políticamente las tareas domésticas y la repartición del cuidado, decimos que las mujeres tenemos la potencia de parar el mundo, que ese día no planchamos, ni lavamos, ni otro montón de actividades que constituyen el trabajo cotidiano no remunerado. En lugar de eso decidimos salir a la calle a marchar, a encontrarnos con otras, a cuestionar los mandatos sociales que nos encorsetan. El paro y la movilización del ocho es una oportunidad para detenerse a pensar cómo se trascienden los límites entre lo que pasa en la calle y en la casa, mostrando que lo político atraviesa y es constitutivo de la estructura doméstica.

También marchamos en contra de todas las formas de violencia machista cuya máxima expresión son los femicidios; confluimos para denunciar las distintas formas de control sobre nuestros cuerpos -que van desde la imposición de estereotipos corporales y formas de vivir nuestra vida hasta la prohibición de abortar-. La convocatoria es también contra la precarización de la vida, la feminización de la pobreza y los efectos que tienen las políticas de ajuste económico sobre nuestras existencias concretas, porque somos las mujeres quienes accedemos a los trabajos más precarios y peor pagos.

También es un grito de rebeldía contra el mandato de la maternidad obligatoria y la tan difundida idea en el sentido común que señala como egoístas a aquellas mujeres que eligen no maternar. La maternidad no es un destino “natural y divino”, sino una elección que debería ser libre y motivada por el deseo. La penalización del aborto no constituye una defensa de la vida -como argumentan quienes se oponen a su práctica-, sino que implica un acto de control sobre el cuerpo de las mujeres y personas con capacidad de gestar. Es la expropiación del derecho más básico de cualquier persona: decidir sobre el propio cuerpo. Derecho que el Congreso Nacional niega cada vez que se opone a discutir el proyecto de ley de aborto, pero que las mujeres toman por asalto todos los días rebelándose contra un sistema de mandatos obligatorios, resistiendo a “lo que debería ser”.

El paro del miércoles es al mismo tiempo es una manifestación donde confluyen los deseos de construir un mundo diferente, donde la generación de redes entre mujeres emerge como potencia de nuevas formas de coordinación política con tejidos más densos capaces de resistir y gestar nuevas relaciones sociales, donde es posible encontrarse con otras para que la rabia pueda organizarse y devenir en rebeldía.

*Socióloga, investigadora de las militancias feministas en Neuquén

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