Segunda vuelta: Si hay dos proyectos enfrentados, hay que dejar la buena educación y decirlo todo

POPURRI

Por Jorge Gadano
jorgegadano@gmail.com

0000082014El resultado de las elecciones del 25 de octubre produjo un estado confusional considerable en las filas del Frente para la Victoria. Costó, a quienes seguían el resultado del escrutinio provisorio, aceptar que los festejos del macrismo, que tenían como principal animador al mismísimo Mauricio Macri en compañía de su silenciosa señora y bailando con su hijita a hombros, no era una mera actuación que escondía una nueva derrota. Costó, pero hubo que aceptar que los diez puntos de ventaja que Scioli llevaba en las primarias y en los informes de todos los encuestólogos se habían reducido, oh, a apenas dos. Y lo peor, que la bondadosa candidata macrista en la provincia de Buenos Aires había derrotado a Aníbal Fernández.

Se dirá que, sean diez o dos los puntos de ventaja de Daniel Scioli, igual ganó. ¿igual ganó?. Bueno, sí, si lo vemos como una victoria a lo Pirro.

A los burros que no saben nada de Pirro, quienes sabemos algo les decimos que ese Pirro era el rey de un pequeño reino pegado a Grecia. Mucho antes de este siglo, en el II o III antes de Cristo, le ganó a la república romana una batalla a un costo en vidas tan alto que, a quienes querían celebrar la victoria, les dijo “otra victoria como esta y estamos perdidos”.

El “estado confusional” fue, en realidad, más una revelación impiadosa del comicio que un resultado. Dicho de otra manera, ahora se puede advertir que el devastador golpe recibido por el Frente para la Victoria ha sido la consecuencia de una alianza oportunista entre el kirchnerismo y Scioli antes que el fruto de una coincidencia política basada en los firmes principios que distinguieron a los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, entre el 22 por ciento de los votos en 2003 al 54 por ciento en 2011.

Sí, es para llorar. Porque si bien antes –no solo días antes, cuando ya solo podía hacerse lo que se hizo, sino años- no se pudo medir la posibilidad del descalabro, ahora parece harto difícil que aquella ceguera sea superada en 20 días, cuando lo que emerge en el oficialismo es una guerrilla de acusaciones. Véase, por ejemplo, que del furor de Aníbal Fernández hacia las filas que creyó propias solo se salva la presidenta.

Qué tiempos aquellos

Entre octubre de 1945 bastó con un lema, sintetizado en la opción “Braden o Perón”, para que aquel coronel, que ni siquiera tenía un partido político propio registrado en la justicia electoral (se valió del desconocido partido Laborista del sindicalista Cipriano Reyes), derrotara a la “Unión Democrática” integrada por todos los partidos de entonces, desde el conservador al comunista. La fórmula, integrada por los radicales alvearistas José Pascual Tamborini y Enrique de las Mercedes Mosca, era y sigue siendo una desconocida. Querían esos dos representar a la coalición que aplastó al nazismo en la Segunda Guerra Mundial pero, como lo advirtió Lenin en 1918 ante el espectáculo de las naciones que se alejaban del imperio de los Habsburgo, no es lo mismo el nacionalismo de un país opresor que el de un país oprimido.

En la Argentina de 1945-46, el enemigo externo del pueblo argentino era Spruille Braden, embajador de los Estados Unidos y desfachatado aliado de la alianza opositora. Lo había designado Harry Truman, el de la bomba atómica, que asumió la presidencia en 1945, cuando murió el presidente Franklin Roosevelt, quien había sido electo para el cargo en 1933 y reelecto en 1936, 1940 y 1944 (como se puede apreciar, había entonces en Estados Unidos manga ancha para la reelección).

En estos tiempos, los embajadores gringos han sido más discretos que Braden, quien en 1945 participó en una desafiante marcha antiperonista llamada “de la Constitución y la Libertad”. Pero no faltó después un gobierno integrante del amplio abanico peronista, el de Carlos Menem, cuyo canciller, el simpático Guido Di Tella, habló sin que se le moviera un pelo de las “relaciones carnales” con los Estados Unidos.

Pero he aquí que la discreción fue también vulnerada por Mauricio Macri, cuando declaró que su decisión de poner al Fino Palacios al frente de la Policía Metropolitana había sido consultada con la embajada del susodicho país. En el (hay que llamarlo de alguna manera), “debate” que precedió a las elecciones, ningún integrante del círculo que acompañó a Scioli objetó esa conducta de Macri que, claramente, lesiona a una de las “tres banderas” del peronismo, que alude a la soberanía.

Tampoco lo hizo Scioli, bien porque es un hombre de paz, al que no le gusta “confrontar” o, no se puede descartar nada, porque le parece bien la consulta, se trate del Gran Embajador o del papa de Roma, hoy de moda.

La palabra “debate” va entrecomillada porque, la verdad sea dicha, de eso hubo poco y nada. Ambos candidatos se presentaron como un producto enlatado de agencia de publicidad, con la ventaja para Macri que le dieron los grandes medios que, como es sabido, pueden publicar lo que se les antoje, y así lo hicieron, a favor del candidato de “Cambiemos”.

El Macri procesado por espionaje, acusado por corrupción en innumerables casos que culminaron con el caso Niembro y que nunca desmintió su conocimiento y vinculación en Neuquén con el más que sospechable reparto –a cargo de Luis Manganaro- de los 50 millones de dólares destinados por Jorge Sobisch al Plan Integral de Seguridad; es a la vez un político fiel al consenso de Washington y a las políticas de ajuste que reduzcan el gasto social y restablezcan la renta del capital.

Es posible que en estos 20 días que faltan para la decisión final Cristina Kirchner se ponga al frente de la campaña y le de el calor que hasta ahora han omitido dos personas educadas. Pero es posible también que eso no alcance, que ya sea tarde. De ser así, habrá que ver cómo se las arregla Macri para que, como no ha parado de decir todo el tiempo, tengamos un país “mejor”, donde la vida de “la gente” sea “mejor”, y donde los 40 millones de argentinos nos reconciliemos, echando al olvido el pasado que nos enfrentó. No estaría de más que Scioli también de su opinión sobre eso.

 

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