Invisibilizar los crímenes sexuales es una forma de “lavarle la cara a los represores”

Derechos de la humanidad, SECCIONES
Presentación del libro en La Conrado Centro Cultural el viernes pasado. Foto 8300web (Cecilia Maletti)

Marta Vassallo y Susana Chiarotti, editora y autora respectivamente del libro “Grietas en el silencio”, explicaron cuáles son los obstáculos que impiden avanzar en el juzgamiento de los responsables de la violencia sexual durante el terrorismo de Estado, y cómo propiciar una escucha adecuada de los testimonios de las víctimas.

Por Laura Loncopan Berti

“Grietas en el silencio” busca incidir en los procesos judiciales, en marcha y venideros, relativos a delitos de lesa humanidad. De allí nace el genuino activismo de sus autoras, quienes lograron el año pasado que la Cámara Federal de Apelaciones de Mendoza dictara un fallo que ratifica que los ataques sexuales fueron parte del plan sistemático represivo. No es el primer antecedente, pues en Santa Fe y en Mar del Plata los tribunales ya se habían pronunciado.

-¿Cuáles son los principales argumentos por los cuales la violencia sexual debe ser considerada un delito de lesa humanidad?

SC: En primer lugar, porque la tortura es un delito y el abuso sexual y la violación, otro. Todos los ataques a la libertad sexual son diferentes de la tortura. La tortura es la presión, la intimidación, infringir dolor a una persona para sacar información y los otros delitos tienen por objeto violentar la libertad sexual de una persona, controlarla, humillarla, puede ser o no para sacar información.

La violación tiene otro tipo de connotación, se construye de una manera diferente. Es un ataque a la libertad sexual de la persona y el bien jurídico afectado es diferente del de la tortura.

El delito de embarazo forzado, que es una de las formas de violencia sexual que nosotras tenemos identificadas, tiene otro tipo de consecuencia contra la mujer, de hecho la obliga a un embarazo forzado y si eso no se detiene, la obliga después a una maternidad forzada.

-O un aborto forzado

SC: O un aborto forzado o la esterilización forzada.

Tiene un montón de variantes la violencia sexual, que puede ir desde la desnudez forzada, el hacerte bailar desnuda delante de un grupo de represores, el manoseo. No siempre es violación, no se lo puede reducir solo a violación.

No visibilizarlo es dejar de lado un aspecto importante de lo que se hizo durante la represión ilegal, y de alguna manera es lavarle la cara a los represores, es dar una imagen diferente de lo que fueron. Parecían militares rigurosos y disciplinados que solo querían eliminar a los grupos subversivos y en realidad no.

-Con una pátina de moral cristiana

SC: Precisamente esa pátina de moral cristiana es la que se resquebraja cuando mostras la verdad de lo que pasó con la violencia sexual.

Palabras que arden

La investigación es fruto del trabajo conjunto de dos organizaciones: Cladem y del Instituto de Género, Derecho y Desarrollo. Foto 8300web (Cecilia Maletti)

-El libro plantea la importancia de generar un espacio adecuado de escucha de las víctimas. ¿Cómo se garantiza eso en la audiencia de debate, que es un espacio de contienda entre las partes, sumado a la presencia del público?

SC: El mismo instructivo (en referencia al documento elaborado por la Unidad Fiscal de Coordinación y Seguimiento de causas por violaciones a los Derechos Humanos de la Procuración General) le da órdenes de cuidar a las víctimas. Les dice cómo tienen que trabajar. Cómo una persona que otro preso ha dicho “a ella la violaron”, y si la persona no quiere denunciar no hay que presionarla. Cada uno tiene sus tiempos. Una persona que sí quiere denunciar hay que cuidarla. Además de las instrucciones de cómo cuidar a la persona, rodearla de un espacio de contención, de apoyo terapéutico, y de protección, las prácticas que se están dando en el país, por lo que yo vi en Rosario, a la víctima no se la interrumpe cuando habla. A la víctima se le dan sus tiempos.

No te pueden poner en una moledora de carne a que te repregunten y empiecen a dudar de tu testimonio. La otra cosa que plantea el instructivo es que de ninguna manera se va a admitir que una mujer consintió la violencia sexual estando en un espacio de detención ilegal.

Hay que valorar de otra manera también los dichos de la víctima, que en la justicia ordinaria en general son siempre sospechados de fabuladores. Acá pasaría a ser un testigo necesario porque todo lo que tuvo que vencer para poder contar eso, la vergüenza que pasan, el estigma que cae sobre una víctima de violación en esta sociedad, una vez que vence todo eso y se anima a decirlo, que encima sospechen de que lo que dijiste es verdad o no, sería como volver a negar justicia y garantizar la impunidad.

MV: El solo hecho, primero, de que hable de la cuestión, porque hay fiscales y abogados que le dicen al testigo: “no, vas a sufrir de nuevo”. O un criterio de los fiscales que es, bajo la forma de proteger a los testigos: “no la vas a someter a que lo vuelva a contar”.

Lo que se presenta como protección a la víctima en realidad siempre ha servido, tradicionalmente, aún fuera de los estados de excepción, para garantizar la impunidad del violador.

-¿Cuáles son las condiciones que les permiten a las víctimas hablar 36 años después?

