Viaje de ida

POPURRI
Imagen del sitio http://arainfo.org/
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Voy en el colectivo. Sube un muchacho que, luego de cruzar unas palabras indecifrables con el chofer, nos reparte a todas las personas un papel blanco con un simpático dibujo de una paloma. Algunas lo ignoran, otras se lo recibimos y, naturalmente, lo saludamos. Termina de repartir los papelitos que puede y comienza su discurso. Ya lo conozco. No me refiero al muchacho, sino al discurso.

Por Ninfa del Limay

Varias veces han subido al colectivo muchachos -una vez una muchacha- que reparten el mismo papelito y pronuncian, también, el mismo discurso. El papelito posee un título VIAJE DE VUELTA y luego aparecen algunas consignas sobre la organización. Hace explicita la cristiandad de la institución para luego referirse a un premio que, en este caso, es un lechón. En otros muchachos han sido chivos y en la muchacha, si mal no recuerdo, un cordero. Siempe algún animalito que todos adoran comer en un asado de domingo, pero pocos son capaces matar. El muchacho comienza, inperterrito, su discurso. Que representa y es parte de la insticución dice. Que ayudan a los drogadependientes a salir de las drogas. Que son buenos. Que le demos cinco pesos o una cifra a voluntad -lo que dicte el corazón dice. Agradece el hecho de no descriminarlo y recibirle el papel aunque no le demos un mango. Finalmente agrega que su agradecimiento por nuestra atención es de corazón y que dios nos bendiga a todos.

Me quedo pensando mientras él junta la plata y los papelitos de las personas que todavía no se convirtieron en zombies y le recibimos el papel sin soltarle plata. Otros zombies directamente hicieron como que no existía esa mano que les extendía, presurosa, un papelito rectangular. Otros zombies lo recibieron y luego le dieron cinco pesos sin mirarlo. Las otras personas le devolvimos el papel con una sonrisa y esuchamos un gracias pronunciado para adentro. Los que le dieron dinero escucharon un gracias que se esparció por todo el colectivo. Un gracias para afuera, plantado, fuerte y decidido. En ese momento me di cuenta que dios solamente estaba en su discurso. Nos agradecía a todos, pero no emitía el mismo gracias para cada persona. Había dos gracias. Uno sonoro y vivo para aquellos que le daban cinco pesos o lo que les decía su corazón y otro gracias desdichado, casi fantasmal, para aquellos que le devolvíamos el papelito.

Pensarán que soy una insensible. Sin embargo, a los otros muchachos y muchacha les di dinero. No es que no me guste el lechón y solamente colaboro cuando me ofrecen un chivo o cordero. Simplemente sentí algo en esa repetición. Se afianza en este medio de transporte urbano un discurso retrógrado sobre las drogas como el problema en sí, sin tener en cuenta los problemas sociales o personales de aquellas personas que caen en semejantes adicciones. También me pregunté porqué era tal la necesidad de dinero de esta fundación cristiana para enviar a las personas en recuperación a mendigar plata con la promesa de que si los ayudás, tal vez, te hagas acreedor de un cuerpo muerto de tierna carne.

Tengo entendido que el estado financia austeramente a estas instituciones con la condición delaicidad. Estimo que esa es la razón para pedir de colectivo en colectivo. La institución es formadora de fieles por encima de su accionar terapéutico. Miro al muchacho, le cuelga una cruz del pecho. Dice que, dios no quiera, si en nuestro entorno familiar alguien cae en el infierno de la adicción, en el papelito hay un número de teléfono.

Se baja con los ojos un poco perdidos, como si pasara algo que no dice. Como si estuviese derrotado. Me quedo pensando y lo único que se me ocurre son deseos: que ese muchacho alguna vez sepa que las drogas no son el demonio sino un vicio; que de los vicios no hay vuelta, sino que son un viaje de ida y hay que luchar con ellos toda la vida; que no necesitamos de un ser sobrenatural, omnipresente y castigador para no caer de nuevo en esos vicios; que necesitamos la ayuda de personas que se interesen en nosotros y conocernos a nosotros mismos -en ese orden respectivamente; que no tenga que repetir un discurso que él no construyó; que diga lo que siente y lo que piensa y no que dé las gracias por compromiso; que agradezca sinceramente porque se ha descubierto a sí mismo y cuando vuelva a mirar a alguien a los ojos en el colectivo no sea culpa lo que inunda sus ojos, sino orgullo por su voluntad de no ceder, otra vez, ante un vicio desgarrador.

2 comments

  • Que no le preocupe, querida Ninfa, “pecar” de insensible. Los deseos que expresa hacia el final de su artículo son los de una persona que concibe al otro, precisamente, no como un zombi, sino como un sujeto activo que puede decidir y obrar en consecuencia. No necesitamos reproducir discursos, sólo construir caminos, y andarlos.

  • Realmente muy flojo. Decidir que las demás personas son “zombies” creo que habla de cómo te ponés en un lugar de superioridad moral que no corresponde.

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