#8M: “El día que entendí qué significa el trabajo”

Columnistas, SECCIONES

por Daniela Castro*

De un tiempo a esta parte, el 8 de Marzo dejó de ser un día más para mí. Por el contrario, es una fecha que vuelve, año a año, para interpelarme, para trascenderme. Y no es casualidad. Como no es casualidad mi militancia feminista. Es que en esta fecha, como me sucedió con las movilizaciones por #Niunamenos, vuelvo a reflexionar sobre las mujeres que me rodean. Que a diario trabajan (y trabajaron), que estudian y que, como si fuera poco, también ponen el cuerpo a las tareas del hogar.

Foto colectiva feminista La Revuelta.

Si lo pensamos como algo general, no parece nada extraordinario, ya que es una situación que se repite a diario en todas partes del mundo, en miles de casas. Sin embargo, es algo que no deja de admirarme, ya que, lejos de poner excusas, ellas demuestran que tienen la fuerza y pueden con todo eso, y más.

Y cuando reflexiono sobre esas tareas, siempre me acuerdo de una conversación que tuve con una de mis abuelas y una de mis primas, en edad escolar, donde la primera nos recomendaba, en tono jocoso, “aprender a planchar para nuestros maridos”. Dos generaciones después, nosotras, hijas de mujeres docentes que hacían tareas adentro y afuera de las casas, supimos contestar que, en ese caso, “plancharan ellos”.

Algo había cambiado entre las generaciones más nuevas, aunque tiempo después yo entendería que la diferencia entre una y otra, simplemente, estaba en la definición de “trabajo” que habíamos aprehendido cada generación, adentro del hogar o afuera de casa. Con o sin ayuda de las parejas. Porque siempre se trata de mujeres trabajando, y de mujeres que nos muestran cómo luchar por nuestros derechos.

Años después, esa reflexión volvería ante mi militancia feminista. Y en ese andar (o mejor dicho desandar), me encontré con otras miles de mujeres que, como las de mi familia, también trabajan adentro o afuera de sus hogares y que se hacen fuertes en el camino. A pesar de lo que opinen sus maridos, sus jefes, de los salarios precarios, de sus hijas e hijos, de sus mandatos familiares, de sus labores hogareñas.

Todas ellas son mujeres que admiro, porque cumplen con su parte y no dudan en exigir la que les corresponde del mundo, a cada paso que dan, en su casa o afuera de ella. Con la tormenta en contra. Y es un ejemplo que vemos repetir a todas las mujeres, en diferentes espacios, todo el tiempo.

Ellas, como nosotras, han percibido los conocimientos sobre sus derechos de sus antecesoras. Mujeres que, a pesar de haber sido tildadas de brujas o histéricas, han seguido adelante, y que también son parte de mi familia, y de mis amistades, en una admiración que me aumenta.

Como en ocasiones anteriores, este 8 de Marzo vuelve para interpelarme, y para mirar el camino desandado a la par de mis mujeres, de las de generaciones anteriores y de las que les siguieron hasta aquí. Esta vez, con un sabor inmenso a sororidad, un sentimiento que aumenta en cada una de las movilizaciones de estas características a las que asisto.

Y como en las últimas marchas, seguramente volveré a casa con ganas de abrazar a mis mujeres y a todas las mujeres, una vez más, una por una. Para decirles que cuenten conmigo en esta lucha. Porque así me abrazan ellas todos los días, en el camino de sus batallas incansables.

 

*periodista, integrante de RedPAR y militante feminista

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