Oficios del siglo XXI: Los Ambiguadores

Noches de Sobremesa, POPURRI

ambiguadoresPor Lucas Debandi para Noches de Sobremesa

Las vicisitudes del capitalismo emparchado que va marcando el ritmo de nuestros días trae nuevas formas de organizar el mundo, y con esto nuevos oficios. Donde existe una necesidad, nace una empresa tercerizadora que vende un servicio por unas monedas, motorizada por algún joven emprendedor empecinado en encontrar los pocos huecos sin explorar de un mercado saturadísimo. Y así surgen nuevos oficios, en los que las personas de a pie tienen que capacitarse para poder sobrevivir en este mundo tan raro.

Hay uno en particular, que requiere algunas destrezas en el lenguaje, y sobre todo la capacidad de escribir mucho sin decir nada: Los Ambiguadores. Un ambiguador, a grandes rasgos puede desempeñarse en tres tareas principales:

  • Elaboración de horóscopos.
  • Redacción de etiquetas de vinos.
  • Pronósticos meteorológicos extendidos.

Normalmente, los ambiguadores de oficio trabajan en las tres cosas, porque lo que pagan cada una de estas actividades por separado difícilmente alcanza para llegar a fin de mes.

En el caso del horóscopo, la ambigüedad es un requisito extremadamente importante. Un horóscopo muy preciso reduce grandemente sus posibilidades de coincidir con el futuro, y corre el terrible riesgo de equivocarse o peor todavía, de acertar. La audacia es un pecado que se paga muy caro en este campo laboral. Por ejemplo, un horóscopo sentencia: “Sagitario: Su hija le pedirá 200 pesos para un recital de un cantante puertorriqueño. El equipo del cual usted es hincha perderá 2-0 contra un rival de menor jerarquía que terminará el partido con uno menos por doble amarilla.” Este trabajo está rotundamente destinado al fracaso más allá de los verdaderos poderes predictivos de quien lo escriba.

Observemos que, por ejemplo, es muy probable que existan personas de sagitario que no tengan hijas; y en un partido de fútbol suelen convivir personas de sagitario en ambas hinchadas. Esto da pie a la polémica y ese ambiguador tiene los días contados. Siempre es preferible escaparle a estos problemas y ambiguar a la vieja usanza, con algún “Se avecinan gastos inesperados. Algunos obstáculos pequeños pueden causar más dificultades de las que esperabas.”

Para las etiquetas de vino es necesario agregarle a la ambigüedad cierta mesura. El discurso debe ir de lo técnico-científico a lo poético sin acercarse demasiado a ninguno de los dos extremos. Una etiqueta demasiado técnica corre el riesgo de parecerse a un prospecto de jarabe para la tos. Pero si en cambio la opción es alejarse del rigor científico y entregarse a la poesía, la etiqueta pierde seriedad y el degustador del vino puede sospechar que su producción es demasiado artesanal, y esto denota berretismo. Si uno quiere utilizar por ejemplo la palabra taninos, que es un término técnico, es importante agregarle rápidamente alguna metáfora casi poética. Esta ambigüedad nos dará el resultado justo para una buena descripción, por ejemplo: “Los taninos se perciben en el paladar recién al final, como un recuerdo de café y roble.”

En el caso del pronóstico meteorológico, el ambiguador entra al circuito de forma tardía. En un principio, el pronóstico era suministrado exclusivamente por profesionales de la meteorología, a partir de datos fácticos de sus investigaciones. Pero las personas, atrapadas en la necesidad de certezas para sus proyectos, empezaron a exigirle a los canales de televisión que les dieran información sobre el clima de fechas muy lejanas en el futuro. La gente se desesperaba por saber en junio si iba a llover el 22 de diciembre, porque tenían que alquilar un salón para un cumpleaños de quince, planificar un viaje o cumplir años. Los científicos del tiempo se negaron rotundamente a brindar esas respuestas, porque no tenían ningún dato concreto que les diera algún indicio de pronóstico: no tenían la menor idea de lo que iba a pasar de acá a una semana y media. Ante esta situación, los dueños de los medios de comunicación se pusieron muy nerviosos.

Los meteorólogos no querían entender que no importaba si en realidad iba a llover o no de acá a dos meses, lo importante era tranquilizar las mentes atormentadas de las ciudades, darle de comer algún placebo a la fe famélica de los habitantes de este tiempo. Entonces los comunicadores tuvieron que salir a buscar a otras personas para esta engaña pichanga. Personas que supieran menos de ciencia y más de chamuyo. Y así localizaron a los ambiguadores y crearon el “pronóstico extendido”. Los nuevos pronosticadores en general se sintieron muy cómodos con el trabajo y dejaron muy conformes a sus jefes. Al principio apareció algún que otro sacado que se quiso hacer el artista y pronosticó un tornado, y la gente evacuó prematuramente pueblos donde después apenas corrió un vientito.

Pero esos inconvenientes se ajustaron rápidamente y los ambiguadores bajaron los humos, inventando términos que no pronostican nada como “nubosidad variable” o “probabilidad de precipitaciones”.

Hoy por hoy el ambiguador es un miembro activo de la sociedad civil y en algunas partes del mundo se están creando órganos colegiados y gremios que agrupen a los trabajadores de este tan necesario oficio. Ciertos sectores están diseñando estrategias para copar nuevos mercados, como el marketing político de campaña o las tesis de grado de licenciaturas posmodernas. La cáscara de este mundo hueco se sostiene muchas veces en base al esfuerzo de estos humildes soldados del sistema.

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