En Filii Dei también hubo violaciones y abortos forzados

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Más testimonios reafirman los tormentos a los que eran sometidos niños y niñas en el hogar religioso comandado por el sacerdote José Dubosc y la asistente social Irene Freyre. Dos personas que pasaron su niñez allí aseguran que había jóvenes embarazadas que “después ya no lo estaban más”. La fuga fue el instinto de supervivencia que salvó a muchos.

Por Daniel Font Thomas

Cuando se visita Filii Dei cuesta creer que otrora fuera un oasis petrolero o incluso el hogar ejemplo que decía ser a la comunidad de Cutral Co. Hoy es un barrio que intenta enmendar las dificultades habitacionales de la ciudad. El sacerdote José Dubosc y la asistente social Irene Freyre prepararon este espacio a la protección de niños y niñas en situación de vulnerabilidad. Sin embargo paredes adentro, internos e internas vivieron el hambre, maltratos físicos y violencia sexual.

La casona principal destaca en la mitad del predio. Los pisos de mármol negro están desgastados y la mampostería se presenta a medio arrancar. Golpes, como desesperados interrumpen el silencio. Un gato sale corriendo de donde fuera el baño. El ambiente es pesado y polvoriento. Los internos e internas le llamaban “la casa de la tortura”, estar ahí significaba una paliza asegurada o ser abusado sexualmente.

En esa casa había nenes chiquitos. Lloraban todo el tiempo y estaban orinados. Un día no los escuchamos más”, cuenta Rosa Tobares. Llegó a Filii Dei con 11 años: “yo no quería separarme de mis hermanos. Nos tironeaban de un lado para el otro y yo no los soltaba. Hasta que me dijeron que ahí nos iban a cuidar”. Su madre había fallecido y su padre alcohólico no estaba en condiciones para criarlos. Fue engañada por dos médicos del hospital. “Nos prometieron que íbamos a un lugar lindo de visita y nos dejaron”, recuerda.

Rosa Tobares. Foto Juan Thomes.
Rosa Tobares. Foto Juan Thomes.

La historia de Rosa es la misma que muchos y muchas que por varios motivos tuvieron que terminar en el hogar de Dubosc. “No comíamos bien. Éramos muy maltratadas. En vez de jugar nos hacían coser y lavar la ropa de los chicos. No podíamos decir nada ni hacer nada. No comíamos bien, dormíamos con miedo de que alguien entrara a hacernos algo porque éramos puras chicas”, cuenta Rosa mientras prepara el mate y agrega que “cuando las más chiquitas se orinaban en las camas las sacaban afuera a la mañana y las manguereaban con agua fría. Un día se lo hicieron a mi hermana y cuando me enteré la agarré a la señora Irene de los pelos”.

Era conocida la buena relación que mantenía José Dubosc con las autoridades provinciales. La comitiva de Felipe Sapag era una visita habitual. No faltaba el encuentro con chicos y chicas, además de las fotos. “Nos lavaban la cabeza, nos amenazaban antes de que lleguen. Nos estaban vigilando. Teníamos que agradecer por las donaciones y decir que nos trataban bien, sino después… ¡nos daban unas palizas!”, asegura.

Cuando aparece durante la entrevista el tema de los abusos Rosa dice que nunca vio nada en concreto, pero que sucedían cosas extrañas: “Tuve la suerte de que nunca me tocaron. Sí me pegaron, porque yo era muy traviesa y defendía a mis hermanos. Se comentaba que las chicas que eran celadoras, las más grandes, habían sido abusadas”, dice. Se toma un momento y reflexiona: “Tenían miedo. También había chicas que se las veía embarazadas y después ya no lo estaban. Eran pibas jóvenes a las que se llevaban a la casa grande. Yo pensé que los bebés eran de esas chicas. Pero eran pibas que desaparecían. No las veíamos más”. Lo que sí recuerda puntualmente era a Dubosc manoseando a los niños y niñas mientras los castigaba a golpes. “El cura era un degenerado. Nos levantaba la falda y mientras nos pegaba con esas enormes zapatillas que tenía nos manoseaba”, especifica y agrega “a los chicos los ponía desnudos frente a las chicas para que se rieran de ellos. A nosotras nos daba vergüenza y mirábamos para otro lado”.

Al igual que muchos internos e internas, Rosa se hartó de la situación y decidió escaparse. Sin embargo no conocía más lugares que Cutral Co y lograron encontrarla: “Me escapé tres veces. La primera vez me agarraron en Cutral Co, en la casa de una madrina. Cuando fui con la policía no creían nada”, relata con indignación, como si estuviera frente a ella el oficial, incrédulo a su relato. Huir de Filii Dei se pagaba caro: “Cuando volví al colegio me dieron una paliza. Después me dejaron encerrada como dos semanas en un cuartito oscuro. Les dije que algún día todo esto se iba a saber. Me respondieron que más me valía que me quede callada o me iban a hacer desaparecer”.

Cuando describe los planes de fuga sorprende que se tratara de niños y niñas tratando de escapar. El panorama parece sacado de una película de presos. Compara el hogar con un campo de concentración, con rejas en las ventanas, perros durante la noche y guardias armados con palos que hacían rondas alrededor de un cerco perimetral de dos metros de alto. “Para escaparnos teníamos que limar los barrotes y estaba lleno de perros. Nos poníamos de acuerdo con los chicos, sacábamos las rejas y esperábamos la última ronda. Le dábamos de comer a los perros y nos escapamos. La primera vez nos escapamos como veinte”, asegura Rosa. “Cuando me descubrieron me preguntaron por los otros. Me amenazaron pero habíamos hecho una promesa y no mandé al frente a nadie. La segunda vez fue igual y ya la tercera me dijeron que a los 15 me iba a ir, así que me empecé a portar bien”, recuerda.

