Cuando el terror toma cuerpo

Artes, PLAN C, SECCIONES
foto M Enriquez
Foto Nora Lozano

Una de las novelistas más jóvenes del país escribe historias que cruzan el terror con hechos cotidianos. En esta entrevista y a propósito de su último libro, nos cuenta sobre sus inicios en el género y la consolidación de su estilo.

Por Rocío Fit 

Mariana Enríquez es una de las pocas escritoras de literatura de terror en Argentina. Su último libro de cuentos, “Las cosas que perdimos en el fuego”, publicado recientemente por Anagrama, no deja de levantar elogiosos comentarios en la crítica y escalofríos en las espaldas de sus lectores. La escritora visitó la Feria patagónica del libro en la primavera pasada y habló de este género extrañamente inusual para nuestra tradición literaria.

Nació en La Plata, en el ‘73. Es periodista y trabaja como subeditora del suplemento cultural Radar de Página 12. A los 21 años publicó “Bajar es lo peor” (1994), una novela gótica, urbana, de enredos y alucinaciones vampirescas entre adolescentes. Tuvo tanto éxito que comenzó a ser llamada “la novelista más joven de Argentina”. Tardó una década en publicar su segunda novela “Cómo desaparecer completamente” (2004).

Después siguieron su primer libro de cuentos macabros “Los peligros de fumar en la cama” (2009), un libro de crónicas: “Alguien camina sobre tu tumba. Mis viajes a cementerios” (2013), y ahora los relatos de “Las cosas que perdimos en el fuego” (2016). Del primer al último libro, la escritura de Mariana Enríquez cobra cada vez mayor experticia en el arte de mostrar lo monstruoso cotidiano. En esa línea que cruza su obra puede leerse un proyecto literario que quizás nadie haya emprendido con tanta claridad en la tradición nacional: escribir terror en la lengua y en la realidad argentina.

¿De dónde viene tu afición por la literatura de terror?
Es lo que siempre me gustó leer, desde Henry James a Stephen King. Lecturas que no están escritas en mi lengua, y de las que tampoco se encuentran muchos referentes en español. A mí me parecía que había un montón de temas que necesitaban ese tratamiento que era como un casillero vacío, una ausencia evidente en la literatura argentina. Como escritora, me daban muchas ganas de probarlo: ver cómo lo podía trabajar en mi idioma, en mi lengua, con qué elementos. Lo empecé a trabajar con temáticas propias, con un tipo de lenguaje propio, un lenguaje de adolescentes del conurbano. En esa habla local, que en principio no tiene nada que ver con el género, encontré una especie de voz.

Lo monstruoso en la voz de Enríquez pocas veces toma la forma de fantasmas y casi siempre de cuerpos. Cuerpos deformes, mutilados, ultrajados, quemados, obesos o desnutridos. Cuerpos casi siempre jóvenes que traspasan los límites del sufrimiento y el goce, de aquello que está entre la vida y la muerte. Son “ficciones físicas” que exhiben una presencia desorbitante de los cuerpos pero también la pregunta por la ausencia de ellos, la pregunta por las chicas y chicos asesinados o robados que regresan a exponer la violencia de sus desapariciones.

¿Qué hay detrás de la exacerbación del cuerpo y sus desbordes en tus relatos?
Lo que me interesa en relación al cuerpo es el cuerpo abusado, ya sea abusado sexualmente como abusado por drogas, por torturas, por desapariciones, por muertes. Para mí un disparador del medio es el hecho de no poder estar en control o en posesión del cuerpo, que el cuerpo sea algo manipulable, descontrolado, excesivo, algo que no que no se puede controlar a veces por propia voluntad, a veces por voluntad de otro, que es todavía algo más terrorífico. El caso más extremo es el cuerpo desaparecido, el cuerpo que alguien toma y se lleva. Y el caso más erótico, más lúdico, es el de los cuerpos en exceso como elección. Recuerdo haber tenido mis primeras experiencias con literatura de terror, y gótica. Fue la primera que me dio sensaciones físicas. Yo pensaba que la literatura no podía hacer eso: asustarte hasta el nivel de sacar el libro, como un respingo.

En “Las cosas que perdimos en el fuego” Enríquez vuelve a llegar hasta ese lugar en el que las palabras pueden causarnos una sensación en el cuerpo, un sobresalto o un estremecimiento que nos mueve de la comodidad del asiento. Chicos de la calle abandonados, masacrados en rituales macabros o tirados al río por policías, chicas poseídas, obsesionadas, o perdidas en la adicción, mujeres infelices tratadas como locas por sus maridos, mujeres ardientes a quienes sus maridos prenden fuego como a las brujas de hace siglos. Relatos en donde lo fantástico emerge desde un realismo crudo y sucio, desde una periferia suburbana que nos asusta, que nos aterra porque –sabemos- puede suceder acá a la vuelta.

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