Zainuco y las continuidades represivas de nuestra historia

Derechos de la humanidad, SECCIONES
Zainuco - Juan Thomes
Zainuco – Juan Thomes

“Represión, Memoria y Ficción Teatral” se denominó la charla con la que el “Colectivo por los 100 años de la Matanza de Zainuco” dio inicio a una serie de actividades para recordar el asesinato de ocho evadidos de la cárcel y del periodista que denunció los hechos: Abel Chaneton. Pablo Scatizza, Doctor en Historia y fundador de esta cooperativa cuando eran aun estudiante, disertó sobre las contnuidades represivas de la historia nacional. Reproducimos su exposición.

Por Pablo Scatizza

Repaso los hechos ocurridos en Zainuco hace 100 años, y una pregunta se presenta recurrente. Simple, pero recurrente. ¿Por qué? ¿Por qué los masacraron? ¿Por qué el comisario Adalberto Staub, honrado en su memoria por el gobierno provincial al darle en 1963 –y mantener aún hoy- su nombre en la Escuela de Policía de Neuquén, decidieron asesinar a sangre fría a esos ocho evadidos de la U9? ¿Por qué decidieron, luego de capturarlos, dejar con vida a un grupo y masacrar a otro, si todos se habían rendido y entregado sus armas y sus vidas despojadas a las fuerzas policiales?

Porque quedaba claro que no había sido azarosa la elección. Mucho más claro, que no había sido un acto de defensa, como señaló la versión oficial, que sostuvo que en un momento de descuido dos de los evadidos habían tomado dos máuser que estaban en el suelo y comenzado disparar hacia donde estaban los policías, por lo cuales ellos respondiendo el fuego y terminaron matando a todos los convictos. Versión que sin dudas tiene algunos otros detalles que la hacen aún más inverosímil, como que algunos de los fusilados tenían quedaron tirados con sus manos cubriéndose el rostro, o bien presentaban tiros en la nuca.

¿Por qué se tomó tal decisión? Hay algunas respuestas, que a modo de hipótesis ya esbozó bien tempranamente Félix San Martín, vecino “ilustre” de la época, estanciero de la zona de la Aguada del Zaino (o Zainuco) a los pocos días de la masacre.
Según escribió largamente a Abel Chaneton, y este públicó en su diario Neuquén (siempre según es señalado por Juan Carlos Chaneton en su libro Zainuco. Los precursores de la Patagonia Trágica, ya que no tenemos a disposición el diario en ningún archivo local para su consulta) luego de que durante el tiroteo cayera el líder y cabecilla de los 17 fugados que hasta allí habían llegado, Sixto Ruiz Díaz, los restantes 16 se rindieron inmediatamente. Y una vez frente al grupo, describe San Martín, el comisario Staub separó a quienes tenían causa por homicidio del resto, enviando de regreso a Neuquén con poco más de la mitad de la tropa, a 8 evadidos con penas leves. Y dejó allí a los 8 restantes, 7 de ellos provenientes de la cárcel de La Pampa y con condenas altas, más un hombre de apellido Cancino, “un indiecito de las Lajas condenado por robar tres mulas”, cuya presencia en ese grupo no queda clara.

Es decir, al destacar esta división, ya Félix San Martín propone la hipótesis de que la decisión era matar a “los peores”, a los más claramente “irrecuperables”, a los más malos. Seguramente como lección para quien en un futuro osara siquiera pensar con volver a fugarse. Quizá como lección, simplemente, para aquellos que no acataran las normas de esa burguesía en formación que se estaba gestando, de manera civilizada, en este desierto patagónico.

Entonces, me quedé pensando en esto. No me conformaba esta hipótesis. No por errónea, sino por escaza. ¿Por qué? ¿Por qué sucedió? ¿Por qué era necesaria, en tal caso, esa acción ejemplificadora? ¿Por qué esa decisión/necesidad de construir un “sujeto asesinable”, un otro al cual matar para ejemplificar? Y si así fuera, ¿para disciplinar a quien?

Y me vino rápidamente la sugerente idea de Eduardo Luis Duhalde, quien sostiene en su libro El Estado Terrorista Argentino que el único pathos que recorre todo el curso de nuestro pasado desde el comienzo mismo de nuestro proceso emancipador, como una continuidad sin fracturas, ha sido el de “matar al disidente”. El matar al contestatario como un efecto pedagógico y docente frente a la ciudanía popular. Desde el “no ahorrar sangre de gauchos” de Sarmiento y la cabeza del Chacho Peñaloza colgando desde una picota para “aquietar a la chusma”, como le escribió entonces a Mitre, hasta la persecución sistemática por portación de rostro y el asesinato de pibes en los barrios del oeste de nuestra ciudad.

Es decir, matar al otro. Un otro que primero debió ser construido social y políticamente, identitariamente, para luego aniquilarlo. Con matices y particularidades de acuerdo a los distintos momentos históricos. Pero siempre está ahí. Como un hilo que atraviesa nuestra historia. Un hilo conductor que identifica a los asesinos de aquellos fugados de la cárcel federal de Neuquén con los que hoy reprimen y matan a los pibes en la calle.

La permanente construcción de un otro para aniquilar. Un principio que, sin dudas, estaba presente en la acción aniquiladora de Staub y Blanco, y que no era, ni sería, para nada original.

