Esperar un colectivo en Neuquén

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Gentileza Lmneuquén
Gentileza Lmneuquén

Soy neuquino, aunque no nací en Neuquén. Esto no es algo difícil de comprender. Soy hijo de dos profesionales que llegaron a la ciudad buscando posibilidades de desarrollo laboral en la década del noventa. 1992 para ser más exactos. Y nos mudamos a la ciudad en el último tren de pasajeros que recibió; es un dato de “color”, ya lo sé, que a su vez explica grandes contradicciones:  mientras la provincia crece y se puebla como nunca antes, los trenes de pasajeros dejan de llegar. También es cierto que las políticas económicas de la mencionada década nunca fueron de una lógica digna de elogios, ni en Neuquén ni en ninguna parte.

La cuestión es que soy neuquino. Aunque no nací en Neuquén y, como si fuera poco, hace diez años que no vivo allí. La identidad es la identidad, y no hay con que darle.

Entre diciembre de 2014 y enero de 2015 pase en la ciudad unos 20 días, cosa que hacía mucho tiempo no me pasaba. Últimamente mis viajes a Neuquén no superaban la semana de estadía, no por deseo personal, sino por razones que no podía manejar (casi siempre laborales). Al estar tantos días me vi obligado a manejarme, más de una vez, con transporte público. No le demos vueltas: tuve que andar en colectivo. Y comprobé como una cosa tan cotidiana, tan de todos los días, puede transformarse en una especie de viaje mítico. En realidad lo mítico es la espera. Aunque el viaje también tiene lo suyo.

En la misma cuadra, pero en distintas manos, paran dos colectivos que me llevan a destino. Elegí uno y allá fui. Llegué a la parada y me senté. La garita está justo enfrente de una dependencia del registro civil. Como el colectivo se demoraba y el sol me enceguecía, mude mi espera a la vereda de enfrente, bajo la sombra de un árbol, desde donde podía mantener vigiladas las dos paradas de colectivos y el registro civil.

Esperé.

No tenía ningún libro, por lo tanto miraba el teléfono muy seguido, y el reloj del aparato me decía que el tiempo transcurría normalmente.

Seguí esperando.

Del registro civil vi salir a una mujer con un papel en la mano. Lo que hace esto particular es que la había visto entrar sin ningún papel. Esto quiere decir, o puede llegar a querer decir que entró, hizo el trámite que tenía que hacer y se fue. Y en todo ese tiempo ninguno de los dos colectivos que yo estaba esperando se dignó a pasar.

En ese tiempo muerto, llegue a comprender que el mismo transcurría, mediante un acto que no habla nada bien de mis modales pero es grafico del momento “transcurrido”. Si usted es una persona que no puede tolerar un texto que mancille la moral y las buenas costumbres pude saltar al siguiente párrafo, y sin perderse de algo importante. Bueno, el que avisa no es traidor: Me hurgaba la nariz, y cada vez que introducía el dedo lo retiraba con mucosidad. Tanto esperé, que entre hurgada y hurgada había tiempo suficiente para que mi organismo genere esa sustancia. De agradable no tiene nada esto que estoy contando, pero ¿quién me va a negar su idoneidad para atestiguar tremenda espera?

Allá viene el colectivo. Por fin. Se acerca. Lo detiene un semáforo, como no podía ser de otra manera. Arranca nuevamente, y compruebo que es un camión. Giro la cabeza completamente desilusionado y veo como dos mujeres, paradas ellas a la sombra de otro árbol, comentan su descontento mirando y señalando donde debería venir el bendito colectivo. No fui el único que creyó que la espera terminaba.

No tuve más opción que continuar esperando, pero con la ansiedad algo aplacada al no sentirme solo. Mal de muchos consuelo de tontos, reza un dicho popular. Bajo la sombra de cada árbol, cercano a las dos paradas de colectivo, había dos o tres inclusive cuatro personas en la misma situación en la que yo me encontraba: vigilando las dos paradas. En este caso se podría decir que cualquier bondi nos venía bien. El problema es que no había ningún bondi.

Y acá la cosa se pone peor, porque si bien yo me encontraba de vacaciones, la gran mayoría de la gente que estaba esperando no lo estaba. Tenían necesidad de llegar a donde iban con urgencia, como esa madre que acompañaba a su hija, que a su vez llevaba a su muy pequeña hija al hospital. La niña tenía algún problema que las hacia trasladarse a una guardia. O por lo menos intentarlo.

Y las distintas necesidades, no importa cuáles sean, llevó a esta gente que se iba juntando a ver los colectivos donde no estaban: en dirección a las garitas. Así como yo creí ver que venía hace un rato, creyó verlo una señora. Pero en la mano de enfrente. Y de la emoción, supongo, se le escapo un estruendoso “ahí viene”; el mismo hizo que, las casi cuarenta personas que nos habíamos juntado esperando cualquiera de los dos colectivos, corriéramos desesperados a esa garita. Tan fulminante deben haber sido las miradas que recibió esa mujer, que agachó la cabeza y empezó a caminar.

Y después creyó verlo venir un hombre mayor. Y también la madre de la criatura. Y hasta me animo a decir que la propia criatura creyó ver un colectivo acercarse por esa avenida que tiene un bulevar en el medio. Y todos creímos ver a ese colectivo. Pero era solo eso, una creencia. Una especie de alucinación generada por la espera de un colectivo. Y en esta oración, señor lector, puede leer colectivo en tanto bondi, o en tanto grupo de gente.

Hay quienes puedan enojarse, y con razón, ya que en Neuquén hay cosas más importantes de las que hablar. La contaminación del agua, por ejemplo. Y su uso indebido para la extracción de hidrocarburos. Pero la verdad es que plasmar esto a un papel es la única forma que encuentro para salir del asombro que me produce pensar que en diez años nunca cambio la frecuencia de los colectivos en la ciudad.

Y la ciudad sigue creciendo.

Pehuén Gutiérrez
CABA

One thought on “Esperar un colectivo en Neuquén

  • Pehuén, comprendo perfectamente la necesidad de exorcizar el malestar de la espera de colectivo. Leerte fue establecer un diálogo. He esperado el colectivo tanto como vos en muchísimas oportunidades para ir a trabajar. Incluso, en algunas ocasiones, lloré de la bronca ante la mirada igualmente amarga de otras personas con las que compartía la espera. La indignación y la tristeza son dos sentimientos frecuentes para quienes utilizamos transporte público en esta ciudad.

  • Y ni hablar de esperar un colectivo en Plottier para ir a Neuquén o viceversa. En ese terreno el servicio es muchísimo, muchísimo peor que hace veinte años. Vale perfectamente el ejemplo como botón de muestra del escándalo que es Neuquén y de qué manera el enorme caudal de dinero que circula en la provincia y por el cuál se destruye el ecosistema, no gotea nunca hacia el cotidiano necesario del ciudadano de a pie.

  • Nunca en mi vida había visto un monopolio en el transporte público urbano…jamás!!! La espera del colectivo, el trato tanto del pasajero como del conductor no son lo más amable…y cualquier cosa puede pasar cuando vas confiado de que pronto llegarás a tu destino…el colectivo se rompió! Esto solo pasa aquí. Es pésimo el servicio y solo llega un sentimiento de indignación.

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