Malas decisiones

Noches de Sobremesa, POPURRI

por Lucas Debandi en Noches de Sobremesa

– Yo lo que pienso es que el criterio va y viene. Y se da por rachas, porque cada buena decisión nos da ventaja, nos posiciona mejor para la próxima; mientras que cada mala decisión nos trae problemas nuevos, que nos ocupan la cabeza y nos nublan, y nos complican más la decisión siguiente.

– La famosa bola de nieve.

– La famosa bola de nieve. En cualquiera de los dos sentidos. Pero no te puedo negar que hay otros factores. La edad, la cabeza, el momento. Ese día a mi me influyeron mucho la cerveza y el faso, por ejemplo. Es como que la mente me razonaba a otra frecuencia. Yo vivía a dos cuadras del bar, entonces no me tenía que andar preocupando por cómo iba a volver a mi casa. Eso me deba la libertad para embriagarme sin culpa. Y ese día había ido con el Cachi, que estaba en Córdoba de visita. Yo tenía menos de un año viviendo acá, y el chabón me había venido a visitar. Llegamos temprano al barcito, así que a las 3 ya estábamos en pedo. Pero era muy prematuro irse a dormir, así que compramos más cerveza y nos quedamos hasta las 5, y ahí si, pegamos la vuelta como pudimos. Veníamos caminando cada uno en la suya, pero nos dimos cuenta, los dos al mismo tiempo, de que nos estaban persiguiendo. Nos miramos a los ojos y supimos que el otro sabía, y nos pusimos en guardia. Estaba oscuro, yo vivía a dos cuadras del bar, pero para el lado de Güemes, que es medio bravo. Y justo a esas dos cuadras se les habían quemado los faroles de la calle. Así que miramos de canuto para atrás y vimos que era un grupito de cinco o seis. Nos preparamos para que se pudra. Veníamos muy atentos, así que apenas sentimos el sonido de las zapatillas pisando más fuerte contra el asfalto y los pasos acelerados nos dimos cuenta de que se habían largado a correr hacia nosotros.

Yo me vi en una situación difícil: Para atrás, un grupo de personas que venían corriendo, probablemente con intención de robarme o golpearme. Para adelante, el Güemes profundo. Si salía corriendo derecho me metía en la boca del lobo. Estaba complicado, y para peor, la ebriedad me hacía sentir incapaz de resolver cualquier problema simple. Deben haber pasado tres segundos desde que los pibes empezaron a correr, pero para mí fueron mil años. Me alcanzó para analizar todo esto y para que se me ocurriera una idea perfecta. Fue como una iluminación. Era así: me hacía el gil, como si no los hubiera visto, y cuando me estuvieran por agarrar, me agachaba. Los ladrones pasaban de largo, todos. Y ahí, con ellos a contrapie, desconcertados, y del lado de Güemes, yo picaba para el lado de Nueva Córdoba, para el lado de las luces y los bares abiertos, y me guarecía a algún lugar con gente. Era un plan excelente, y de una audacia propia de Batman…

¿O no? ¿O yo creía que era excelente justamente por el estado que tenía, y no podía discernir? ¿O me había comido el viaje de que estaba atinando y en realidad estaba por hacer un papelón? No había tiempo para responder esas preguntas. Tenía que tomar una decisión, los tenía encima. Seguí el plan al pie de la letra. Me hice el que no me había dado cuenta, aguanté un andar lento, casi de paseo, hasta el último momento. Y cuando sentí que se me tiraban arriba me agaché de golpe. Los ví pasar a todos de largo, como en una masa. Giré el cuerpo y me dispuse para un pique sostenido en dirección contraria, acomodándome en posición de largada de una carrera de cien metros llanos. Me sentí una pantera, y me jacté de haber seguido mi ocurrencia. Sentí que se me iba el mareo, y que la adrenalina me había pegado un baño de consciencia, con un pico máximo de lucidez en la imaginación certera del plan de escape que acababa de elucubrar. Les dediqué una última mirada de superioridad a mis enemigos, que todavía no se podían reincorporar del amague que se habían comido.

Pero nunca empecé a correr. Un instante antes de la fuga triunfal, un pensamiento me interceptó como una flecha en la cien: El Cachi. Me había olvidado del Cachi. Él había salido para adelante, y había caído en la trampa del callejón sin salida. Para colmo él no conocía el barrio, ni siquiera vivía en esta provincia, lo iban a matar. No lo podía dejar solo. Esperé alguna otra idea brillante que se me apareciera de repente. Pero no se apareció. Y se me trabó la cabeza. Y volvió el mareo, y la vista nublada, y la sensación de que no estaba entendiendo bien lo que pasaba. Y me quedé duro, sin poder moverme.

