En la feria

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Foto Facebook Feria Central Neuquén (Cecilia Maletti)
Foto Facebook Feria Central Neuquén (Cecilia Maletti)

Un sábado, como tantos de los míos, caminaba por la feria, antiguamente denominada como el trueque, cuando recibí un mensaje inesperado del universo.

Por Ninfa del Limay

El sol ardía en la nuca de todas las personas que caminábamos por las sendas delineadas por los puestos. Las frutas y verduras reinan allí por sobre los jugos, las empanadas, los artículos electrónicos, la ropa, las herramientas y el tan buscado maple económico de huevos. Por otro lado están, no tan buscados pero infaltables, libros usados. El señor D, amable y dispuesto a comentar sin preámbulos sus gustos literarios en forma de recomendaciones, vende un universo de libros entre los que se pueden encontrar hasta, los hoy en día rezagados, poemas.

Luego de los comunes y habituales recorridos recordé la falta que me hacía un adaptador para la toma de corriente, imprescindible para mí mundana vida informática, por lo que me acerqué a un puesto que fusiona ferretería, electricidad e iluminación. Mientras observaba las posibilidades entre adaptadores, una señora con gafas oscuras iba y venía en línea recta entre una esquina del puesto y la otra. Una clienta indecisa que necesita consultar algún detalle vía teléfono celular, pensé mientras me decidía entre las posibilidades materiales de lo que debía adquirir. Me enteré luego de mi equivocación. Inevitablemente, como lo hicieron también las dos personas que atendían el puesto, escuché la ya pública charla telefónica de la señora que se desplazaba sobre unos zapatos blancos con plataforma. Sus zapatos subían el volumen del golpe contra el asfalto solidarizándose con el vertiginoso ascenso del volumen de su voz.

La reiteración que hacía la señora de su discurso nos dejó en claro el tema de la ya caldeada llamada. Al parecer la estaban dejando fuera de algo y ella se resistía. Esgrimía, aparentemente luego de ciertas refutaciones de su interlocutor, el mismo semi-argumento una y otra vez: “yo nunca estuve con el compañero Pereyra, siempre estuve con el compañero Gutiérrez” para luego de algunas interjecciones reclamar: “y qué queda para mí, ahora me dejan afuera”. Así estuvo bastante tiempo, como si entre el calor, la gente y el maple económico de huevos hubiese ingresado en un bucle temporal al que nos arrastraba a los dos puesteros y a mí. Por suerte pude salir de él e irme de una vez por todas con mi recién adquirido adaptador. La señora continuó -cambiando alguna que otra palabra, variando el tono y multiplicando cierta muletilla- reproduciendo una y otra vez el mismo discurso. Me fui pensando cómo a veces en ciertos detalles, en pequeñas cuestiones e ínfimas perspectivas yace aquello que mantiene erguido el universo de un engranaje, en este caso, nefasto.

La señora de anteojos, tacos y un pelo claramente rubio platinado peleaba y le ponía el pecho por teléfono a eso que ella decía haberse ganado. Hacía uso de todos sus recursos lingüísticos para solicitar que le dieran su tajada, por lo único que ella trabajó en la campaña mientras intentaba apelar a la injusticia del hecho. En otras palabras, reclamaba por aquello que hoy mantiene en movimiento al partido. Porque el individualismo es de todos, pero para pelear desde esa postura dentro de la política partidaria, sin miramientos, es signo de un grado de alienación inverbalizable.

¿Habremos perdido los horizontes o, simplemente, nos cagamos en el otro? Luego me distraje revisando el adaptador recién comprado y me pregunté por qué esa señora utilizaba el frente del puesto para hablar un tema de tal índole, tal vez, me dije, quería comprar algo de alambre.

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