Genocidio y pueblos originarios

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Foto archivo 8300web
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Para justificar el genocidio de los pueblos originarios se apeló a la idea de que en el siglo diecinueve había un pensamiento único: El de la generación del 80. Un pensamiento que idealizaba Europa y despreciaba a los indígenas y a los gauchos. No existió a lo largo de nuestra historia un único discurso y sí una tensión permanente e inevitable por definir qué es nuestro pasado, cómo entendemos nuestro presente y cómo soñamos nuestro futuro.

Por Enrique y Roberto Samar*

Cuando se busca justificar las consecuencias del primer genocidio del Estado Argentino, el que se cometió contra los pueblos originarios, un argumento que surge habitualmente es que no se puede analizar los crímenes de Julio Roca, su campaña genocida, la venta de personas y la usurpación de territorios con los valores actuales.

En ese sentido, el Diario Río Negro publicó un texto del historiador Luis Alberto Romero, en el suplemento titulado “La cuestión mapuche” el sábado 10 de enero. Allí afirma: ” No se puede juzgar los hechos del pasado con los valores del presente”. De esta manera, se intenta imponer la idea de que en el siglo diecinueve había un pensamiento único: El de la generación del 80. Un pensamiento que idealizaba Europa y despreciaba a los indígenas y a los gauchos.

Uno de sus exponentes emblemáticos fue Domingo Faustino Sarmiento, quien señalaba: “¿Lograremos exterminar a los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar… Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado”.

Este discurso se impuso en forma hegemónica, pero no era un pensamiento único en esa época. Por ejemplo, Manuel Belgrano imaginaba una Patria Grande conducida por un Inca, como lo defendió en el Congreso de Tucumán.

Mucho antes en diciembre de 1810 dictó un ” Reglamento para el régimen Político, Administrativo y reforma de los Pueblos de Misiones”. Allí expresaba que “venía a restituirlos a sus derechos de libertad, propiedad y seguridad que por tantas generaciones han estado privados”. Asimismo, señalaba que “todos los naturales de las Misiones son libres, gozarán de sus propiedades y podrán disponer de ella como mejor les acomode, como no sea atentando contra sus semejantes”, que “a los naturales se les darán gratuitamente las propiedades de las suertes de las tierras que se les señalen”, que “no será permitido imponer ningún castigo a los naturales. Si tuvieren de que quejarse concurrirán a la autoridad, a los jueces para que les administren justicia. Los que levantaren el palo hacia los naturales serán privados de todos sus bienes”.

Para mencionar a otro de nuestros hombres fundamentales, Monteagudo. Escribió: “Solo el santo dogma de la igualdad puede indemnizar a los hombres de la diferencia muchas veces injuriosa que ha puesto entre ellos la naturaleza, la fortuna o una convención antisocial”.

Se comprende por qué fueran odiados por los poderosos y los conservadores y por qué algunos insisten en recordar a Belgrano por la Bandera pero omitiendo la fuerza de su pensamiento y sus decisiones revolucionarias, y que por ejemplo el Sr. Romero quiera justificar los horrores del pasado con sus valores del presente.

En la actualidad, tampoco hay un discurso único. Hay una tensión permanente e inevitable por definir qué es nuestro pasado, cómo entendemos nuestro presente y cómo soñamos nuestro futuro. Tensión que podemos negar, pero de la cual inevitablemente formamos parte. En ese sentido, podemos sumarnos al pensamiento históricamente dominante o trabajar para fortalecer discursos que reconozcan los derechos de los Pueblos originarios, el derecho a su autodeterminación, a manifestar su cultura y al reconocimiento de sus territorios.

*Enrique Samar, Docente especializado en educación intercultural
Roberto Samar. Docente de la Universidad Nacional de Río Negro

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