Los ovarios de Don Eduardo

SECCIONES

Mujeres GaleanoEn algún momento de su vida, Eduardo Galeano se definió como un escritor que quiso “contribuir al rescate de la memoria secuestrada de toda América, pero sobre todo de América Latina, tierra despreciada y entrañable”. Y vaya que lo logró. 

A lo largo de toda su existencia, Galeano trabajó no para dar voz -porque ya tenían- sino para rescatar las voces silenciadas, acalladas, violentadas por diferentes poderes en múltiples contextos a lo largo y a lo ancho de la historia. Y en su extensa bibliografía aquellas voces hablan y cuentan historias que pueden llegar a estremecernos, a emocionarnos hasta lo más profundo de nuestro ser. Entre esas voces, Galeano escuchó y compartió el eco de la voz de la mujer.

“No hay tradición cultural que no justifique el monopolio masculino de las armas y de la palabra, ni hay tradición popular que no perpetúe el desprestigio de la mujer o que no la denuncia como peligro”, sentenció alguna vez con esa particular forma de hablar que lo caracterizó, tan clara, pausada pero de una enorme seguridad. Incluso -y esto es conocido por sus lectoras y lectores- Galeano habló en sus lineas, como un admirador enamorado, de “Los sueños de Helena”, su último amor, amor verdadero: “Durmiendo, nos vio. Helena soñó que hacíamos fila en un aeropuerto igual a todos los aeropuertos y estábamos obligados a pasar, a través de una máquina, nuestras almohadas. En cada almohada, la almohada de anoche, la máquina leía los sueños. Era una máquina detectora de sueños peligrosos para el orden público”. Esto que nos permite pensar que a este escritor lo constituía una personalidad coherente con su discurso, algo poco visto en estos tiempos.

Esa, su coherencia de varón con todas las letras, era peligrosa para el orden público, para aquellas instituciones que se resisten -todavía se resisten-a liberar la figura de la mujer de la góndola de los objetos usables y descartables. En esa crítica constructiva, la iglesia, una de las más grandes instituciones que ha negado a la mujer y ha regado la semilla del machismo, tuvo un lugar de privilegio en la lengua de Galeano dibujando sus palabras entintadas: “San Juan Crisóstomo decía: ‘Cuando la primera mujer habló, provocó el pecado original’ y San Ambrosio concluía: ‘Si a la mujer se le permite hablar de nuevo, volverá a traer la ruina al hombre’.
La iglesia Católica, les prohíbe la palabra.

Los fundamentalistas musulmanes, les mutilan el sexo y les tapan la cara.

Los judíos muy ortodoxos empiezan el día agradeciendo: ‘Gracias Señor por no haberme hecho mujer’. Saben cocer. Saben bordar. Saben sufrir y cocinar. Hijas obedientes. Madres abnegadas. Esposas resignadas.

Durante siglos o milenios ha sido así, aunque de su pasado sabemos poco.

Ecos de voces masculinas. Sombras de otros cuerpos.

Para elogiar a un prócer se dice: ‘Detrás de todo gran hombre hubo una mujer’, reduciendo a la mujer a la triste condición de respaldo de silla”. De hecho, él ha sido el que nos devolvió el mejor reflejo cuando escribió: “Al fin y al cabo, el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo”.

Eduardo rescató voces femeninas de mujeres sin miedo, sin que importe si ellas eran o no figuras destacadas de la historia. Escribió, por ejemplo, sobre una señora en París, como también de Juana Inés de la Cruz:

“Pero también en el convento su talento ofendía. ¿Tenía cerebro de hombre esta cabeza de mujer? ¿Por qué escribía con letra de hombre? ¿Para qué quería pensar, si guisaba tan bien? Y ella, burlona, respondía:

—¿Qué podemos saber las mujeres, sino filosofías de cocina?”

Fragmento de “Como Teresa de Ávila, Juana Inés de la Cruz se hizo monja para evitar la jaula del matrimonio”.

O las mujeres de otras épocas:

“Están allí pintadas las paredes, los techos de las cavernas; alces, bisontes, figuras que vienen de eso que llaman Prehistoria; caballos, fieras, hombres, mujeres que no tienen edad. Fueron pintadas, pintados, hace miles y miles de años, pero nacen de nuevo cada vez que alguien las mira.
Y uno se pregunta: ¿Cómo pudieron ellos, nuestros remotos abuelos pintar de tan delicada manera?, ¿Cómo pudieron aquellos brutos que peleaban mano a mano con las fieras más feroces, crear esas figuras tan, tan plenas de gracia, esas mágicas obras volanderas que se escapan de la roca y por los aires vuelan?, ¿Cómo, cómo pudieron ellos?… ¿O eran Ellas?”.

Y este humilde y pequeño rescate que hemos hecho sobre las mujeres de Eduardo, a una semana de su fallecimiento, puede ser sellado con la noticia -alegre noticia- de la publicación inédita de un nuevo libro: Mujeres – Antología. Publicado por la editorial Siglo XXI de España, este libro reúne todo ese árbol textual de Eduardo sobre la condición femenina. En ese intento de rescatar la memoria secuestrada, su último libro es una celebración de las mujeres sin miedo, de mujeres luchadoras, de mujeres que se sacan la coronita de princesas y se ponen de pié para decir lo que piensan, lo que sienten. Este nuevo material, de 240 páginas, verá la luz los primeros días de Mayo. Porque Galeano nos enseñó que ser varoncito no nos da derecho ninguno para dejar de escuchar las voces de los ovarios que nos constituyen como hombres: tu abuela, tu mamá, tu hermana o tu compañera de vida y, por qué no,  pensar en la diversidad humana para luego poder pensar en el hombre y la mujer, en los hombres y las mujeres y todo lo que viene acompañado, desde otro lugar, el de la necesidad de figurarnos libres a raíz del respeto y la solidaridad.

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