Nuevos testimonios reafirman abusos en el hogar de niños Filii Dei de Cutral Co

Derechos de la humanidad, PLAN C, SECCIONES

En 1964 se instaló en Cutral Co un hogar para niñas y niños en situación de riesgo. Se llamó Filii Dei (niños de Dios, en Latín) y estaba a cargo del sacerdote paolino José Dubosc y la licenciada Irene Freyre. Los internos e internas eran sometidos a maltratos psicológicos, duros castigos como días sin comer o palizas salvajes y abusos sexuales. Más de cuarenta años después las víctimas siguen sin respuestas.

Filii Dei
Filii Dei en la actualidad (Juan José Thomes)

Por Daniel Font Thomas / Fotos Juan Thomes

Filii Dei se levanta en mitad de la estepa, camino al norte por la ruta provincial 10. Cinco kilómetros del casco céntrico cutralquense deja al barrio aislado de la comunidad. Cuentan con luz y agua. El gas viene en garrafa. Son casas distribuidas en torno a un enorme caserón que fue hospital en los tiempos de oro del barrio. Hoy está habitado por vecinos y vecinas que han ido llegando en distintas circunstancias. El paso del tiempo y la falta de mantenimiento hace difícil creer que haya sido una de las zonas más florecientes de su época.

En 1923 la empresa ESSO firmó con la local Challacó para hacerse cargo del pozo petrolífero Dadín. Fiel a las políticas propias de las empresas de la época, se construyó un pequeño barrio para empleados y sus familias. Lo bautizaron Campamento Sol. Era un lugar próspero que contaba con un club, espacios recreativos, centros de abastecimiento, escuela e incluso un hospital. Todo exclusivo para los vecinos y vecinas.

En noviembre de 1963, el presidente Arturo Illia firmó los decretos que quitaron a las empresas extranjeras las concesiones sobre los pozos petroleros. ESSO no fue la excepción.

“Volví del servicio en el 64 y me encontré con que la ESSO se había ido. Dejaron todo abandonado”, cuenta Manuel Tolosa. Nació en 1946 en el hospital de Campamento Sol y ha vivido en la locación hasta ahora. “Después le dieron el lugar al cura y la gente que estaba ahí se tuvo que ir. Se había agarrado todo. Levantó un alambrado de dos metros y medio y no dejaba pasar a nadie”, recuerda.

Así inició Filii Dei. La fundación Hogares Argentinos impulsaba desde 1957 la creación de espacios con la finalidad de contener a niños y niñas en situación de vulnerabilidad. El sacerdote José Dubosc junto a la laica consagrada Irene Freyre se instalaron en las viejas instalaciones de Campamento Sol en 1964. El hogar contaba con apoyo de YPF según confirman antiguos internos, de acuerdo a archivos de la institución percibía aportes estatales y además recibía donaciones de distintas instituciones. Tenía una amplia aceptación de la comunidad de Cutral Co. Se organizaban actividades recreativas, participaban de los eventos públicos de la ciudad, garantizaba educación y formación de oficio a internos e internas. El viejo hospital pasó a ser el habitáculo de Dubosc y Freyre. Las distintas casas albergaban en grupos a niños y niñas por separado, dirigidas cada una por un adolescente que llamaban intendente. Pronto Filii Dei llegó a ser reconocido a nivel nacional como espacio modelo de protección y reinserción.

Maltrato, golpes y violencia

“Aquella es la casa de tortura. Así le decíamos. Acá es donde vivía el cura. De acá vigilaba todo”, indica con el índice Luis Neira. “Ahí es donde nos cagaban a palos”, agrega mientras muestra la cancha de fútbol, el comedor que oficiaba de cine y lugar de encuentro. Luis vivía en una escuela hogar en Neuquén. Cuando el lugar cerró en 1966 lo trasladaron junto con su hermano a Filii Dei. “Veníamos de un lugar donde comíamos todos los días, dormíamos calentitos. Acá nos encontramos con un lugar en medio de la nada, donde había nenes de cuatro o cinco años que tenían que mover caños y limpiar el terreno”, afirma. Avanza entre las casas y va contando sobre edificios que ya no están. “Allá dormían las chicas”, comenta sobre rumores de violaciones en el sector de las mujeres, y donde los chicos se cruzaban de sector. “Ahí pasaban muchas cosas raras que nunca nos enteramos bien”, agrega Luis.