Finalmente Rosa cumplió los 15 años. La largaron a la calle con lo puesto. Ahí se enteró de la triste situación de su padre. “Cuando me encontré con mi familia me contaron que mi papá se había vuelto loco. Nos había prometido que cuando se curara de su alcoholismo nos iba a ir a buscar. Nos fue a ver y le dijeron que nosotros estábamos muertos y ahí enloqueció”, rememora. De ahí en adelante empezó el reencuentro con su familia y la construcción de una vida nueva.

“Nosotros no teníamos nada”

“He pasado muchas veces por Cutral Có. Nunca me animé a subir hasta allá”, empieza su relato Manuel Rocco. Es el instructor de la escuela de canotaje municipal de Neuquén. Cuenta cómo el deporte lo ayudó a superar todo el dolor y rencor que le dejó estar en Filii Dei. Hace hincapié en la importancia de no abandonar a los chicos y chicas en situación de riesgo.

Manuel Rocco. Foto Juan Thomes.
Manuel Rocco. Foto Juan Thomes.

“Nosotros arrancamos en el Hogar del Niño, en Chocón al fondo (en Neuquén). Ahí empecé la primaria y cuando cerró me trasladaron a Cutral Co”, recuerda Manuel. Llegó al hogar en 1965: “Nos llevan al colegio y no sabíamos muy bien a dónde íbamos. Nos tocó arreglar las casas y el terreno. Teníamos seis años y nos mandaban a levantar caños tubing. Trabajo de hormiga le llamaba el cura. Éramos treinta levantando un caño, terminábamos destruídos. Venía un camión y se llevaba todo”.

La historia es la misma para Manuel: “Se vivía mal. Se comía mal. Era muy común que se pelearan por el pan o lo que sobraba. Teníamos que defendernos. Si eras débil los mismos pibes que te cuidaban te violaban. Si vos discutías o peleabas con alguien, no amagabas o discutías, pegabas con lo que tenías a mano. Había que sobrevivir”. Al igual que Rosa, fue víctima del cuartito: “Era una pieza que estaba en la casa del cura, a veces te mojaban el piso y te dejaban adentro por dos o tres semanas”, cuando lo menciona se le nublan los ojos, pierde la mirada en la costanera que tiene en frente y continúa “ahora tenés protección de todo. Hasta de un perro. Nosotros no teníamos nada”. Hace silencio unos instantes. El celular suena entre sus manos. Corta la llamada y sigue contando: “Tenían arreglo con la visita. Sabíamos que el día de visita nos vestían y ese día se comía bien. Se iba la visita y era lo mismo. Dependía de lo que dijéramos, si hablábamos de más significaba que te ibas a quedar sin comida. Vivíamos en casa de madera con piso de parqué. Las limpiábamos nosotros. Las pibas vivían en otro pabellón. Ahí había muchas violaciones. Sabíamos que cuando se iban tres o cuatro días a la casa comían bien era seguro que las violaban. Veíamos cómo se llevaba a la chica y nosotros teníamos que ir a otro lado. Era obvio que no iba a limpiar. Vos las veías que estaban embarazadas y después ya no lo estaban más”.

El plan de escape se venía gestando hacía bastante tiempo en la cabeza de Manuel. Sin embargo la oportunidad surgió en el momento menos esperado. Mientras Dubosc lo golpeaba era sostenido por Freyre para que no se moviera. En un momento “me agaché para esquivar un golpe y el viejo le pegó a la mujer. Ahí aproveché y salí corriendo”. Buscó a su compañero y huyó de Filii Dei. “Salimos una tarde, caminamos todo el día y toda la noche. Veníamos en paralelo a los postes de luz. Si te agarraba la policía era seguro que te ganabas una paliza y un par de días sin comer. Si te ibas a escapar que sea una vez”, recuerda. Durante el viaje lo mordió un perro y fue asistido por el personal de una estación de servicio que llamó a la ambulancia. “A la mañana siguiente vino una asistente social y me llevaron a mi casa. No volví nunca más ni me vinieron a buscar. Hablé con la jueza de Paz. El hecho de que contáramos lo que pasamos no nos significó nada. No te creían. Tiempo después, recuerdo que los vimos salir en la tele como ejemplo de una vida dedicada a los chicos desde Buenos Aires. ¿Quién nos iba a creer? ”, se pregunta.

La misma asistente social que lo devolvió a su casa hizo el contacto para que empezara a estudiar en el San José Obrero. “Empecé a vender diarios a la mañana y después me iba a estudiar. Así me fui haciendo lugar en la vida”, cuenta. “No volvería a Filii Dei. Es la parte oscura de la vida de uno. Ya me movieron las imágenes que vi de ustedes de las casas. En algún futuro capaz nos juntaremos con la gente que estuvo ahí”, reflexiona Manuel y da por finalizada la entrevista.

El hogar sigue funcionando en la Villa 31

José Dubosc murió en el 2004. Después de estar encarcelado en Cutral Co un par de días subió a un colectivo a los internos e internas y se fue a Buenos Aires, en la Villa 31 donde Filii Dei funciona como fundación aún hasta hoy. Muchos de los que escaparon no tuvieron contención ni fueron buscados por las autoridades. Luisa Tello recibió en la capital neuquina a chicos y chicas que venían de Filii Dei. “Mi marido trabajaba en Deportes y le pidieron que se haga cargo de un hogar, exclusivamente para los chicos de Cutral Co. Todo eso dos horas antes que llegaran”, recuerda Luisa y agrega que “cuando llegaron estaban enfermos, tenían sarna y de comida ni hablar. Estaban muy mal”. Mientras tanto Dubosc y Freyre recibían premios y elogios de la sociedad porteña por su “dedicación y defensa de la Niñez y la Vida”.

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