Se equivoca, Referí

POPURRI

por Lucas Debandi para Noches de Sobremesa

sequivocaVélez contra Arsenal. 12 minutos del segundo tiempo, el partido uno a uno. Centro desde la derecha que cae sobre el área de Arsenal. Ni el delantero ni el defensor llegan a cabecear, los dos estiran los brazos y la pelota rebota en la mano de Pavone, de Vélez. Sin embargo el árbitro ve mano del defensor Valencia de Arsenal y sanciona penal. Roja para Valencia. Llueven las protestas, las imágenes de la repetición viajan a toda velocidad por los medios de comunicación y las redes sociales, y en pocos segundos llegan a cientos de miles de televisores, celulares y computadoras. Antes de que se patee el penal, ya todo el estadio sabe que estuvo alevosamente mal cobrado. Y ahí sucede lo inédito: El árbitro, consciente del papelón, con el defensor de Arsenal ya afuera de la cancha, con el delantero de Vélez ya dispuesto a patear el penal mirando a los ojos al arquero, da marcha atrás con toda su decisión y la deja sin efecto. Cambia de opinión y retrocede la jugada. El defensor vuelve a entrar y ahora el tiro libre es para Arsenal. Las protestas se convierten en un vendaval…

Esto pasaba en la cancha de Vélez, pero también pasaba en la pantalla de la notebook de Sergio Bustamante, el ex-árbitro chileno, que vio la noticia en la página del diario deportivo y la abrió en una pestaña nueva, sin darle demasiada importancia. Pero al repasar las imágenes se le revolvieron en las tripas viejas emociones que creía muertas hacía mucho tiempo. En la cumbre de su carrera, Sergio Bustamante había dirigido en el Mundial de 1962. Y en la fase de grupos, hubo una jugada que lo marcó para siempre. El Brasil de Pelé y Garrincha, que iba a ser campeón, jugaba contra España. El partido lo ganaba España 1 a 0 y estaba dejando afuera a los brasileros en primera fase. Los jugadores de Brasil entraron en pánico escénico y España se agrandó. En una de esas, un delantero español entra al área y Nilton Santos lo voltea. Penal clarito. Pero Bustamante no llega a ver bien, y por las dudas cobra tiro libre afuera del área. Algunos jugadores lo increpan y el asistente le hace el gesto de que se había equivocado. El árbitro lo entiende perfectamente, pero apurado por la presión sostiene su decisión, sabiéndola incorrecta. Sergio Bustamante comprendía perfectamente, ya en ese momento, que el reglamento lo habilitaba a enmendar su error a partir del mensaje del lineman, pero siguió adelante por orgullo, sin pensar que esa omisión le iba a pesar toda la vida en la espalda, le iba a sacar una úlcera y lo iba a dejar pelado de forma prematura. Al darle play una y otra vez al video de la jugada de Vélez contra Arsenal, el viejo ex-árbitro se fue envalentonando para saldar esa antigua deuda que todavía le sangraba. Así que se preparó un café, se acomodó en la silla y se puso a redactar el informe. Él sabía que era perfectamente legal retrotraer el juego según el reglamento, pero además sabía que no se especificaba en ningún lado el límite de tiempo para volver atrás con una jugada. Así que terminó el informe y se fue derecho a la Asociación Nacional de Fútbol Profesional a “Solicitar, como autoridad deportiva máxima del partido disputado entre Brasil y España el día 06 de Junio del año 1962 en el estadio Sausalito, se deje sin efecto el tiro libre sancionado en favor de España en el minuto 11? del segundo tiempo, penando en cambio al equipo de Brasil con tiro desde el punto penal”. La idea la venía elaborando ya desde hacía un tiempo: había que retrotraer la jugada 53 años y hacer que se patee el penal en el mismo estadio. Si Gilmar, el arquero brasilero atajaba, todo seguía como hasta allí, reconociendo a Brasil como legítimo campeón. Pero si Adelardo Rodríguez, el encargado de patear para España, hacía el gol, entonces había dos opciones: Quitarle la copa a los brasileros y dejar el título desierto, o reconstruir todo el mundial de Chile 62’ a partir de ese partido, lo cual resultaba mucho más difícil, ya que la edad promedio de los jugadores sería de unos 80 años. Por suerte, Gilmar es considerado el mejor arquero del siglo XX, y Adelardo es solamente el suplente olvidado de Di Stéfano, que estaba lesionado. El ex-árbitro no podía imaginar a los jugadores viejos, ajados por el paso de 50 años, decrépitos en el último sol de sus vidas. Seguía viéndolos en su memoria jóvenes y rápidos, con pelo y sin arrugas.

