Fotogalería: Zainuco, un lugar preso del olvido

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En el medio de la nada, sin carteles ni señales, entre puestos de veranada y bosques de araucarias están enterrados los ocho presos fusilados en el paraje de Zainuco. Llegar es una travesía. A cien años se mantienen, indemnes, las piedras y la cruz, únicos indicios de los restos que allí yacen.

Por Daniel Font Thomas / Fotos Juan Thomes

Es la una de la tarde del 16 de mayo. Quince kilómetros atrás quedó Primeros Pinos. A esta altura la ruta provincial 13 es un camino de ripio lleno de pozos, neblina y hielo. Vialidad Provincial había predicho el panorama a través de su número de consulta. Casi no hay autos que transiten por la zona.

“Despensa Doña Rosa, a 300 metros” nos avisa un rudimentario cartel.

-¿Y si vamos a charlar con doña Rosa a ver que nos puede decir?

Estamos buscando la Pampa de Zainuco. Ahí están enterrados los restos de ocho fugitivos que hace cien años trataban de llegar a Chile.

Para 1916 la cárcel de la capital del entonces territorio del Neuquén no era más que un par de pabellones sin terminar. En su artículo “La cárcel de Neuquén y la política penitenciaria argentina en la primera mitad del siglo XX” Ernesto Bohoslavsky y Fernando Casullo lo explican claramente: “El edificio tuvo desde su inicio señales inequívocas de pobreza material. Por ejemplo, ‘carecía de alambrado o muro que la rodeara, razón por la cual, traspuesto dicho portón y andados los primeros seiscientos o setecientos metros, ya se estaba en los lindes mismos del poblado’ (Camerano 1999:31; Chaneton 1993). Ésta era una muestra clara y acabada de una situación material muy delicada para los detenidos y el personal de la cárcel”. Era de esperarse entonces que, cansados de la precariedad, una gran cantidad de internos lograran fugarse del recinto un 23 de mayo de 1916. Diecisiete de ellos lograron llegar hasta la Pampa de Zainuco, en la zona centro del Neuquén.

Juan Carlos Chaneton, nieto del periodista Abel Chaneton, decía en su libro “Zainuco. Los precursores de la Patagonia trágica”: “La evasión de los presos no es voluntaria, es decir no es la consecuencia de un acto deliberado, si no de un acto primo provocado por la fuerza, por la necesidad y quién sabe si no hasta por el hambre”.
El viento helado corta la cara. De a ratos sale el sol y las entradas a los distintos valles se divisan nacientes a los lados de la ruta. A la vuelta de curva se levanta un puesto, mezcla entre adobe, piedra y bloques de cemento. La fachada, pintada de blanco se presentaba con letras negras: “Despensa”. Pero Doña Rosa no está, ni el almacén. Sólo un rancho vacío. La veranada terminó en abril y los puestos de las comunidades originarias que se dedican a la trashumancia ya están desocupados.

No hay carteles a lo largo del camino que den indicios dónde está el sitio de la matanza; sólo un punto en Google Maps de un celular sin señal. Hay que adivinar dónde está el acceso. La camioneta atraviesa la tercer entrada que lleva a hermosos bosques de araucarias escondidos de los ojos del viajante de ruta, pero no hay rastro de Zainuco.
Dos líneas de señal bastaron. El mapa alcahuetea un punto azul en el camino.

-¡Nos pasamos!

Al final Doña Rosa sí tenía algo que decirnos. Frente a la despensa un camino desvía directamente al margen izquierdo de la ruta y se pierde entre dos montañas. De nuevo sin señal, pero con la certeza que el lugar está cerca.
Las crónicas cuentan que el 30 de mayo la policía encontró a los evadidos. En el enfrentamiento el cabecilla Ruiz Díaz murió de un disparo en la cabeza. Los dieciséis se rindieron. Ocho recibieron traslado inmediato a capital. La otra mitad quedó a la espera bajo la vigilancia del policía Adalberto Staub. A pesar de que el puesto donde se ocultaban contaba con un arroyo cerca, la policía los llevó camino a una “laguna” para que bebieran agua, por el valle en dirección opuesta a Zapala.

Son las tres de la tarde. El camino termina valle abajo. Buscando una bifurcación la camioneta amaga con quedarse varada en un banco de arena. Si en una hora no aparece el lugar hay que volver. Oscurece temprano en la cordillera y el camino a Zapala se cierra por la neblina pronosticada.

Ligero para no volver a empantanar, las ruedas atraviesan un arroyo.

-Ese palo de ahí está muy recto para ser un tronco seco. Tiene pinta de poste.

A más de doscientos metros apenas se ve. En la mitad del valle se levanta, en una pendiente al costado del camino. Desde la venida era imposible verlo. El lugar es tal como lo describe Chaneton en 1917: “(…)un faldeo arenoso y cubierto de una vegetación arborescente enmarañada, a trescientos metros de distancia, donde no hay una gota de agua(…) el lugar donde fueron muertos esos ocho hombres está a un rumbo diametralmente opuesto al que debieran seguir en marcha a Zapala”.

El estanciero Félix San Martín encontró los cuerpos a la intemperie. Siete mostraban heridas de bala, el octavo tenía la cara rota a culatazos de fusil. Fueron enterrados en la misma pampa en una fosa común. Lo más cristiano que se les ocurrió fue ponerle una cruz de madera, reemplazada hasta hoy por una de hierro. Ahí están todavía los cuerpos. La versión oficial describía un intento de fuga sistemático.

Sin embargo Abel Chaneton denunció en el diario “Neuquén” una historia muy diferente. Los hombres habían muerto en posición que denotaba más estar cubriéndose que huyendo. Desarmados no era lógico que corrieran por pleno descampado y los balazos habían sido a corta distancia. Sin contar con la cabeza rota del más joven del grupo.
El poste que se vio a lo lejos es el único vestigio que quedó del cartel que alguna vez se puso como indicativo de lo sucedido. Un montículo de piedras sostiene la cruz de hierro oxidada, que reemplaza la vieja de madera. A dos metros está la fosa en cuestión: un montón de arena marcado con piedras alrededor. Botellas rotas por doquier y una vela sobre la tumba, abierta la mitad con el pabilo intacto. Muestra de algún ritualismo que permite pensar al menos que alguien reza por ellos, alguien los recuerda.

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