Mudé, vieja

Noches de Sobremesa, POPURRI

Por Nela Barco en Noches de Sobremesa

Me acababa de dar cuenta de que no había comprado leche en polvo. Ya estaba a tres cuadras del chino, no iba a volver. Encima estar en ayunas no era lo mío

-Me mudé, che – lo crucé de frente. Lo saludé con la cara todavía hinchada del sueño

-No me digás, con razón te veo por acá. Bueno, ahora no tenés excusa, ¿eh?

-No, hermano. Seguro te caigo con un vino en estos días –decir vino pensando todavía en la leche en polvo me abrió un agujero en el estómago

-Y no voy a esperar menos. Te hablo, pibe!

Franquito se fue apurado. Era la primera cara conocida en tres días. ¿Ya hacía casi una semana que me había mudado?

-¿Y, qué parece el nuevo hogar? ¿Ya te aprendiste la línea de colectivo hasta acá?

Martina me había llamado anoche. Esa amabilidad de juguete para preguntarme cuándo volvía a trabajar. Yo estaba decidido a estirar lo más posible ese tiempo.

-Hasta que no me conecten el gas, negra, no me muevo. Viste cómo son, después no vienen más

-Fantástico. Todo sea por después brindar por eso. Te mando por mail entonces lo que quiero que hagas y tenémelo para mañana a primera hora, dale?

Qué gil. Le tendría que haber dicho que lo que no tenía todavía era electricidad.

El monoambiente era de una luminosidad medio rara. Le entraba sol en un espacio, y el otro quedaba a oscuras y había que prender la luz. Y yo me había reído cuando el Titi me aconsejó llevar una brújula y calcularle el sol a cuanto espacio encontrara.

-Sí. A mi nombre. Taborda Matías. En lo posible por la mañana, ¿puede ser?

Eso del gas se estaba volviendo medio urgente. Hacía tres días no me bañaba por puro desgano de sentir el agua fría enmudeciendo cada partícula de la piel. Y porque todavía no me hacía la idea de hablarle a algún vecino, ni mucho menos de entrada pedir un favor.

-No, vieja. Todavía no había pensado en eso. ¿El cuadro de los patitos? Sí, qué se yo. Podría ser

Todavía tenía la mitad en cajas. Ese día, por ejemplo, me podría poner a acomodar, ya que me había quedado. Martina no me iba a bancar mucho más.

Hay una cierta necesidad cuando uno se muda de sentir que el lugar te pertenece. El desfasaje no es sencillo: hay que borrar toda una estructura espacial que flota direccionando tu mente, comunicarle a tu piloto automático que no va a encontrar más las cosas donde cree que están y reubicarse en un espacio nuevo. Puede ser de igual modo entusiasmante como desalentador.

-¡Ay! –me había picado un bicho. Me levanté de un salto, volaron varias cajas chicas y pude ver antes de acabar atinándole un palmetazo que era una de esas arañas patudas.

-Decí que no era una balconera –me dijo Flavia.

Yo esos días prefería estar solo, por lo menos hasta acostumbrarme, sentirme de a poco parte de mi pequeño espacio de 4 x 6. Pero Flavia me cayó de improviso. Ni siquiera me acordaba cuándo le había dicho la nueva dirección

-Sí, se debe haber caído del techo.

-En cualquier momento te cae toda una familia pollito, Mati. Mirá esa mugre –dio una última pitada y apagó el cigarrillo en el vaso. Agarró la escoba y empezó a barrer hacia arriba. Yo me quejé en un ataque de estornudos sin pausa. Flavia se rió.

-Vení a casa, querés. Y le hacés un favor al mundo y te bañás –comida y baño calentitos fueron el combo perfecto para dejar atrás la idea de soledad de náufrago y colchón en el piso que venía experimentando las últimas noches.

Se sentía algo simpático igual, eso, en medio de lo desolador que sonaba. Era como un encontrarse de a poco, estilo monje budista. Yo disfrutaba del trasnoche solitario, y más esos días que zafaba de ir al trabajo. Desempacaba despacito, clasificando las cosas que podían volver a tener lugar ahí y tirando las rotas. Muchas estaban rotas: el Titi no era buen fletero, no sé por qué no puse unos mangos de más y contraté a uno serio.

De hecho, la verdad que el trueque solo valía porque quería que ella me revisara la picadura. Me figuraba que se me infectaba y perdía un brazo, o algo así bien de hipocondríaco. Es que la soledad y el silencio abren una dimensión bastante desconocida al prototipo de citadino que vive al palo. El trabajo, la rutina, el barrio: todo me quedaba cómodo hasta que me tuve que mudar.

-Te encanta el drama. Capaz que la araña es un signo de que no tenías que mudarte ahí –yo era un poco supersticioso, ella lo sabía y jugaba con eso. Me embolé y la ignoré todo el camino. Ahora iba a maquinar eso toda la noche, y capaz tenía pesadillas

La adaptación y la readaptación a otro hábitat. Era como eso.

La costumbre no perdona: en el momento en que te acomodás, la vida misma te congela el instante y hace una seguidilla de tomas iguales con marco y todo. Capaz que por eso cuesta tanto mudarse. Mutar, cambiar, nos suena más a piel de víbora que a nosotros mismos

Llegué a casa tarde, a media mañana. Me di con que había un aviso debajo de la puerta:

“Estimado cliente: la reconexión de gas no pudo ser efectuada porque no lo encontramos en su domicilio. En el transcurso de la próxima semana vamos a volver a comunicarnos con usted para arreglar una nueva visita. Muchas gracias.”

Maldecí mil veces a los del gas. Otra semana a sánguches y leche de caja en polvo fría. Entré al apartamento arrastrando los pies. Todavía tenía la mitad a desembalar ocupando la mitad del comedor-dormitorio. Me acerqué a la ventana y me prendí un pucho, en ese momento estaba entrando un poquito de sol. Entonces, me dí con la macetita. Estaba en el costado izquierdo de la ventana, no la había visto. O estaba de antes o la trajo Flavia. Removí un poco la tierra seca. Tenía un brote.

De repente, me recorrió una especie de calorcito. No estaba tan mal ubicado, después de todo, tenía un chino cerca. Y me dí cuenta de que había pensado “llegué a casa”, por primera vez en toda la semana. Podía invitar a Martina y al Titi a brindar esa noche. Capaz hasta pasaba a buscar el cuadro de patitos a lo de mi vieja y lo colgaba en la cocina.

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