Zainuco, 100 años de impunidad

Política, SECCIONES

El 30 de mayo se cumplen cien años de la matanza, y todo sigue igual. El Movimiento Popular Neuquino se dice defensor de los derechos humanos, pero respalda y protege a los criminales.

por Jorge Gadano / jorgegadano@gmail.com

Foto: Bruno Tornini
Foto: Bruno Tornini

Cada año, en el día de la policía, el gobernador de la provincia del Neuquén preside un acto que se realiza en el predio de la Escuela de Policía. Desde setiembre de 1963 la escuela, donde los jóvenes que ingresan deben aprender que la defensa de la seguridad de los neuquinos debe estar acompañada por el respeto a los derechos humanos, se llama Adalberto Staub. El nombre fue impuesto por el comodoro Francisco Olano, interventor en Neuquén de la dictadura militar que había derrocado a Arturo Frondizi en marzo de 1962.

No son una mayoría abrumadora los habitantes de este suelo sabedores de que el comisario Adalberto Staub, hace cien años, el 30 de mayo de 1916, fusiló a ocho presos que habían escapado de la cárcel de la capital provincial una semana antes. Todo un creativo, Staub: a la vez que policía fue juez, porque sobre un total de 16 que había apresado decidió mantener con vida a la mitad, a su juicio los buenos, y a la vez, ya como legislador, incorporar al Código Penal la pena de muerte y aplicarla a los restantes, los malos. Un tiro en la cabeza a cada uno, salvo un muchacho de apellido Cancino, preso por haber robado tres mulas, a quien le reventaron la cabeza a culatazos.

El asesino y sus cómplices contaron con la ventaja de que el único juez letrado del todavía territorio nacional, Enrique Zinny, estaba con parte de enfermo en Buenos Aires. De modo que, todo lo que el fiscal del tribunal pudo hacer fue enterarse del crimen leyendo el “Neuquén” –periódico que dirigía Abel Chaneton- y esperar que, dado de alta, el magistrado volviera a instalarse en la sede de su público despacho. Cuando lo hizo no le llevó mucho tiempo absolver de culpa y cargo a Staub, quien así pudo volver a la jefatura de policía, en la que había dio designado por su heroico comportamiento en Zainuco.

Cien años de soledad

La impunidad de Staub y sus protectores –Eduardo Elordi, gobernador, el juez Zinny, entre los principales- se engrosa con el aporte de quienes los exaltan como si fueran próceres y borran a los muertos de la historia oficial. Son desaparecidos. Pero hay, por fortuna, otra historia, fehaciente, la verdadera, escrita por Abel Chaneton en su periódico “Neuquén” y reproducida por Juan Carlos Chaneton en su libro “Zainuco, los precursores de la Patagonia Trágica”. Y hay en el paraje donde tronaron, triunfantes en el combate, los fusiles de Staub, una cruz clavada en la fosa común que denuncia, aquí están.

Hoy, cien años después, la cruz sigue allí, acusadora. Y los Chaneton dicen que los muertos “no merecieron de los empleados policiales el favor que se le dispensa a un perro. Quedaron insepultos, tirados en la falda de la montaña, unos sin más prenda de vestir que el calzoncillo, otros con solo jirones de la camisa, descalzos, y todos en actitudes sugerentes”.

¿Sugerentes? Sí, porque “el que no tenía las manos crispadas sobre el rostro, como queriendo alejar la visión pavorosa de la muerte inminente, los había cruzado sobre el pecho a manera de escudo, en el supremo esfuerzo de la defensa”. Y sigue: “De bruces unos, de espaldas otros, los ojos inmensamente abiertos, yacían en la misma posición en que cayeron, conservaban la misma actitud y el mismo gesto de espanto con que murieron”.

El estilo neuquino de aquellos tiempos concluyó cuando el 7 de junio, una semana después, un policía de la comisaría de Aluminé completó la obra de Staub, como para que no quedara rastro alguno. Manuel de Castro, subcomisario, con la ayuda de dos gendarmes y tres vecinos, cavó una fosa, arrojó adentro todos los cadáveres y los tapó bajo un manto de tierra. Y por fin, cristiano y católico como era, puso la cruz. ¿Eso es, señor Obispo, lo que se llama una “cristiana sepultura”?

El relato de los hechos –dirigido a Abel Chaneton- pertenece a un testigo calificado, don Félix San Martín, después gobernador de la provincia, que era dueño de una estancia vecina a Zainuco.

Foto: Bruno Tornini
Foto: Bruno Tornini

Los asesinados

José Cancino
Nicolás Ayacura Figueroa
Fructuoso Padin
José Lopez
Antonio Stradelli
Tránsito Álvarez
Francisco Cerca
Desiderio Guzmán

Centenarios

Con la sentencia de Zinny el comisario Staub quedó libre de culpa y cargo. Sus víctimas habían cometido el delito de sedición al apoderarse de un par de fusiles y munición en un descuido de sus guardias. Pero el valeroso comisario reaccionó a tiempo y los sediciosos cayeron en el combate. Y Dios quiso que los policías que intervinieron salieran indemnes, sin siquiera un rasguño. Elordi aplaudió. Y para asegurar el silencio y el consiguiente olvido Abel Chaneton fue asesinado en una emboscada unos meses después, el 18 de enero de 1917. Tendremos, por lo tanto, otro centenario de sangre, hecho de más impudicia, más impunidad, más desvergüenza.

Como, según suele suceder, la torpeza impregnó el comportamiento de los poderes públicos, los muertos están sepultados, pero sin intervención alguna de la autoridad competente. Los restos no fueron llevados a un cementerio público, no hay autopsia (porque a Zinny le pareció que no hacía falta), no hay registro de las defunciones. Tampoco un responso.

A nuestro modesto entender, esto no puede quedar así. Por empezar, para recordar debidamente el centenario, a la escuela de policía hay que cambiarle el nombre, y a la calle Elordi, que se extiende sobre varias cuadras de la capital neuquina, también. La calle intendente Chaneton, llamada así para esconder al periodista, debe ser rebautizada como “periodista Chaneton” (que es lo que vale en la vida de este neuquino ejemplar). Y, en fin, para que brille la vergüenza, hay que exhumar los restos y darles “cristiana sepultura” con todas las de la ley. Porque si no lo hace la autoridad competente, alguien tendrá que hacerlo.

Foto: Bruno Tornini
Foto: Bruno Tornini

Epílogo de Don Jaime

El libro de Juan Carlos Chaneton cuenta con un epílogo del obispo Jaime de Nevares. Nos apropiamos de la sustancia: “Todo tan sombrío y tan sórdido. Cobardías e hipocresías. Claudicaciones y complicidades. Pilatos”.
“Pero hay una luz en medio de tantas sombras y tinieblas. Es la figura del periodista Abel Chaneton, nuevo caballero Quijote. Solo que los que embistió no eran inocentes molinos de viento”.

“Esa luz perdura, a pesar de los velos con que quieren atemperar los destellos”.

 

 

 

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