El asesinato que no deja dormir a Weretilneck

PLAN C, Política, SECCIONES

El joven integrante de la fuerza rionegrina estuvo casi un mes desaparecido y su cadáver fue hallado el pasado 10 de agosto. Su asesinato junto con otros homicidios y desapariciones configuran muestras extremas del tipo de policía que gobierna en Río Negro.

Por Susana Yappert / www.revistacic.com.ar 

Nadie duda que miembros de la policía de Río Negro están involucrados en el asesinato del policía Lucas Muñoz. Esta “verdad”, es decir, la indubitable culpabilidad de uniformados en la ejecución de un compañero que vio algo que no tenía que ver, es la pesadilla de la noche de Alberto Weretilneck.
Y es así porque el hombre puso todo en la fuerza, ahijada conveniente en su armado político junto al radicalismo que gobernó desde la recuperación de la democracia. El gobernador no esperaba tener que lidiar con esto. El día que encontraron el cuerpo del joven, huyó de la ciudad. La ausencia de la máxima autoridad provincial cuando ocurren “incendios” en Bariloche tiene historia y resentimientos acumulados. Muchos recordaron el asesinato de los jóvenes del alto, o la seguidilla de muertes de mujeres este otoño.

Marcha por el esclarecimiento del secuestro y posterior asesinato del oficial Lucas Muñoz. Foto Alfredo Leiva Durán.
Marcha por el esclarecimiento del secuestro y posterior asesinato del oficial Lucas Muñoz. Foto Alfredo Leiva Durán.

Hace días, con suficientes pruebas del poder judicial que confirman la participación de policías en el entorpecimiento de la búsqueda de Muñoz y la suma de elementos que apuntan a esclarecer si participaron o no en el secuestro y asesinato, el gobernador escogió cuidadosamente unos pocos medios de Bariloche a los que “en off” les habría dicho que el joven muerto, al que nadie encuentra mácula en sus 29 años, estaría vinculado a drogas y a fiestas sexuales. El martes 23 esa información fue tapa del diario “El Cordillerano”. Esa operación de prensa, seguramente especuló Weretilneck, sería suficiente para encapsular el conflicto y seguir adelante. El tiro le salió por la culata cuando el entretelones fue denunciado por el periodista Santiago Rey en su programa de radio. Los abogados de la familia de la víctima denunciaron al medio.

Hace pocos años, especialistas en seguridad, afirmaban que la policía de Río Negro estaba entre las peores del país. Es una institución con serias deficiencias y deuda de los gobernantes de turno con nuestra democracia. Pero ¿toda la fuerza está podrida? No, seguramente hay mucha gente cargada de buenas intenciones. Con igual lógica no podríamos afirmar que el Papa Francisco y toda la Iglesia son pedófilos, sólo hay curas pedófilos dentro de la Iglesia. Pero hay otra verdad irrebatible: la formación policial, en general, es muy deficiente y en esa pobreza, sumada a la negligencia del poder y las alianzas circunstanciales de éste, la autonomía de la fuerza se fortalece y en esa autonomía, opera la “maldita policía”, la que señalan como la responsable del asesinato de Muñoz.

La política criminal es una de las políticas de Estado que se ocupa de pautar el uso de la violencia estatal. Su uso define la calidad de su democracia. El modelo autoritario, que subordina la libertad al principio de autoridad, el que se conoce como “mano dura” que prescinde de las garantías constitucionales en pos de una supuesta “eficiencia”, debería ser historia a 40 años del golpe. No lo es. Apenas es el punto del que pretendemos evolucionar hacia un modelo democrático, basado en los principios de legalidad, racionalidad, absolutamente respetuoso de la dignidad humana y de los derechos humanos fundamentales.

Fuerza heredada y reafirmada

Desde que Weretilneck era intendente, daba señales de su interés por los temas de la “seguridad”. Ya colocado por el destino, en su rol de gobernador, con su vocabulario limitado, tanto como sus ideas, no escatimó elogios a la policía e hizo la vista gorda cada vez que pudo ante casos de violencia institucional. Vaya de ejemplo aquel diciembre en el que la policía copó la casa de gobierno en Viedma reclamando, sediciosamente, aumentos de sueldos. El gobernador cedió inmediatamente; o aquél invierno en el que inauguró la Comisaría de la Familia en Roca, pocos días después que un policía había “caído” y dijo que por ese hecho debían “suspenderse las garantías”.

Cuando Carlos Soria ganó las elecciones se negó a darle la cartera de Seguridad que le reclamó Weretilneck al ganar las elecciones. Finalmente se quedó con todo el poder y en su armado, la policía fue colocada en sitial preferencial. Y en esta alianza, no hubo profundos planteos a la fuerza heredada, plagada de historias negras.

Weretilneck no estuvo entre los cientos de representantes del amplio arco político y social del país, académicos, expertos en seguridad, referentes gremiales, religiosos, culturales y de derechos humanos que suscribieron el “Acuerdo para una política de seguridad democrática”. En cambio, eligió a Mario Altuna, histórico abogado defensor de la policía, jefe de la fuerza. Gestos.

En general, suele mostrar la hilacha por su preferencia del discurso de “mano dura”. Pidió consejos a Nación y a la provincia de Neuquén para acercarse a nuevos paradigmas en seguridad, organizó un congreso internacional en Bariloche con fuertes auspicios de empresas de seguridad privada (que lo ligaron a Massa); aprendió dos o tres palabras, pero no tomó nada de los nuevos paradigmas. Muestra la hilacha. Y lo hace con demasiada frecuencia. Lo hizo hace unos meses, cuando concibió su proyecto de detener en comisarías a “jóvenes en estado de vulnerabilidad”; lo hizo hace una semana cuando dijo “es muy malo que maten a una persona, mucho más si es policía”; o cuando pidió que publiquen lista de los nombres de los “chicos malos” del alto de Bariloche, ocasionando no sólo la mudanza de familias señaladas, sino también el repudio de organismos defensores de derechos humanos, y la renuncia de su secretaria de Seguridad, Marta Arriola, quien entendió que eso colisionaba con principios constitucionales elementales.

Sus mayores “crisis de gabinete” estuvieron en esta cartera que pasó de Secretaría a Ministerio y ya lleva cuatro funcionarios a cargo en cuatro años. Cualquiera de los salientes pude dar cuenta de las inexistentes transformaciones en la fuerza en los años que lleva de gestión Weretilneck. Esta vez, y porque le estalló la bomba en la mano, se atrevió a descabezar a algunas comisarías de Bariloche sin tocar cargos políticos. Entiende que tiene que demostrar, por primera vez aunque muy tibiamente, quién manda. Quizá sea demasiado tarde.

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