El Indio en Mendoza: la fiesta la hizo la gente

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100_2120120 mil personas se congregaron para participar de la misa ricotera en Mendoza y el recital del Indio Solari. Al parecer fuimos por la misa misma, porque el sonido del recital y la organización dejaron mucho que desear. De todas maneras, la experiencia, la calidez mendocina y el pogo más grande del mundo valen la pena.

Por María de los Ángeles

La bronca se escuchaba más fuerte que la música. Al ingresar miles de personas al predio del Autódromo de San Martín no se lograba entender que quisieron hacer. Ante un recital multitudinario como lo ha sido históricamente es muy difícil de comprender como no pudieron ubicar las columnas de sonido y prever la magnitud de la concurrencia, el viento que traía y llevaba sonidos de instrumentos perdidos a lo largo y ancho del predio y el aire libre que permitía hablar tranquilamente viendo dos pantallas a lo lejos y con los oídos poco estimulados.

A 200 metros del escenario, para quienes fuimos por primera vez a vivir un recital con mucha ansiedad y emoción, no pudimos evitar la bronca después del esfuerzo por llegar de tan lejos.

Sin embargo, Mendoza nos recibió con hospitalidad y calidez. La buena energía del ambiente se sintió desde temprano. La avenida principal de la localidad estaba totalmente revolucionada por la gran visita. Era un mar de remeras, banderas, promos de fernet y gaseosa, vinos de la zona, parrillas con choripán y asado, empanas caseras y cientos de familias que participaban de la venta, disfrutaban de la música de fondo y preguntaban de donde venías.

Infinidad de colectivos ingresaban a paso lento por la calle copada de personas, trapos y colores. Nada podía salir mal. El clima era perfecto: 30 grados con algunas nubes que tapaban el intenso sol por momentos. A dos horas de recital emprendimos la marcha, con ansiedad y brindis espontáneos en el camino con vino patero.

Cuando ingresamos al predio la multitud tapaba el sonido. Porque el sonido no estaba. Solo una columna a 100 metros del escenario pretendía llegar a las 120 mil personas que ingresaron (muchas sin entrada porque las vallas estaban caídas) al lugar abierto y con viento que no ayudaba.

La bronca era evidente. Al llegar a los 200 metros de distancia supimos que no íbamos a escuchar nada.

Cerca de medianoche llegó el pogo. Con los gritos y la emoción de la gente, fue el momento más enérgico de la noche. Cuando terminó el recital después de “Jijiji” comenzaron a tirar fuegos artificiales. Parecía una burla. Durante 10 minutos tirando pirotecnia que nadie veía porque comenzábamos a salir del predio cuál ganado en un corral. A muchas y muchos se nos ocurrió lo mismo, ¿Por qué no gastaron más sonido y menos en pirotecnia? La marea de gente era enorme, se alejaba a paso lento y los fuegos artificiales a nuestras espaldas parecían burlarse, sabiendo que era el primer momento de la noche en que sentíamos un sonido intenso.

La invitación para la misa sigue en pie. Es una experiencia única. El pogo más grande del mundo no es una exageración. El pibe con anteojos Raven abraza al de la gorra sucia cantando desde el corazón. Se ponen la misma camiseta. Es un mundo ideal, lleno de alegría, buena onda, buenos tragos y comunidad. Porque al final la fiesta la hizo la gente.

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