La plata no compra la felicidad

Noches de Sobremesa, POPURRI

por Lucas Debandi para Noches de Sobremesa

“Jugar en primera” pensó Carlos Tevez, soplando las velitas en su cumple de ocho años. Cada año, los niños de toda la Argentina soplan millones de velitas deseando exactamente lo mismo: “Jugar en primera”. A los ocho años, las personas soñamos cosas imposibles: ser astronauta, ser superhéroe, manejar aviones o submarinos, ser un cantante famoso, correr carreras de autos, ser ninja, jugar en la primera de Boca. Después vamos podando los deseos, y los acomodamos de una manera rara, hasta que ser contador público o agente de seguros parezca una opción aceptable. Una mínima cantidad de personas con mucha suerte, alcanzan a tocar sus sueños de la infancia. Todos estos privilegiados llegan a tener vidas muy felices. Todos, menos los futbolistas. La paradoja parece un tango, pero es una historia que se repite cada vez más. Dice así: Un pibe a los diecisiete años cumple el sueño de debutar en un club grande. Se acomoda a la división y deslumbra con un par de jugadas. Se gana la titularidad. Le empiezan a salir todas, la hinchada un domingo canta su nombre. Él todavía juega nervioso, termina su primer campeonato como titular y se ilusiona para el próximo. Pero aparece un representante y le explica que llegó una oferta de Europa, que se tiene que ir ahora porque estas oportunidades no se dan dos veces. Por esos caprichos mágicos que tiene el capitalismo, a nadie le parece extraño que un chico de veinte años, que está frente a la posibilidad de ser ídolo de su hinchada, prefiera pasar la plenitud de su carrera comiendo banco durante cuatro temporadas en un club cuyo nombre no puede pronunciar, en un país que no sabe donde queda. A nadie le parece extraño que un chico de veinte años cambie su máximo sueño por plata. Osado, el pibe quizás recuerde sus deseos de niño soplando velitas. Pero rápidamente un amigo, un dirigente o un familiar lo bajará de un solo cachetazo a la realidad. Entonces el chico se va a tomar un avión llorando, y cuando llegue a su destino va a dar una conferencia de prensa, y va a decir que ha madurado como jugador. Madurar como jugador, es aceptar que el mundo no entiende que algo pueda valer más que la plata. Se va a comprometer a ser profesional, que significa aceptar que el fútbol es un trabajo, y no un juego. Y así va a pasar el resto de sus días, con los bolsillos llenos, comprando cuanto bártulo se le cruce para llenar el pecho vacío. A la noche, va a seguir soñando con ese domingo con olor a choripán, cuando la hinchada cantó su nombre. Alguna vez, ya un poco gordo y con la rodilla a la miseria, a su representante le parecerá un buen negocio volver a la Argentina, pero comprobará triste que sus piernas no son las mismas, que sus amigos ya no lo extrañan y que sus padres se están muriendo de viejos.

La historia de Carlitos no parecía muy distinta. Pero un día, cuando estaba en su mejor nivel como jugador, decidió volver y cumplir su sueño de pibe. Quizás porque sentía que el cariño que le había dado la gente en sus pocos años en Boca era demasiado para lo que él había conseguido en el club, y quería equilibrar las cosas. Quizás porque pudo ver fracasar a la primera generación de pibes con futuro que volvían a sus clubes a dar lástima como viejos con pasado. Quizás porque por fin se dio cuenta de que hacía rato que tenía toda la plata que necesitaba, y no tenía sentido seguir juntandola en un banco. Quizás porque conocía de cerca a la muerte, porque a los 10 meses se quemó la cara con agua hirviendo, porque a los cinco años mataron a su viejo de veintitrés balazos. Porque a los diecisiete años su amigo, el guacho Cabañas, el que jugaba bien en serio en Fuerte Apache, se pegó un tiro cuando lo acorraló la policía. Quizás porque conocía de cerca a la muerte sabía prematuramente que no te llevás nada para el otro lado, que hay que estar donde llama el corazón. O quizás porque sí nomás. Pero la cosa es que volvió en su mejor momento, resignando valijas enteras llenas de billetes, solamente porque tenía ganas de jugar en su club. Hizo la más simple, pero la que nadie se esperaba, como en las mejores jugadas. Y cuando le pasaron un micrófono, dijo lo que muchos de nosotros necesitábamos escuchar para seguir creyendo que el fútbol existe: “La plata no compra la felicidad”.

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