Esquirlas

Noches de Sobremesa, POPURRI

Por Lucas Debandi para Noches de Sobremesa

esquirlas

Cincuenta años después, un chico de siete años iba a estar en su pieza, frente al televisor, comiendo papas fritas. Era un sábado especial, esa mamá había cedido a dos pedidos insistentes de sus cuatro hijos: comer en la pieza, mirando televisión; y que la comida fuera papas fritas. Lisa y llanamente papas fritas, como protagonistas del almuerzo, sin segundear a ningún bife o milanesa: un plato hondo hasta el pecho de papas para cada uno. Afuera llovía, y adentro acogía el fulgor de la pantalla, con ese sonido tan familiar de las voces en español latino, traduciendo un documental, con la transmisión original que se escuchaba de fondo, como en un segundo plano. Las papas se terminaron, y al recostarse, con la sal todavía secándole la lengua, el chico de siete años se encontró con su almohada mullida contra la pared, que lo invitaba a sumergirse en la trama televisiva, mientras la siesta se lo iba consumiendo a fuego lento. Pero la voz en off relató una historia que exprimió hasta el límite la niñez de ese pibe, mostrándole, como por el hueco de una cerradura, lo complejo y terrible que puede ser el mundo. Una guerra. Mucho odio entre dos pueblos. Una bomba atómica que reventaba Hiroshima. La empatía le cerró el pecho al chico. Niños como él, ciudades como la suya, vaporizados en un instante por el calor de la fisión nuclear sin control, gente viendo el final de todo su mundo en una bola de fuego gigante en el cielo. El hongo de la explosión que parece un árbol, pintando una paradoja de la vida y la muerte. Como en los dibujitos, pero sin un superhéroe que salve a nadie. Niños como él, ciudades como la suya, intentando seguir vivos después de la catástrofe, con sus casas destruidas, con sus seres queridos muertos, peleando contra enfermedades mortales, deformados por la radiación.

– “La gran mayoría de los alimentos estaban contaminados con ondas radioactivas. Miles de personas murieron por ingerirlos.” –

Así relataba la voz de la pantalla, que era la misma voz que interpretaba a Willie, el padre de Alf, en algún canal de aire a la mañana. El chico de siete años se dio cuenta de que ya no iba a poder dormir la siesta, y de que esa noche iba a ser muy larga. Miró su plato vacío, se estremeció de saber que iba a ser muy difícil seguir disfrutando de las cosas simples como un almuerzo en la habitación mientras afuera el mundo estuviera así de podrido. Se le revolvió el estómago y nunca más en su vida volvió a probar una papa frita. Ese chico era yo, cincuenta años después, y a veinte mil kilómetros de distancia, alcanzado por las esquirlas del genocidio más rápido de la historia.

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