El caso del tachero chorro o las vueltas que da la vida

POPURRI

Por José Chiquito Moya

– La ciudad se está poniendo cada vez más dura. Parece Buenos Aires. ¿Conoce Buenos Aires? –el tachero manejaba como De Niro en Taxi Draiver.

– Sí a todo. Conozco y se está poniendo dura. ¿Lo afanaron?

– Todos los días.

– Tiene que ir al Record Guines. A no ser que sea una metáfora social.

– Mah qué metáfora ni niña muerta. Tengo un peón que todos los santos días se me queda con una parte de la recaudación. Yo le muestro el resumen de la computadorita esa pedorra que tenemos en lugar del viejo Nervex, y le salta que tendría que ponerme tanta guita porque ahí quedan escrachados los kilómetros, y el ñato se me hace el salame. Dice que el aparatito no funciona porque es de Taiwán. Que tendría que ser de Avellaneda. Encima se me pone nacionalista. ¿A Ud. le parece?

– El nacionalismo está de moda.

– Ya sé. Le digo si se puede hacer algo.

– Algo como qué. Matarlo, por ejemplo.

– Tampoco me sirve. Lo que sí me sirve es agarrarlo con las manos en la masa. Probar de forma irrefutable que me caga.

– Así lo puede echar tranquilamente.

– Más que una cuestión laboral, la cosa se plantea como moral. Echar lo podría echar en cualquier momento. Está en negro, por izquierda. Cero contrato, cero aportes, etc. Pero me revienta que me estafe y yo no pueda hacer nada. Echarlo ahora sería darle el gusto. Quiero algo más grosso. Quemarlo para todo el viaje. Pero no puedo hacerlo solo. Tengo que encontrar a la persona.

– Bodoque Fernández, detective de barrio, pa’ servirlo.

– Extraño nombre ¿Es Ud.?

– Cincuenta pesos por día, incluido domingos y feriados. Y sí, soy yo. ¿Cuándo empezamos? El por dónde, déjemelo a mí.

 El 47 en tipos grandes y negros lucía desubicado sobre el amarillo del guardafangos trasero. Era el móvil en cuestión, con el chofer en cuestión. Cacho, para más datos. Le hago una seña exagerada, parado sobre la calle, como para que no diga que no me vio. Para. Me introduzco. Baja la banderita y me mira por el retrovisor. Viene la parte de decirle dónde voy.

– Río Grande.

– Está de noche como para nadar, viejito.

– Pero no para pescar. Te digo más: parece que está picando.

– No se tome el trabajo de robarme. Recién empiezo. No llego a cuarenta pesos. Además…

– Sí, además sos del gremio.

– ¿A qué gremio se refiere? ¿Al tachero o al otro?

– Al otro.

– Sabía que mi patrón me iba a mandar a un botón, pero pensé que sería algo más inteligente. Qué sé yo, una cámara oculta.

– ¿Tengo cara de cámara de foto?

– Pero de vigilante, te sobra.

– Dejemos esta amable plática acá. Arrancá para el río. En ese ambiente siempre me inspiro. Y dejá tranquila la radio que me sé todos los códigos. ¿QSL?

– QSL

El Limay estaba donde está siempre. El viento, como se sabe, nunca está donde siempre. Pero hacía lo suyo. Algunas parejas merodeaban por entre los arbustos, si los hubiera. Otras, adentro de los autos que reposaban en paz y a la sombra. El flaco apaga las luces y mira para adelante. Si le dijera que se introduzca en el agua le mete pata. Para qué dramatizar.

– Tu trompa dice que todos los santos días le afanás de la recaudación.

– Y te mandó para que me aprietes. ¿Qué me vas a romper, un brazo o una pierna?

– Soy detective. Bodoque Fernández para servirlo. Y no rompo nada. La idea era descubrir el ilícito in fraganti. ¿Capici?

– Por ejemplo.

– Por ejemplo tomar el coche hasta Plottier, una hora de espera, volver hasta el centro de Neuquén y pagar la carrera. Deben ser unos ciento cincuenta mangos. Ponele. Vos de a esa guita le metés el diente hasta el hueso. Entregás el turno al trompa con el detalle de la recaudación. El tipo te pregunta si hiciste algún viaje como la gente. Vos muzzarela, que no, que fue una noche de mierda. ¿Quién aparece en la parada como por encanto? El que suscribe, ex pasajero de media distancia. ¿Más o menos el plan, no?

– Es su palabra contra la mía.

– Exacto, somos dos contra uno. Lo que el trompa quiere es humillarte como la gente. Echarte a la mierda como para que no te dediques más al oficio por lo menos en la Patagonia. No sé, da la impresión que en algún lugar hay un polvo mal echado. Debe ser otra cosa que el simple choreo aquí y allá. Aunque la guita siempre manda. ¿Vos que decís?

Cacho se me queda fumando, siempre mirando al frente, como un soldado. El cambio es que ya no va a acelerar para tirarnos al río. Hablando para él mismo, me explica:

– El tipo está caliente porque me encamo con su mujer.

– ¡A la marosca! ¿Así como suena?

– Bueno, su ex mujer. En realidad hace tres años que se separaron y dos que estamos juntos. Incluyendo al pibe que vive con nosotros. Y sí, todos los meses tengo que hacerle trescientos pesos. Ni un mango más. No es difícil comprobarlo.

– Metódico el hombre.

– Es lo que sale la manutención del pibe. Que se niega a poner.

– No sería más fácil negociar un aumento de salario. Están las paritarias. Hay todo un sistema.

– El sistema es que el tipo está enfermo. Yo que él ya me hubiera despedido hace rato. Pero parece como que gozara con esta historia. Que la necesitara. No sé dónde va a parar todo esto. ¿Ud. que opina?

– Soy detective, no adivino. Para mí es caso cerrado. Arrancá para el centro.

Me bajo en el monumento. San Martín no tiene la culpa de lo que sus compatriotas hicimos con él: mucho bronce, poca aplicación de sus ideas. Cacho se va silbando bajito con la banderita alta. Esta noche todavía no llegó a la cuota. Me acuerdo de una obra de teatro donde el sereno le afanaba del vestuario diez centavos a cada obrero. Para compensarlo se lo devolvía haciendo sonar la sirena cinco minutos antes. Se lo pagaba con el tiempo del patrón. Creo que era de Agustín Cuzzani. O de por ahí. Es lo mismo. El cliente me espera tomando una cerveza en un boliche cerca. Cuando me acerco no pone cara de invitarme. Me le siento de prepo en su mesa.

– ¿Lo tenemos? –me pregunta sin saludar.

– Tengo lo más importante. Algunos le llaman verdad. Pero lo difícil es que sea la misma para todos. Hagamos una cosa: yo no le cobro la tarifa, Ud. deja las cosas como están. Cuando menos lo esperemos su pibe cumple la mayoría de edad y listo.

One thought on “El caso del tachero chorro o las vueltas que da la vida

  • Capo Bodoque. Lástima que así no va a hacer ni un mango! Además, el tipo sabe de teatro.
    Gracias Don Chiquito.

Deja un comentario