“¿Quién le devuelve la infancia a todas las personas trans que no la tuvieron?”

Géneros, PLAN C, SECCIONES

La pregunta la hace la madre de una niña trans que vivió la resistencia de la escuela, la sala de salud, de la sociedad toda a la hora de acompañar a su hija en el reconocimiento de su identidad autopercibida. Hoy lucha por el derecho de las personas trans a vivir dignamente.

Texto y foto Florencia Salto flor_salto@hotmail.com

Luana tiene 9 años y es una niña trans. Nació varón, pero desde muy chiquita se sintió nena. A pesar de que la familia y las instituciones quisieron reprimir este deseo aplicando diversos métodos correctivos, la niña resistió. Su mamá tuvo que desarmarse para verla, escucharla y acompañarla. Hoy es una de las principales referentes en la lucha por el derecho de las personas trans a vivir dignamente.

Gabriela Mansilla en Neuquén.

“Esto es de urgencia, la cabeza de la sociedad tiene que empezar a cambiar. El sufrimiento no vuelve atrás. Luana todavía se acuerda cómo la agredían en la escuela”, comenzó su relato Gabriela Mansilla, mamá de la niña trans más joven del país que obtuvo, a fines de 2013 y luego de una larga batalla, un DNI compatible con su identidad de género autopercibida.

Gabriela visitó Neuquén el pasado 27 de septiembre para participar de un conjunto de charlas sobre infancias trans libres de discriminación y violencia, organizadas por Conciencia Vihda y Vida Escondida, con el acompañamiento del área de Diversidad de la provincia. En este contexto presentó su libro “Yo nena, yo princesa. Luana, la niña que eligió su propio nombre”.

Lo que comenzó siendo un cuaderno de registro para contarle a la psicóloga, en el que Gabriela iba volcando cada detalle del proceso de ese niño Manuel que quería llamarse Luana porque se sentía una niña, se transformó en un diario íntimo donde plasmó sus miedos, interrogantes, contradicciones, sentimientos. La mirada de una mamá rompiéndose para acompañar el camino que eligió su hija. Cuadernos que la Universidad Nacional de General Sarmiento trasformó en un libro.

¿Quién le devuelve la infancia a todas las personas trans que no la tuvieron, quién les restablece los años que vivieron en la calle, a cuántas chicas que terminaron ejerciendo la prostitución les hubiera encantado terminar la primaria, la secundaria, estudiar. Yo no quiero eso para mi hija. Ella no es un pene, y lo que haga con él es su problema”, enfatizó Gabriela.

Frente a una sala colmada, rodeada de personas transgénero de diferentes edades, Gabriela interpeló: “Si hay un promedio de vida en las personas trans de 35 a 40 años, somos todos y todas responsables como sociedad, porque miramos para otro lado”.

La trans-formación de Luana para pensar las infancias

El comienzo. “Luana empezó a mostrar su identidad de género con señales –que no son síntomas ya los síntomas son de una enfermedad- desde que era muy pequeña. Al año y medio se le caía el pelo, tenía pesadillas. A los dos años, cuando pudo hablar, se nombró como una nena. ‘Yo princesa’, me decía, y pedía mis polleras y mis remeras”, comenzó a relatar la mamá de Luana.

La represión. Frente al accionar inapropiado de su hijo varón que quería ser y actuaba como una nena, consultaron a una psicóloga. “Había que reafirmar su masculinidad. Nos indicó que se le prohibiera todo lo que tuviera al alcance que se considere del mundo femenino. Ni muñecas, ni color rosa, ni princesas, ni películas, ni dibujitos, tenía que jugar a juegos bruscos. ‘Cerrá tu habitación con llave, si le tenés que dar un chirlo se lo das, porque evidentemente vos no sos una mamá firme. A ese nene le falta la presencia del padre’”.

La respuesta de la niña atacada. Luana empezó a esconderse por mucho tiempo detrás de las puertas, o debajo de la cama, vestida de mujer. “Yo tenía un niño transformándolo en niño a la fuerza, sumamente triste. Y con riesgo, porque se rasguñaba la cara, se arrancaba el pelo, se daba piñas. Yo la abrazaba fuerte para evitar que se siga lastimando”, relató a voz quebrada Gabriela.

Su propia identidad. A los 4 años sorprendió a su mamá diciéndole que se llamaba Luana y que sólo iba a contestar a ese nombre. “Yo tuve que desarmarme”, contó.

El jardín y la mirada de los otros. Cuando entró al jardín y encontró los dos rincones de juegos, de varones y mujeres, eligió irse con las niñas. “Él las peinaba y las mamás me decían ‘tu hijo es un don Juan, qué pícaro’. Si supieran que es una nena más y que no sabemos qué hacer”. Frente a esta situación, desesperada, Gabriela se contactó con la Comunidad Homosexual Argentina (CHA). “Hay que dejarla ser”, le respondieron.

Y así fue. “A partir de ahí le empezamos a comprar ropa de mujer, pelucas. Ella se dormía vestida. Yo sentía que no se quería despertar sin ser esa nena que sentía que era. Sin embargo, en casa era una niña, en la terapia también, pero en el jardín un varón. Entonces hablé con las mamás del jardín, porque podía suceder que en alguna visita a mi casa no se encuentren con Manuel, si no con Luana. Su respuesta fue contundente: ‘ándate a vivir a otra provincia, sácalo del jardín, es perjudicial para los otros niños’.”

Si bien el papá, que nunca la aceptó, no le pidió que se vaya, sí le propuso esconderla. “Voy a comprar una media sombra para que nadie lo vea”, explotó en la cara de Gabriela. La respuesta fue inminente: “Al que no le guste que no la mire”. Ayudó a su hija, limitada a ser libre puertas adentro y acostumbrada a colocarse una máscara de varón para la sociedad, a salir a la calle como mujer.
En este contexto, y con la ley de identidad de género a media sanción, integrantes de la CHA alertaron a la escuela sobre los riegos que significaban para la niña seguir yendo como varón. Corría riesgo físico – se iba a lastimar- y corría riesgo psíquico – ya no sabía quién era.

Violencia institucional

Según relató su mamá, Luana se insertó de una manera natural, pero la falta de información hizo que sufriera mucha violencia por parte de sus compañeros y compañeras y del equipo docente. Una maestra se resistía a llamarla por su nuevo nombre y la llamaba como varón. “No hay respeto. Problema mío qué pasará cuando crezca, respetala ahora dentro de la escuela”, le exigía desesperada Gabriela.

“Seguir escondiendo lo que al otro le molesta es cómodo para él y destruye a quien está sufriendo. Por qué tengo que sacrificar la vida de mi hija porque algunos no entienden que hay niñas con penes y nenes con vagina”, reflexionó.
Las situaciones por las que tuvieron que pasar en los centros de salud fueron el disparador para que, ya en marcha la ley de identidad de género, Gabriela luche por conseguir un DNI para su hija. “El doctor o la doctora leían el DNI, llamaban a Manuel, y aparecía una niña, Luana”.

El camino no fue fácil, pero finalmente en 2013 su identidad autopercibida quedó plasmada legalmente.
La experiencia de Luana y su mamá permite observar reflexivamente los modos de relacionarnos al interior de las familias, en los ámbitos educativos y en todas las prácticas sociales. “Es mucha violencia para una criatura de tres años haber pasado por tantas situaciones para corregirla y encajarla en el binario que supuestamente le tiene que corresponder por haber nacido con determinada genitalidad”, cerró Gabriela su relato, y toda la casita quedó en silencio.

La ley 26.743 define la identidad de género como “la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo”.

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