“Dormíamos con los de nuestra edad en las casas y nos cuidaban chicos más grandes”, rememora. En esos espacios reinaba la ley del gallinero: “El abuso era entre todos. El más grande se aprovechaba de los más chicos y así. La violencia era entre todos. Recuerdo que cuando cumplíamos años nos llamaron y con el cura nos fajaron por cumplir en agosto”, hace memoria Luis. A los once años, cansado de los maltratos, decide escaparse. “Mi hermano quiso terminar la escuela. Yo me cansé y me escapé”, cuenta. La búsqueda de su familia lo llevó a vagar por dos años en Buenos Aires hasta que encontró a su hermana.

“Intendentes” abusadores

“Antes que nada, quiero aclarar que Orlando Morales no tiene nada que ver sobre lo que yo hable a partir de ahora. Él no es ningún abusador y no lo conozco personalmente”, empieza la conversación Miguel Echagüe. Llegó a Filli Dei con ocho años en 1968. Un juez de la familia le recomendó a su madre que Miguel fuera internado en el hogar, garantizando un futuro mejor del que podía llegar a tener en su entorno de Fiske Menuco (General Roca). En el 2014 Echagüe se animó a denunciar los abusos después de 46 años. En una radio de Cutral Co indicó a Morales como presunto abusador. “Fue un malentendido en momentos de nervios, una mal interpretación de todo lo que conté. Es de lo único que me retracto”, explica Miguel. Esclarecido el asunto empieza a relatar su historia: “Mi madre me lleva con la versión de que era un colegio muy completo. Algo mejor para mí. Al entrar me recibe el cura José Dubosc y me manda a una de las casas donde había como quince chicos y dos mayores”.

Durante los primeros días Miguel notó algo raro. Las comidas no eran abundantes y solamente algunos internos podían repetir el plato. “Llegó un momento en que empecé a sentir mucho el hambre. Fui a robar a la casa del cura y uno de los criados me descubrió. Me llevaron frente Dubosc y me castigó con dos días sin comer”, explica.
No sólo se les privaba de una buena alimentación. “Nos hacían hacer cosas de grandes. Nos levantaban a las cinco de la mañana y teníamos que limpiar la calle que da a la ruta 22. Para bañarte te metían al agua fría. Si querías bañarte con agua caliente tenías que hacer algo con los mayores, que era lo que más me llamaba la atención”, recuerda. Así fue como Miguel descubrió que los intendentes abusaban sexualmente de ellos y recompensaban con “privilegios” a cambio de su silencio. “Empecé a sentir una noche gritos. Me levanté y vi que era uno de los chicos. Estaban abusando de él. Esa imagen no me la voy a sacar nunca más”, asegura. Miguel recuerda especialmente al cocinero Mauricio, apodado El Indio. Cuando podía escabullirse a la cocina, Mauricio le daba de comer para evitar tener que recurrir a los “privilegios” de los intendentes.

Los abusos eran cada vez peores. “Una noche un chabón se me metió en la cama y me agarró de prepo. Al otro día me dio doble desayuno para que no diga nada. Quise avisarle al cura y no me dejaron llegar a él. Quería contarle lo que estaba pasando, lo que hacían estos hijos de puta. Cada vez escuchaba gritar más a los chicos…”, Miguel se quiebra. Se disculpa. Silencio. Continúa: “Me gustaría acordarme quienes fueron. Sé que el abusador se llamaba Alejandro, pero no me acuerdo de nada más”, agrega.

