¿Conoces a P.Q.? (parte II)

POPURRI
Foto del sitio http://formaciontercerosecun.blogspot.com.ar/
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A medida que Panchi Quintana dejaba atrás un cargo menor para ocupar uno de mayor jerarquía su frialdad se iba descongelando. No me refiero a que su corazón se volcara hacia la bondad, sino que un cargo más alto en su carrera política partidaria equivalía a alimentar su soberbia y le costaba mantenerse inmutable ante aquello que iba en detrimento de sus intereses personales.

Por Ninfa del Limay

El poder que, sentía, lo embestía cada día con dosis más potentes le otorgaba la autoridad para plantarse en su posición ya sin pensar estrategias para alcanzar sus intereses personales. Cada día era más difícil enfrentar los problemas de forma diplomática sin tampoco esgrimir un discurso cuidado. Parecía que esto le jugaría en contra y estancaría su vertiginoso ascenso. Sin embargo, para nuestra sorpresa, no sucedió así.

En el concejo deliberante de la capital provincial a Panchi Quintana le hicieron un comentario que le sirvió de propulsión a chorro para continuar su ascenso sin escalas. Le dijeron que el debía tener bastante imaginación para decir tantas barbaridades, no en vano se llamaba igual a un grandioso escritor de cuentos argentino. Esto último fue un chiste que Panchi no entendió ya que su afición no es hacia las letras. El tono irónico del asesor que emitió el comentario lo enfureció. Claro que ocultó su enojo y no se le notó más que un temblequeo en el párpado inferior del ojo izquierdo. Todo ese día de sesión Panchi imaginaba cómo trascender en cargos a toda esa manga de soretes capitalinos que lo bastardeaban.

Así, a propulsión de odio y soberbia, Panchi se dispuso a conquistar la intendencia de la ciudad capitalina. Observó con recelo la forma de tramar las redes partidarias del prestigioso partido provincial, ese que fundaron los que El general mandó a comprar cigarrillos y se quedaron con el vuelto. Notó que no difería mucho de la forma en la que él había conseguido que lo siguiesen en el barrio, pero a mayor escala. Las promesas eran importantes. Pero no esas  promesas mentirosas que se hacen en un discurso para la comunidad toda o lo que se presenta en un proyecto de gobierno -aunque ningún dirigente sabe bien que es un proyecto por fuera de la retórica electoral. El cebo nacía en las promesas y picaba soltando un poquito de esa promesa pero no en su totalidad. Era esencial que se remitiera a algún beneficio del orden individual para el puntero. Un cargo, una casa en un plan de vivienda, una dilatada presunción de candidatura para ese punta. En definitiva, algo que beneficie al soldado comunal -como Panchi lo pensaba- y lo haga sentirse por sobre el resto de los comunes y mortales neuquinos.

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