“El océano al final del camino”

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el_oceano_al_final_del_caminoAutor: Neil Gaiman. Reseña de la penúltima novela del autor británico, radicado hace años en los Estados Unidos.

Por Santiago Amillano.

Antes de poder siquiera teclear una letra sobre esta, hasta el momento la ante última obra del escritor británico, me gustaría dejar en claro algo de Gaiman: es un excelente cuentista. Y no me refiero sólo a sus antologías de relatos cortos, como “El Cementerio sin lápidas y otras historias negras”.

El primer encuentro que se tiene con él se da a través de algún que otro prólogo, adonde cuenta un par de historias personales y, finalmente, nos explica cómo llegó a concebir la obra que se tiene entre las manos.

Oriundo de Portchester (Inglaterra) reside hace años cerca de Mineápolis (Minnesota, Estados Unidos). Dicen que su casa se parece a la de la Familia Addams.

Hablar de Neil Gaiman es referirse a un escritor con poca formación académica, universitaria y terciaria. No obstante, se nos planta en frente un hombre inquieto, que ha buscado sus propios medios para ser un excelente narrador. Sólo nos basta leer un par de párrafos para darnos cuenta que estamos ante una persona que cultivó una gran afición a la lectura, y que supo aprovecharla.

Regreso a la Niñez

De eso, a grandes rasgos, se trata “El Océano al final del camino”. El protagonista, de quien no sabemos el nombre, vuelve a su pueblo natal (marcado antaño por una fuerte presencia del campo), para asistir a un funeral. Antes de presentarse en la reunión familiar post-funeral, típica en la cultura anglosajona, decide ir hasta las tierras en las que vivía su vieja amiga Lettie Hempstock.

Rápidamente se sienta frente al estanque de patos de esa granja y, como por arte de magia, los recuerdos vuelven vívidos a su cabeza.

¡No, no era un estanque! Eso es es el Océano. ¡El Océano de Lettie!

La historia se nos presenta a través de su protagonista, un niño de siete años. Al principio puede resultarnos similar a otra obra reconocida de Gaiman: “Coraline” . Sin embargo, vemos que el autor ahonda más sobre la oscuridad que hay en cada uno. La memoria del protagonista se mezcla con la fantasía.

Ah, ¡la vieja granja de las Hempstock! Mientras narra esos años, el hombre (niño) vuelve al momento en el que conoció a su vecina, Lettie, su madre y abuela. Tres mujeres que vivían solas en una casa de campo, un mundo extraño del que luego no pudo escapar.

Junto a Lettie, el niño hará una excursión a un lugar extraño, en el que sin pensarlo liberarán a un ser de otro mundo: “la pulga”.

Y, por ahora, no diré más sobre el libro. Revelar más detalles hermosos de esta magnífica obra sería privarles el placer adentrarse uno mismo en la obra.

Leer a Gaiman es entretenido. No siempre reconfortante, pero sí entretenido. Y aquí nos introduce en un mundo adonde unas manos espectrales se van cerrando, capítulo a capítulo, sobre el cuello del protagonista y llegan a sofocarnos a nosotros. No siempre hay esperanza, pero tampoco sabremos si podemos solucionar los problemas que se nos presentan si no damos pelea hasta exhalar nuestro último aliento.

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