Abuso infantil II

POPURRI

El siguiente es otro de los textos acercados a (8300) por un papá que denunciara un caso de abuso en un jardín de infantes integrador en la ciudad de Neuquén. Ya habíamos publicado una primera parte con su tránsito por vericuetos de la burocracia protectora de la injusticia. La duda surgió (permanece instalada) acerca del programa Contalo, que intenta –se supone- facilitar las denuncias de abuso: contarlo a quién y para qué, puesto que las instituciones distan de estar capacitadas para proteger a víctimas y sobrevivientes. La situación describe su comparecencia para un trámite judicial.

Por Miguel Nomikos

-¡Siéntese, por favor!, insistió.

El texto podía ser una cortesía. La entonación lo desmintió: sonó como un ¡Presén –

tenár – máss! La desconfianza se afianzó.

* * *

El lugar es la oficina sobreviviente de las covachas judiciales en la primera cuadra de

calle Santiago del Estero. Es una casa con pretendida ambientación acogedora para

infantes citados a declarar en cámara Gesell. El traslado próximo a los cuboides de

cemento y vidrio, sobre la barda, sería el motivo de mantener un amoblamiento infantil

que alguna vez tuvo un brillo mejor.

Revistas, de buen aspecto, en un estante alto, apiladas.

Mostré la cédula de citación y le hablé al señor ubicado entre una silla y un escritorio

que permitía apoyar poco más que sus codos. Antes de poder confirmar que no

comprendía el idioma, apareció otro, sonriente, leyó la cédula y me indicó la oficina

contigua.

Sospecho que la dama de azul dirigiría el mismo gesto hosco a cualquiera que

interrumpiese su mañana. Leyó la cédula y me indicó que esperara mientras se metía en

otra oficina contigua.

Al rato volvió. – Lo va a atender la psicóloga.

Al rato, más breve, la psicóloga se presentó y me indicó un pasillo rematado en una

habitación pequeña, sillas alrededor de una mesa redonda, con tapete, y un micrófono.

(Buena jirafa, muy buen micrófono, panel vidriado: una sala de locución que varias

radios podrían envidiar).

* * *

Sólo más tarde se me ocurrió que su insistencia en que me sentara podía deberse a su

talla breve y a la necesidad de mantener en gesto y escena la estructura de poder.

La desconfianza se afianzó más. Leyó lo certificado por el psicólogo del niño, dejó fluir

el gesto de desagrado. – No sé por qué dice que no estaría en condiciones de afrontar la

cámara. No dice por qué no estaría en condiciones. Le conozco, por supuesto. Aquí esto

se hace bien, imaginesé, con treinta años de experiencia en esto…

Y empezó a preguntar por el caso, quería detalles “del hecho o de los hechos”, si había

sido “un mayor o un menor”. Ya me pareció una doña chismosa.

Recorrí con la mirada el piso de la sala, en silencio buscaba una fórmula de despedida

rápida. Preguntó cuándo había sido. – Hace ya más de dos años.

Y ahí reemplazó al destinatario de su crítica, pasó del psicólogo al fiscal. – Por el

desarrollo cognitivo, esto no va a servir para nada. ¡No sé para qué se ordenó!.

– Quizá el fiscal no contó con su asesoramiento, deslicé.

– Bueno, tiene que hacerlo, es su trabajo, concedió.

– ¿Tengo que dejarle este certificado?

– ¡Yo no se lo voy a tramitar, no es mi función!, tiene que llevarlo allá, al edificio

nuevo.

– Mucho gusto.

– …

* * *

Imaginaba a una niña, a un niño, allí.

Desistí de sumar los meses, años perdidos.

Es suficiente. Ya está.

Debo vivir con alegría: mi familia lo merece, sí.

* * *

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