Un centro comunitario que empieza a rugir

Derechos de la humanidad, PLAN C, SECCIONES

Diferentes sectores se unieron para darle vida a un nuevo espacio en el sector Los Pumas del barrio Confluencia de Neuquén. Cinco meses después el Estado se hizo a un lado, pero quienes aseguran que quieren mostrarle un futuro distinto a los chicos y chicas no bajan los brazos.

Por Virginia Trifogli 

Que las estrategias para enfrentar los problemas de una comunidad surjan de esa misma comunidad, suena como una buena idea. Que las estructuras del Estado las fomenten, suena obvio. Pero ¿cómo suena que el gobierno desaparezca cuando las mismas están funcionando? Esto fue lo que sucedió con el incipiente centro comunitario de Los Pumas, un sector del barrio Confluencia de Neuquén.

Centro comunitario en el barrio Los Pumas. Foto Emiliano Ortiz.

Dos de sus impulsoras, Carolina y Marta, cuentan que no logran explicarse por qué se les retiró la ayuda. Tanto desde provincia como del municipio se había incluido a algunas de las personas que dictaban los talleres bajo planes sociales, pero “no por desarrollar actividades en el barrio”, aclaran. Sin embargo, luego de cinco meses de trabajar en el lugar, las autoridades decidieron que se deje de prestar la capacitación, por problemas de inseguridad, y la gente fue trasladada.

Son ellas las que aportan el dato que ayuda a poner en valor la creación del centro comunitario: “los chicos no pueden cruzar por ciertas partes, entonces no salen de Los Pumas”. Esto lo descubrieron trabajando en el lugar, porque eran esos niños y niñas quienes contaban que alguien de su familia estaba enemistado con personas del mismo barrio y, por eso, no les permitían pasar por esos “sectores”. En la vida cotidiana esto implica no poder asistir a la escuela 136 o no poder usar las canchas de fútbol de la zona.

Entonces, como este centro es el único lugar al que chicos y chicas pueden ir, quienes voluntariamente sostienen este espacio permanecieron trabajando en un salón de usos múltiples de la capillita del barrio. Justamente, resaltan ambas mujeres, el obispado fue una de las instituciones que estuvo involucrada en la creación de este centro comunitario y es una de las pocas que no se alejó.

Todo comenzó cuando desde la Iglesia le pidieron a la Cátedra Libre de Adicciones de la Universidad Nacional del Comahue, que se acercaran a dar charlas sobre el tema. Luego de estas actividades, quienes integran la cátedra se propusieron seguir trabajando y convocaron a estudiantes. También se sumó la gente del barrio, las profesionales del centro de salud y comenzaron a andar.

Entre las propuestas que ofrecían a la comunidad se encontraban los talleres de arte, títeres, teatro y fútbol, la murga “Trapitos de colores”, la consultoría sobre adicciones para padres y madres -a cargo de Marta-, y apoyo escolar, sostenido por Carolina y otras dos mujeres. Todas las personas responsables de los espacios se reunían periódicamente para hacer un balance sobre lo trabajado y plantearse nuevos objetivos. Pero estos encuentros comenzaron a llenarse de malas noticias con las bajas y los traslados.

Carolina detalló: a quienes daban talleres les dijeron que el barrio era inseguro y que los chicas y chicas no tenían seguro, a las profesionales les dijeron que no podían seguir desempeñándose en el centro comunitario y a la murga que les sacaban el aporte porque no iban a las reuniones “lo que no tiene mucho sentido cuando ellos van casa por casa buscar a los pibes”.

Y así, la murga y el taller de fútbol siguen funcionando, pero en otros lugares. Apoyo escolar se convirtió en el corazón del centro comunitario con casi 50 estudiantes, la mayoría de primaria, que van a aprender, tomar la leche y jugar.

“Tenemos chicos de cuarto grado que no saben leer ni escribir”, manifiesta preocupada Carolina y relata que durante la merienda aprovechan para hablar de otras cosas: “¿qué creo de las bandas, de los tiroteos, de la policía?” y que, antes de terminar se van a jugar a la pelota en la plaza, porque esa también es una forma de apropiarse del barrio”.

Por su parte, Marta dice que su labor sobre las adicciones necesita consolidarse en el tiempo porque “es difícil pedir ayuda con algo que está tan estigmatizado”.

Ambas, junto a las personas que quedaron trabajando en el centro comunitario de Los Pumas, ensayan una posible explicación de por qué les soltaron la mano. Creen que quedaron en medio de una disputa política por las elecciones del próximo año, que el barrio quedó dividido entre las canchas que va a construir el intendente Horacio Quiroga, de Cambiemos, y las que ya inauguró el gobernador Omar Gutiérrez, del MPN. “Los mismos vecinos decían que de acá los quieren sacar, les molestamos porque es el Paseo de la Costa y hay muchos intereses económicos”, asegura Marta. Sin embargo, ahí siguen, con la oreja predispuesta, la sonrisa presente y no se van aunque “el gobierno lo haga, los funcionarios lo hagan. Ni siquiera por solidaridad, es por estar con ellos para transformar esa realidad de mierda de todos los días”.

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