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elecciones-urnaPor Miguel Nomikos

En medio de la discusión, y tras un cruce de pareceres en un volumen distante de la caballerosidad esgrimida al comienzo del encuentro en el café, el memorioso volvió a desentonar.

Habló suave; los demás se percataron de la animosidad que habían comenzado a exhibir y –llamados así a la calma- se dispusieron a escuchar.
Siempre hubo un liderazgo muy marcado, fue la escuela de Felipe, dijo. Y contó.
“En una época tuvimos que ponernos a buscar un candidato a diputado. Estábamos en problemas, porque los que venían con esa intención eran impresentables. Por suerte lo encontramos al doctor (Osvaldo) Pellín. Impoluto. Ganamos bien. Después ¿se acuerdan? fue ministro del advenedizo y terminó yéndose: era evidente la incompatibilidad”.

El bullicio propio del café comenzaba ahora unas mesas más allá.
Algunos advirtieron que evitaba nombrar al asesino de Fuentealba: no era el tema de conversación.
Habló luego del predicamento que mantenía el hoy gobernador, a pesar de la distancia cósmica que en ese aspecto lo separaba de su tío Felipe, “no vas a comparar”.
Los contertulios coincidieron, sin proponérselo, en un gesto mezcla de aquiescencia y resignación.

Se bancaron que los desafiara a encontrar hoy un líder (“uno solo. Díganme el nombre de uno solo”, repetía) en el partido-familia-gobierno provincial.
El clima era muy incómodo, a punto tal que alguien apeló a una broma para distender. La charla continuó con datos, porcentajes y pronósticos; lo habitual.

Cuando el veterano se iba, nos saludamos de lejos. No volví a verlo… hasta ayer.

(continuará)

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