Porque, ¿qué une al Chacho Peñaloza con los ocho asesinados por Staub y sus hombres en el paraje Zainuco, con Abel Chaneton unos meses después, con Severino Di Giovanni en 1931 –el idealista de la violencia que retrató tan bien Osvaldo Bayer-, con los fusilados en José León Suarez en 1956 que Rodolfo Walsh sacara del olvido en Operación Masacre, con los asesinados y desaparecidos durante la última dictadura militar, con Carlos Fuentealba y con Luciano Arruga?

Soy consciente de que no es muy prudente -historiográficamente hablando- hacer semejantes saltos temporales. Pero son sólo algunos casos de asesinatos, de homicidios deliberados, de masacres perpetradas por el Estado a través de sus instituciones, ejecutadas a partir de construir un “otro asesinable”, un enemigo a combatir, y de paso –o precisamente- para disciplinar a la sociedad.

El fusilamiento de los 16 militantes en la masacre de Trelew de 1972; los fusilados de la Patagonia Rebelde de 1920/1921; Pablo Ramirez en 1993, Teresa Rodríguez en 1997, Cristian Ibazeta en 2012; Braian Hernández a fines de ese mismo año… y podríamos seguir hasta tarde porque la lista es interminable.

¿Qué es lo recurrente? ¿Cuál es el factor común en todos estos casos, en este tipo de asesinatos o masacres? El otro distinto: el que se rebela, el que denuncia, el que transgrede normas, el subversivo, el disconforme… el que no se adapta ni respeta el poder dominante y sus imposiciones.

Pero también hay otro elemento recurrente, en un segundo plano quizá, pero ya ni siquiera velado y sin dudas más peligroso: gobiernos, funcionarios y estructuras de poder detrás de esas acciones, que las planifican, las ordenan y las encubren.
Fue el presidente Mitre tras el degüello del Chacho Peñaloza, el gobernador Elordi y el juez Zinny tras los fusilamientos del valle de Zainuco que hoy conmemoramos, el presidente Yrigoyen tras los fusilamiento de los trabajadores rebeldes de Santa Cruz, el gobernador Sobisch detrás del arma de Poblete que asesinó a Carlos Fuentealba (e incluso los empresarios y sus cámaras que lo presionaban para que liberara las rutas), el poder ejecutivo y el judicial de Neuquén, articulados, tras los asesinatos a sangre fría de Pablo Ramírez, Teresa Rodríguez, Cristian Ibazeta, Braian Hernández. Y los casos siguen y se multiplican en todo el país.,
Violencia institucional. Represión estatal. Matar al otro. Y disciplinar a los rebeldes, a los disconformes, a los que quieren subvertir el orden, el statu quo.

Un otro que antes del golpe de 1976 fue construido meticulosamente, motorizando la aniquilación sistemática más cruel y sangrienta de nuestro país, junto con la que 100 años antes había planificado exterminar a los pueblos originarios que habitaban estas tierras.

Un otro disidente que hace 100 años, en mayo de 1916, se objetivó en los 8 presos asesinados a sangre fría en Zainuco, y en enero del 17 en la figura de ese tábano molesto en el que se había convertido el periodista Abel Chaneton.

Unos meses antes de que el cáncer le ganara esa batalla, Gladys Rodríguez, a quien esta charla y en estas actividades que estamos organizando quisiera recordar, dedicar y tener presente, quería que hiciéramos algo para esta fecha. Me dijo una mañana cuando me fue a visitar a mi trabajo, “gatito, tenemos que hacer algo por los 100 años de Zainuco”, con esa mirada tan característica que tenía, y esa forma de decir las cosas que, a pesar de la dulzura con la que lo decía, no te dejaba otra opción que aceptar. “Un trabajo que hable de la represión entonces y ahora”, me dijo. Hablamos bastante al respecto, y si bien habría estado contenta con este encuentro y los que siguen, creo que aún falta para concluir ese trabajo. Un trabajo cuyas líneas directrices podrían ser las que esbocé hasta aquí, y que por lo tanto no puede terminar bien mientras los que están en el poder sigan en el poder. Un trabajo que, entonces, no tiene final feliz. No puede tenerlo. Que es racionalmente pesimista, y que el único atisbo de optimismo es el de nuestra voluntad por seguir intentando cambiar las cosas. La voluntad que movió a Abel Chaneton y a Severino, a Fuentealba y a Cristian, a Gladys y a cada uno delos referentes de los organismos de derechos humanos, a la militancias de ayer y de hoy. Esa misma voluntad que mueve seguramente a muchos y muchas de quienes hoy están acá.

A modo de epílogo

En medio de la charla, uno de los presentes señaló que el nombre de la Escuela de Policía, Adalberto Staub, era de alguna manera apropiada con el tipo de sujetos que de allí salían formados. Ello, en alusión a las recurrentes posiciones que se han planteado por diversos medios, en pos de cambiar la denominación de esa institución, quitándole el del asesino de aquellos fugados en 1916. Y creo que es interesante la idea de aquel compañero presente. Si lo pensamos bien, con cambiar el nombre de esa academia no se cambia la instrucción que allí dentro se imparte, ni la función para la cual se los prepara. No se modifica la ideología que allí se difunde con ponerle el nombre de Chaneton o de Talero. En tal caso, a dicho nombre debieran ganárselo: que primero cambie la institución, que se modifique la instrucción allí impartida por una al servicio del pueblo, del trabajador, por la libertad y la democracia, y luego le cambiamos el nombre. Si no, todo podría quedar en una pura cosmética lavadora de cara, y no sería justo con aquellos hombres.

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