La nada

Noches de Sobremesa, POPURRI

por Rodrigo Díaz para Noches de Sobremesa

El vaso estaba a terminar, no había hielo y las lágrimas no vacilaron en recorrer la última cicatriz que surcaba mi rostro como un camino divino, trazado de temores y sueños.

Ahí estaba yo, encerrado en mi pequeño cuarto de dimensiones estrafalarias y aromas nauseabundos, intentando dar fin a ese invento fallido que otros se empecinaron en llamar vida. Sí, yo y mi otro yo, y la vida que no me pertenece, encontrados en el punto más finito del vasto universo, sólo para concluir lo inevitable. Sólo para redimir el conjuro de todo caminante que se cree vivo y para limpiar de una vez y por todas esa mancha que tanto me aqueja y oprime y que se manifiesta ante mis ojos con nombre y rostro de cerdo.

Ese rostro que hace un centenar de noches me persigue por un largo camino sin fin y que se empecina en alcanzarme. Ese rostro, que para bien de mis temores, repite mi nombre con la voz difunta de mi madre y que al no poder escapar yo, me encuentro en la encrucijada de lanzarme a las manos de aquel cerdo putrefacto, para que termine de una vez y por todas aquella tortura indecible. Ese rostro que no sólo me perturba hasta que despierto nauseabundo y transpirado, sino que ya ha traspasado los límites de lo imaginario, marcando sus manos cadavéricas y maldecidas en mi pecho lampiño y blanquecino que alguna vez rebosara en los años de mi juventud.

Y como si esto no fuera menos, aquel demonio inmundo con el sólo afán de torturarme hasta enloquecer, ya no me abandona de día o de noche, sino que permanece allí sentado en la esquina de mi habitación, perforando mis entrañas con su putrefacto aroma a cementerio.

Sabrán entender mi desesperación. Ya no puedo distinguir el tiempo, cada vez que mis ojos parecen olvidar esa cara endemoniada, su vos rechina con un sonido tan terrorífico, que mis manos tiemblan sin poder controlarlas y por momentos sólo puedo contemplar una escalera que se abre delante de mis pies, hasta que caigo exhausto cerca de la única silla que decora esta habitación de tortura y desconsuelo. Y allí, sentado sobre la misma, se esgrime aquel ser mortuorio que domina mi vida.

Una y otra vez se repetía aquella misma escena, sin siquiera poder liberarme del peso de mi cuerpo, contraído y adormecido por una fuerza ajena que día a día me consumía, y que me era imposible controlar.

Pero un día la visión pareció detenerse. Mi cuerpo se recompuso sobre mis pies y fue así cuando comencé a retroceder lentamente hacia esa escalera sin fin:

Por fin pude llegar a un lugar oscuro en el medio de un vacío que lo llenaba todo, aunque no podría decir si materialmente era el medio. En algún lugar de esa nada estaba yo, sentado de cuclillas, intentando contemplar la nada. Imaginé formas y colores, nada nuevo digamos, y de eso estaba consciente. Del resto no hay referencia de la que pudiera servirme.

Vi mis sueños en un letargo, como si volaran libres y con vida propia, mezclándose en formas sin dimensiones y con recuerdos que creía haber olvidado. En ese momento pregunté impaciente, ¿Ei nada, acá, hay algo? pero no, nadie respondió y un silencio reinó como una eternidad creadora, pero ese silencio no era de paz, sino de un caos hermoso y armónico que manifestaba mil formas por ver. Entonces miré a la nada y ahí estaba yo, la nada era yo. Pero no me podía ver, sin embargo sabía que era yo.

Tal vez producto de la excitación me levanté buscando redención. Pero no había redención en la nada. Y eso me enojó, obstinado creí ver correr al dolor, desesperado salí en su busca, ¡amigo compañero! le gritaba, pero en la nada no existe el dolor. Cada dos en tanto volví en sí, pensando que todo esto era una locura, pero no pude descifrar a qué momento me refería ya que en la nada no se distinguen las situaciones.

Ya nada podía convencerme, ya nada podía motivarme, ya nada era deseable y yo era la nada. Entonces toqué mi cabeza, ¿qué era eso? Busqué espejos y reflejos pero cada tiempo se reconvirtió en lo suyo. Como imaginas en la nada no hay referencias.

Entonces me di cuenta que vivía la nada como una ausencia. Pero yo era la nada y eso me perturbaba. Y vi el todo de la nada, era la nada misma, era ella misma manifestándose sin precedencia. Sin embargo no hubo un cambio material.

Cuando la vi pensé que me había transformado, nada más engañoso que el descubrimiento, pero no fue así. Aunque muchos caerían en su vicio, la nada se divulgó como un todo cautivando a cuanto se cruzara en su camino. La nada se volvió presencia, materia y espíritu en un solo cuerpo.

Entonces alguien me habló y me dijo. ¿Por qué quieres estar en la nada?

No tarde en responder: Porque es en el único lugar donde puedo ser libre.

Deja un comentario