El aislamiento

Los internos e internas de Filii Dei participaban a nivel comunidad de distintos actos y desfiles de Cutral Co, lo que sucedía dentro del hogar no trascendía el ambiente. Incluso familiares que iban de visita se les prohibía ver a los chicos y chicas. “Una vez vino a verme mi mamá para mi cumpleaños. La vi que estaba a las afueras del colegio. Le iba a contar todo lo que pasaba ahí. Pero nunca se acercó”, recuerda Miguel, “no la dejaron entrar. El cura me dijo que no me quiso ver y me dio una bolsa de caramelos que me mandó ella”. Decidió escaparse una mañana antes de la escuela. Con ocho años logró llegar caminando hasta Roca dónde un vecino lo contactó con su familia que se había mudado a Mar del Plata.

Historia similar cuenta Alberto Lerma. Después de quedar huérfano a los once años fue trasladado a Filii Dei en 1973. “Nos dieron a elegir entre ir con un juez de menores o ir a estudiar. Yo elegí el estudio, por mis hermanas más que nada. Entramos a un lugar del que no pudimos salir”, cuenta. Alberto estuvo cuatro meses en el hogar. “Nos tenían como en el ejército. Horarios para levantarse, diez quince minutos para hacer las camas. Vivíamos en una casa con cinco o seis chicos y siempre había uno que era el mayor. Ese se aprovechaba, había que hacer lo que él decía”, afirma. Igual que en el relato de Miguel, Alberto sufrió las restricciones de la comida: “Yo preguntaba por qué teníamos que comer siempre lo mismo y no me contestaban. Los más grandes me decían que después me iba a enterar”. Tampoco se os dejaban tener contacto con gente de afuera del hogar: “No nos permitían charlar con los maestros. Terminaban las clases y si no tenía que ver con cosas del colegio no te dejaban. Recuerdo una vez que se voló una hoja de diario por encima del paredón y me lo quitaron enseguida”.

Alberto se escapó dos veces. La primera vez llegó hasta Ramón Castro y lo trajo de vuelta el maquinista del tren que pasó por ahí. La segunda se arrepintió y se dejó encontrar. “Cuando me devolvieron me pegaron un coscorrón en la cabeza, me tuvieron en un cuartito encerrado y al final me llevaron con lo puesto a la terminal de Cutral Co. Me habían dado lo justo para un pasaje y me fui a Zapala”, recuerda.

Un par de días en la cárcel para el cura

En 1974 José Dubosc fue encarcelado. Pasó un par de días en la comisaría de Cutral Co y al poco tiempo lo liberaron. “Políticamente estaban bancados por el gobierno provincial. Cuando acá se pudrió todo estuvo unos días preso y después se lo llevaron a Buenos Aires, ahí se fue un grupo para allá y a otro los repartieron por la provincia o los devolvieron a sus familias”, comenta Luis Neira. Según Alberto Lerma fue un profesor de metalúrgica el que se animó a hacer la denuncia cuando intervino la policía. Cuando integrantes de la comunidad se acercaron al lugar a ver qué había sucedido encontraron que las donaciones y aportes del Estado estaban amontonados en un depósito del viejo caserón. La fundación Filii Dei sigue funcionando actualmente en Buenos Aires, en los lindes de la Villa 31.

En los relatos de su historia se nombra vagamente el pasaje de la obra por la comarca neuquina, o directamente se pasa por alto. “Durante muchísimos años este tema no se habló”, remarca Luis y agrega: “si no fuera por Echagüe que saltó con todo, no se hablaba. De acá no salieron cosas buenas. Todos los recuerdos que tengo acá son malos”. Por su parte, Miguel Echagüe invita a todos aquellos y aquellas que quieran denunciar a que se animen: “Cuenten quienes eran estas personas vestidas de oveja. No tengan miedo y saquen esa mochila de malos recuerdos. Yo cargué más de 45 años y hoy me siento más aliviado”.

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2 comments

  • Como van a nombrar mal el apellido de una persona???? No entiendo si le preguntan sus datos?????

  • Me llamo jose estube internado en ese hogar y tengo mucho q contar de esas mierdas del maltrato q sufrimos de Jose Adrian Dubox yIrene Freide ydel gordo correntino Oscar Feliciano Gauna cualquier cosa llamar a 02942 431926

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