Fiaca

Noches de Sobremesa, POPURRI

Por Lucas Debandi en Noches de Sobremesa

El despertador no alcanzó a sonar más que un par de segundos. Soltaba un chillido que crispaba todo el sistema nervioso y lo dejaba retumbando durante todo el día. Tanto así, que su cuerpo había aprendido a estremecerse instantes antes del ruido, con un sonido suave de diminutos engranajes que anunciaba su inminencia. Entonces por puro instinto lanzaba un zarpazo a tientas pero preciso, mientras la cabeza seguía durmiendo. Cuando pudo abrir los ojos las pilas estaban en algún rincón de abajo de la cama y el reloj yacía en el suelo, muerto, marcando las siete y doce de un modo arqueológico. Se volteó boca arriba y se desacomodó procurando seguir consciente, en pos de los religiosos cinco minutos de yapa que se le conceden al descanso de cualquier mortal. Por supuesto que se hundió en sueños de carcajadas de víboras y de mujeres hermosas con desnudeces terribles, y por supuesto que no fueron cinco minutos sino hora y media.

Tenía tantas ocupaciones pendientes para ese día que ni siquiera sabía qué tenía que hacer, pues hasta la enumeración y planificación de las actividades estaban postergadas para la primera hora de hoy, que ya se la había pasado durmiendo. Al recordar estas responsabilidades que había sabido machacarse toda la noche anterior antes de acostarse, la culpa le sobrevino como un viento seco y caliente, erosionando aún más su voluntad y multiplicando el peso de su frazada. La fiaca lo apresaba como en arenas movedizas: mientras más trataba de zafarse, más se daba cuenta de la tardanza, más noción adquiría de su grado de pereza estructural, menos sentido tenían las cosas, más cuesta arriba se ponía la vigilia y más se hundía en ese colchón tan ponzoñosamente tibio.

Ni el perfume de familia del mediodía pudo con su infranqueable prisión de almohadas. Las fantasías de los mundos oníricos lo acechaban y aprovechaban un pestañeo para colarse en la escena y saciar con alucinaciones el hambre, la tristeza, el desamor, el sexo y otras sedes impronunciables. Tenía las muelas apretadas, y estaba convencido de que luchaba. De que su batalla por despertarse se libraba realmente en alguna instancia anterior a esa docilidad, a ese romance con el laberinto de los sueños que se desplegaba por todo el cuarto con tanta alevosía. Pero un extraño tono azul en el aire le sugería que quizás su guerra también era fantástica. Esa lucha que creía tan patriota del reino de la consciencia tal vez no era más que otra ocurrencia de las profundidades de su descanso.

En ingenuos intentos de negociación con las fuerzas que lo condenaban a la horizontalidad, apeló a pactar una siestita previa a una utópica reorganización de las ruinas de un día ya carcomido hasta la mitad. Los precarios proyectos desaparecían entreverados con gallos que escupían un fuego de ficción que empapaba su cabeza con sudor de verdad. El mordisco repentino de un perro de humo lo obligó a incorporarse hasta estar casi sentado, tal vez gritando, contra la pared que hacía ángulo en su cama. Sus huesos ya se doblaban y su piel ya se endurecía en la franca descomposición de su cuerpo. Se frotó la cara con las manos y, por primera vez lúcido, miró por la ventana del dormitorio. La luna, lejana, insolente, le sonreía con malicia, denunciando al día ya caduco. Desde la madrugada tenía apretada a la resignación, con enorme esfuerzo, pero al ver los dientes brillantes de aquel satélite, la soltó toda de un suspiro y la derrota lo alivió de aceptar que ya no tenía que seguir despierto. Se acomodó entonces en las sábanas desordenadas y, esbozando sus planes para la mañana siguiente, se fue quedando dormido, sin sospechar siquiera que ya estaba tan rotundamente muerto.

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