Ponerle fin a la violencia machista “es duro, pero se puede”

Géneros, PLAN C, SECCIONES

Una mujer que durante treinta años sufrió golpes, amenazas y el control de su pareja cuenta cómo logró escapar de la violencia. Ante la ineficacia de la justicia y la ausencia estatal, las organizaciones feministas funcionan como espacio de contención y asesoramiento.

Por María Pía Borja

Foto Juan Thomes.
Foto Juan Thomes.

“¿Querés denunciarme? Denunciame, yo entro y salgo y para vos va a ser peor”, le dijo su entonces marido. Hoy, ella está a cientos de kilómetros de donde vivían juntos y donde criaron a sus hijas e hijos y aún así no puede denunciar los golpes que sufrió durante 30 años. “Me dijeron que tengo que dar mi paradero, a él se lo notifica y va a saber dónde estoy y cómo no tiene que saberlo, no puedo denunciar”, cuenta ella, que será nombrada como Mónica para preservar su verdadera identidad. “Hace poco él le dijo a un familiar que si me mata va a ir preso, va a estar unos años y va a salir, que no tiene nada que perder“, cuenta.

“Confío más en ellas que en la justicia”, asegura. Ellas, “las chicas” -como les dice Mónica- son La Revuelta, la colectiva feminista que conoció gracias a las redes de sororidad femenina y de la que hoy forma parte. Cuando habla de ellas le cambia la cara, la angustia del relato de violencia desaparece: “Yo hoy tengo a La Revuelta, estoy re tranquila”, insiste. “Ojalá hayan muchos grupos así en todos lados, porque para eso servimos las organizaciones, para que las mujeres puedan contar con nosotras, si no las marchas de ‘Ni Una Menos’ no tienen sentido”, piensa en voz alta.

La contención es fundamental: “Hoy estaba en la casa de una de las chicas tomando mates y charlando y nos reímos todas juntas, ahí me di cuenta que yo me había olvidado de sonreír, antes hacía todo en automático”. Antes que La Revuelta, la acompañaron su psicóloga, una escritora que conoció por medio de la terapeuta y que pasó una situación similar, una amiga de la infancia y su hermana. Piensa que sola no hubiera podido. Dice que ahora logró disfrutar de la soledad, “es todo un proceso, es buscarle la vuelta, es encontrarme conmigo porque en estos años yo me perdí”.

Estaba perdida como se le pierde la mirada cuando habla de su ex pareja: “No era agresivo todo el tiempo pero era de manipularme, me controlaba todo, nunca me creía nada y yo aprendí a justificar el maltrato“, recuerda. En esos 30 años para Mónica fue difícil sostener los espacios donde él no estaba: trabajo, amigas, familia, psicóloga. “El trabajo lo mantuve diez años peleándome con él”, señala. “Con mi familia no podía estar todo el tiempo que quería porque él no me dejaba y no me quedó ni una sola amiga porque para él todas eran atorrantas o algo tenían”, ennumera.

Los golpes empezaron al año de relación, Mónica transitaba un embarazo y lo perdió. La violencia física no era diaria pero si persistente. “Para él yo era un capricho, era su pertenencia”, reconoce. Cuando ella viajó por trabajo, él les dijo a sus hijos que la iba a matar. Cuando se fue de vacaciones, la amenazó por teléfono: “Me llamaba a las ocho de la mañana y me decía que me iba a matar, a las diez me pedía perdón, a las doce me volvía a matar, a las cinco de la tarde me pedía perdón y a las once de la noche me mataba de vuelta, los diez días fueron así”. “Era violento y después me pedía perdón, me llevaba la comida a la cama, me cuidaba, me protegía”, relata.

Hace unos meses, logró irse. “Es duro, pero se puede“, asegura. Sus hijos e hijas están lejos, en la ciudad que dejó atrás escapando de la violencia, y se nota cuánto los extraña. Pesan los hijos ¿no? “La vida te pesa”, responde. “La vida y la distancia”, insiste. “Yo ahora estoy bien, pero siento que sigo perdiendo, a pesar de que estoy acá y camino con la seguridad de estar tranquila ellos siguen ganando y no sólo por lo material, él se quedó con mi casa, mis cosas, mi ropa pero también se quedó con mis hijos, se quedó con todo, ellos siempre ganan”, y dice “ellos” porque sabe que el suyo no es un caso aislado.

Al dolor de tenerlos lejos se suma que ahora él usa a los hijos e hijas para violentarla: “En un momento empezó a lastimarlos diciéndoles que se iba a matar, para que me rebote a mí”, explica. Por eso tuvo que mentirles sobre su paradero y aún hoy no saben su número de teléfono. “Mentirles es lo que más me dolió, pero fue para cuidarlos”, asegura. Hace poco, su ex pareja le mandó un mensaje a uno de los chicos: “Decile a tu mamá que ella nunca se va a olvidar de mi y que ni aparezca por acá porque ahí sí que me va a conocer”. Ahora, el victimario se quiere volver víctima: “Él llora, dice que lo abandoné, y mis hijos le creen, parece que se olvidaron de los golpes, por eso digo que sigue ganando, yo gano en estar tranquila pero también sigo perdiendo”, reflexiona.

“Cuando vine estaba sola, llegué un martes y me enteré que el jueves siguiente él estuvo en las oficinas donde trabajaba buscándome, ahora cree que estoy en otra provincia y dijo que iba a ir para allá -cuenta-. Cuando llegué a Neuquén tuve una sensación de paz porque sentía que podía caminar tranquila por la calle”. “Quiero vivir así, tranquila, no quiero perder lo que ahora tengo: la tranquilidad de ir y venir, que nadie me controle, que nadie me amenace“, desea Mónica, deseamos todas.

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