Pirotecnia, o el silencioso amigo que sabe escuchar

POPURRI

imagesA fines del pasado mes de octubre una tormenta eléctrica bastante fuerte se desató sobre la ciudad de Neuquén. Apenas menguó caminamos con una amiga poeta por las calles húmedas en las que corrían variados arroyos. En nuestro camino, como salido de la nada, nos acompañó un perro. El simpático can se chocaba con nuestras piernas y al cruzar la calle debíamos tener cuidado, pues avanzaba sin prestarle atención a los vehículos.

Por Ninfa del Limay

Después de unos mimos -entre nosotras no todavía sino hacia nuestro nuevo amigo- llegamos a la conclusión de que aún retumbaban en su cabeza los truenos que acompañaron la tormenta. Su hipersensibilidad auditiva le estaba jugando una muy mala pasada.

Hay que tener cuidado con los perritos en la calle porque a los conductores les da lo mismo, me comentó mi amiga. Luego sus palabras se pusieron poéticas y su voz como cristal quebradizo mientras me contaba el homicidio de un cachorro del que fue testigo. Jugaban varios perritos hermanos, de no más de un mes, en la vereda. Uno de ellos, mientras jugueteaba, bajó a la calle y antes de que mi amiga pudiese acercarse una conductora prendida a su teléfono celular lo convirtió en una mancha peluda en el pavimento. El auto gigantesco no terminó de frenar, la conductora miró hacia atrás sin dejar de hablar por teléfono y continuó, aparentemente, sin un dejo de culpa. Mi amiga, horrorizada y rota en llanto, tomó a los hermanitos del cachorro asesinado y buscó la casa a la que pertenecían. No se lo dije, pero me pregunté si en vez de un perrito hubiese sido una persona ¿qué habría hecho esa mujer?

¿Las mascotas son nuestras amigas o acaso aún las suponemos objetos de nuestra pertenencia? Hoy se discute el uso de pirotecnia en la ciudad. El punto clave es cómo afecta a nuestros silenciosos amigos que saben escuchar. Porque si hago explotar una batería, un mortero, una cañita voladora o disparo fuegos artificiales y me quemó, lo hago bajo mi propio riesgo pues he decidido practicar esta mundana diversión conociendo las posibles consecuencias. El problema radica en perjudicar al otro. Si le disparo una cañita voladora a la casa del vecino y, en el peor de los casos, se mete por la ventana e incendia el arbolito navideño, luego los regalos y el pan dulce sin fruta, hasta pulverizar toda la casa, he afectando a un tercero. Peor aún si el vecino estaba adentro. Terrible si había dejado encerrada a su perra para que no huya debido a la pirotecnia que tiraba su vecino.

El estruendo -que no es para nada mudo- ocasionado por la combustión pirotécnica no es una causa colateral que puede pasar desapercibida. Las ondas de sonido llegan a todas partes. Así, para los perros es imposible guarecerse del sonido desgarrador que desde su aguda percepción los invade y perturba de distintas formas. Huyen, se pierden, se tornan agresivos y todo es originado por los nervios producidos por las altas ondas sonoras de las combustiones pirotécnicas.

Es difícil ser empática con esto, pero cualquier persona puede encerrarse en el baño de su casa, encender algunas baterías o bombas de estruendo y vivir en carne propia lo que les sucede a los perritos. Porque a diferencia de la tormenta eléctrica, la pirotecnia la podemos manipular, elegir o descartar. Porque si dejamos un poco al costado la primera persona del singular nos daremos cuenta que hay otras formas de divertirse, compartir y festejar sin joder al otro perro, al otro de aguda percepción, a otres con las que compartimos el espacio/tiempo ciudadano. En fin, reconocer a otros seres a los que no deberíamos ignorar.

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