Los tipos, que efectivamente nos venían a robar, me pusieron contra una pared y me rodearon. Y ahí, justo ahí, empecé a tomar las peores decisiones, una atrás de la otra. – Dame la billetera. – En la billetera lo único que tenía era la tarjeta de débito, que la podía denunciar ahí nomás y unos cincuenta pesos, a plata de hoy. Es decir, no tenía mucho para perder, inclusive la billetera era bastante fea (a cuadritos) y estaba rota. Pero no pensé en eso en ese momento, y preferí hacerme el duro. – No tengo billetera.- Y otra vez, con más entusiasmo: – ¡Dame la billetera! – En esta oportunidad vino acompañado de varios empujones, que se me mezclaron con el mareo y me descompuse. – ¡No tengo billetera! – le contesté, y le devolví a uno un empujón. Estaba ofuscado, pero procurando no tirar ninguna trompada, como si eso fuera a evitar que me peguen. Ahí llegó la primera piña. Uno de un costado me clavó en el ojo derecho. Un par se envalentonaron y lo acompañaron con un sopapo más y algún cachetón en la cabeza. Yo no devolví el ataque, y seguí mirando al que me hablaba, haciéndome el que no pasaba nada. Como si eso fuera a evitar que me cagaran a patadas. Capaz que los desconcerté un poco, pero eso no impidió que agarraran rápidamente confianza y me empezaran a pegar por todos lados. Me caí de rodillas al piso, pero aguantando los golpes con el cuerpo firme. Mientras me pateaban la espalda, me seguían gritando, – ¡Dame la billetera, la concha de tu madre! – Yo, desde el suelo, adolorido, les escupí un grito de resistencia: – ¡No tengo billetera!–

Uno que nunca había hablado, que estaba más atrás, que de vez en cuando metía tímidamente alguna patada, por fin mostró su voz: – ¡Dame el celular! – El celular era un dispositivo muy importante en mi vida. En ese momento no tenía televisor, ni computadora, ni equipo de música, ni teléfono fijo. El celular, con sus veinte megas de música y su radio FM era la única comunicación con la sociedad/entretenimiento que yo tenía. Y mucho más importante, el nexo con mis viejos, que eran los únicos integrantes de mi familia con los que hablaba regularmente. Quizás era el aparato más importante que tenía entre mis pertenencias. Pero no pensé en eso en ese momento. Y me pareció un buen premio de consuelo para los ladrones, que habían intentado quitarme sin éxito la billetera. Al verme sacar el celular de mi bolsillo y dárselos con tanta sumisión, se ve que los muchachos empezaron a creer que tal vez era cierto eso de que no tenía billetera. Me pegaron un ratito más y se fueron. Y yo me quedé ahí, sacando cuentas de las consecuencias dolorosas que iba a tener esa combinación letal de malas decisiones, hasta que llegó el Cachi a ver qué había pasado.

– Una catarata de malas decisiones.

– ¿Te das cuenta? El discernimiento, el juicio, venía bien encaminado hasta que desbarrancó, empezó a rodar, y no se pudo recuperar más. Y lo que lo hizo tropezar no fue la cerveza, no fue el faso, no fue el miedo: fue una puta mala decisión. Una sola y simple mala decisión que desencadenó a todas las otras. Como el Chato Gamboa, que desde que erró el penal en la final no le hace un gol ni al arcoiris.

– Si… puede ser. Pero pensar en términos de rachas también te deslinda un poco de responsabilidad. Es una buena excusa para no enfrentar el hecho de que sos un pelotudo.

– La pelotudez existe, no te digo que no. Pero si uno la padece no se da cuenta. Y las rachas afectan a los vivos y a los pelotudos por igual, así que yo prefiero seguir pensando en términos de rachas. Aunque te digo la verdad, hay veces que uno siente que es un pelotudo, como que lo percibe. Hay ciertas cosas, ciertos indicios, ciertos signos confusos que te muestra la vida que te hacen mínimamente sospechar de tu pelotudez o de tu genialidad. Como cada vez que me toco el bolsillo de atrás, y sigo palpando, como un recordatorio, esa billetera a cuadritos, ajada por el paso del tiempo, insolente, que se me sigue cagando de risa.

Deja un comentario