Cae como Mandinga

Noches de Sobremesa, POPURRI

Por Nela Barco para Noches de Sobremesa

Con ese hastío que se nota hasta en el aliento, Rogelio decidió ir a acostarse. Había cenado ligero nomás, unas sobras de estofado del mediodía. Se había quedado hasta tarde mirando la doma y dándole al vinito, y su mujer ya dormía. Arrastró las chancletas por el pasillo, un poco para no marearse y otro poco por manía. Bostezando, se recostó en la cama con todo el cuidado, que si no la negra se despertaba. Aunque ya hacía unas horas se había dormido y por lo visto mucho el mundo no registraba, si ya emitía esos silbiditos raros que ella se negaba a llamarle ronquidos. Se acomodó y la cama chirrió como gato maullando. Para qué se gastaba, no había cómo acomodarse sin que chillara.

Dos segundos… o tres horas. Rogelio, entredormido, se movía para un lado y para el otro. No lograba conciliar bien el sueño, y eso que se había cuidado de no comer los pedazos de chorizo del estofado para que no le caiga pesado y dormir tranquilo, que se sabe comer pesado irrita el estómago y da pesadillas.

Quinientos cincuenta y cuatro segundos… o una hora. Hay un momento de la noche en que el tiempo se disuelve como arena de un reloj que se estrella, y no podemos decidir bien cuántos granitos de arena son minutos y cuántos segundos lentos, rápidos como contratiempos de guitarra. En ese indefinido momento, el hombre abrió los ojos y se los restregó bostezando. Estaba frente suyo. Él no era un fervoroso místico, pero supo muy bien qué era eso que tenía adelante. La funesta sombra abrió la boca y emitió un grito mudo con sus fauces abiertas. Un demonio. La penumbra sólo dejo entrever un colmillo, pequeño, incisivo. La habitación, trémula, comenzó a sudar.

El ambiente se volvió sofocante.

Rogelio lo miró impasible. Y luego de unos aletargados instantes, tensó su mandíbula y vociferó sordamente un silencio desafiante.

Inmediatamente, una agitada respiración. ¿Estaba soñando? Tanta tensión esforzada lo hizo desvanecerse en el limbo irracional del inconsciente.

Amaneció.

-Buen día… -entonó su mujer, corriendo las cortinas.

-Angélica, qué profundo me dormí –después, casi con la culposa certeza de quien sabe que seguramente ha emitido sonoros ronquidos en la noche, le preguntó:

-¿Te dejé dormir? –la mujer, de espaldas, dejó caer un vaso sin querer:

–Vos vé, si los dos roncaban de lo lindo…

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