Apurado por enmendar la historia del fútbol, Sergio Bustamante estacionó su auto en doble fila, puso balizas y lo dejó allí, caminando a paso firme hacia la Mesa de Entrada de la Asociación Nacional de Fútbol Profesional. Irrumpió en el cuarto y encaró al empleado que estaba sentado frente a una computadora de otro tiempo, detrás de un escritorio. Le tiró el informe sobre el pupitre y se aclaró la voz.

– Vengo a presentar un informe que va a cambiar la historia del fútbol. El mundial 62’ no tiene validez, hay que volver atrás con todo. Como máxima autoridad deportiva del partido entre España y Brasil quiero retrotraer la jugada hasta el minuto 39’ y cobrar penal. Así como lo oye.

El empleado no sacó la vista de la pantalla de la computadora. Era un hombre gris, encorvado, de edad incierta, con camisa y corbata de otro tiempo.

– Póngalo al lado de esa pila de papeles por favor. Se le dará curso al informe y en el tiempo estimativo de noventa días se le dictará una resolución del consejo.
– ¡Despierte amigo! ¿Usted se da cuenta de lo que le estoy trayendo acá? ¡Estoy retrotrayendo una jugada 53 años! ¡Esto va a sentar un antecedente histórico en el fútbol! Hágame el favor de llevarlo inmediatamente a su superior.

Por primera vez el empleado le dirigió la mirada por encima de los lentes:

– No se me desilusione, pero esto no va a hacer ninguna historia .Otra vez se equivoca, referí. Usted no es el primero que intenta algo así, y seguramente no será el último. El reglamento lo contempla, pero la vida no. Adelardo está en silla de ruedas. Gilmar se murió hace dos años y Nilton Santos también. El tiempo no se puede retrotraer, Bustamante, corre en una sola dirección, como los ríos.
– ¿Y entonces cómo se hace para conseguir justicia si no se puede corregir, si no se puede cambiar lo que está mal? ¿Cómo pueden permitir que se tomen decisiones equivocadas? ¿Cómo pueden seguir con sus vidas hipócritas sabiendo que se gana con trampa, que los resultados son producto de mentiras y de estafas?

El empleado se levantó de la silla, se aflojó la corbata, corrió de un tirón la computadora y los papeles y apoyó las dos manos sobre el escritorio, mirando a Bustamante a los ojos.

– ¿Y quién le dijo a usted que el fútbol es justo? Si quisiéramos un deporte justo, correcto, solemne, entonces hace rato habríamos eliminado los árbitros y los habríamos reemplazado con computadoras, con dispositivos que nos digan con precisión si hay fuera de juego o si el jugador la tocó con la mano. Si usted quería justicia se tendría que haber inclinado por un deporte solemne, como el rugby o el tenis. Pero nosotros lo último que queremos es eso. Nosotros usamos árbitros justamente porque son humanos. Porque se equivocan. Esa es la gracia del fútbol: que se parece a la vida. Y en la vida hay injusticias por todos lados. Y los injustos muchas veces ganan y son felices a pesar de sus trampas. O peor, gracias a sus trampas. Y los mezquinos que clavan doble línea de cuatro atrás a veces le ganan a los poetas que juegan con cuatro delanteros. Eso no pasa en los otros deportes, los deportes solemnes son mucho más predecibles. Ganan siempre los que se espera que ganen, pierden siempre los que se espera que pierdan, mirar rugby es aburrido como leer un libro de estadística. Pero en el fútbol, como en la vida, hay sorpresas, y hazañas, y resultados inesperados, y Temperley le puede ganar a River en el minuto 93’ con un gol con la nuca.

Sergio Bustamante sintió a cada palabra como un tirón desde abajo en su camisa, hasta quedar desplomado en una silla en un rincón de la sala. Se dio cuenta, por primera vez en su vida, que ya era un hombre muy viejo, que todas las mañanas le dolía terriblemente la espalda y que ya hacía algunos años no podía tomar dos vasos de cerveza sin sentirse terriblemente mal al otro día. Su humor había cambiado y se había vuelto un anciano huraño e impaciente, se olvidaba algunas cosas recientes y se acordaba cada vez mejor las imágenes de sus años de gloria. La decrepitud lo invadió de repente, recorriendo cada centímetro de su cuerpo. Huyó de esa oficina, y mientras deambulaba sin sentido por las veredas llenas de gente se acordó que se había olvidado su auto estacionado en doble fila, pero no le importó. Entró en un kiosco de quiniela y, con la mirada perdida, le pidió un billete al quinielero.

– 50 pesos al 80, la bocha.

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