MV: Desde la Conadep hay denuncias de violación. Es verdad que en esta segunda etapa de los juicios esos testimonios se han incrementado, incluso gente que antes no lo dijo ahora lo dice. Yo creo que pesan desde que las personas están en otra etapa de su vida, a todos los cambios sociales y culturales que ha habido en el medio.

Tanto en un sentido estrictamente político como en un sentido más cultural, la gente se siente más habilitada para hablar.

-La sociedad, como oyente, ¿de qué manera se para frente a ese relato, por ejemplo el de Dora Seguel?

SC: Lo peor que le puede pasar a una víctima como Dora (declarará el próximo miércoles en el segundo juicio contra represores en la región) es la indiferencia. Ella tardó mucho en decirlo, ahora se expone al decirlo. Esta sociedad todavía no está preparada para que las personas que sufrieron violencia sexual estén totalmente libres del estigma.

Lo que hay que hacer con esa persona es ser solidaria y contenerla, y apoyarla en su testimonio. No dudar de su palabra.

“Quizás duela tanto porque nadie ha hecho justicia”*

"Están desalentando a muchas víctimas", aseguró Chiarotti en cuanto a la denuncia judicial. Foto 8300web (Cecilia Maletti)

-¿Cuáles son las aparentes dificultades para la investigación judicial de estos hechos que ustedes desmontan en el libro?

SC: Lo que se detecta son tres o cuatro nudos importantes. El primero: la rapidez con que todos los jueces meten todos los relatos que escuchan de violencia sexual adentro de la tortura y lo subsumen. Entonces el instructivo de la fiscalía va desgranando porqué los dos tipos de injustos son absolutamente diferentes y tienen que ser juzgados diferente.

El otro obstáculo que ponen es que no lo consideran delito de lesa humanidad porque un delito de lesa humanidad tiene que tener las características de generalidad, sistematicidad, extensión.

En realidad, lo que nosotras tratamos de plantear, lo que tiene que ser sistemático y extendido es el ataque dentro del cual se da el delito. Cualquier delito que se haya cometido, adentro de ese plan sistemático de ataque generalizado contra la población civil es delito de lesa humanidad, si se hacía dentro del plan por parte de gente que sabía, que era parte de un sistema de represión determinado.

¿Cómo se escapan los jueces? Ellos dicen: “las violaciones no fueron generalizadas y sistemáticas. No vimos una orden escrita de que se violara. Entonces no formaba parte del plan, fueron hechos aislados”. Hay dos equivocaciones ahí. Por un lado, pedir que las violaciones sean muchas y reiteradas, y múltiples, para que sea considerado delito de lesa humanidad. Le están poniendo al delito el requisito que tiene que tener el contexto en el cual ocurre el delito.

El tercer obstáculo es que ellos dicen: “es un delito de acción privada que solo las víctimas pueden incoar y entonces no vamos a ponernos a juzgar eso”.

Ahí están cometiendo un error grave de derecho penal, porque en derecho penal el delito de violación es dependiente de instancia privada, salvo que se haya producido un daño mayor a la víctima. Y la muerte o el secuestro y la desaparición, son un daño mayor. Entonces ahí la instancia privada desaparece y el Estado tiene que pasar a ocupar el rol del acusador, y a perseguir de oficio al delito.

El delito de instancia privada desaparece cuando las compañeras fueron secuestradas y no volvieron a aparecer, y cuando ya han muerto. Con respecto a las otras víctimas, es verdad que es dependiente de instancia privada y eso en estos momentos tiene que ser una herramienta solo para las víctimas, no para escudarse los jueces.

-¿El hecho que la víctima no lo haya denunciado en su momento y que lo denuncie ahora cambia algo en el proceso?

No, porque precisamente los instructivos que les están dando a los fiscales y a los jueces es decirles: comprendan que hubo una época en que además había mano de obra desocupada circulando por las calles, había mucho miedo y no había un entorno que le permitiera a las víctimas procesar lo que pasó, y a la gente entenderlo.

-¿Respecto a la autoría?

Es el cuarto obstáculo y hace que digan: es un delito de “mano propia”. Y ahí se están equivocando porque el delito de mano propia es una categoría que, además, no está universalmente aceptada por todos los juristas. Es dudosa, es confusa, y se usa más bien para los casos de prevaricato.

La violación no cae dentro de esa categorización, porque es un delito para coartar la libertad sexual de una persona, y solo un juez que piense que hubo ahí deseo de obtener placer sexual podría decir: “no, fue de mano propia, lo hizo para su propio placer, no vamos a culpar al comandante por un desvío del soldado”. En realidad ahí hubo otra forma más de humillar a un detenido.

Hasta el momento hay tres fallos sobre el tema: el primero es del TOF de Santa Fe, el segundo del de Mar del Plata y el último de la Cámara de Apelaciones de Mendoza. Foto 8300web (Cecilia Maletti)

Rupturas

-¿Cómo operó, en el caso de los varones, la violencia sexual?

MV: Es un poco difícil de analizar porque los testimonios son menos. Me parece que para los hombres es todavía más difícil hablar, aunque hay algunos que han hablado muy claramente, y desde el año 85. Yo un poco en el prólogo me decidí a poner la hipótesis de que, en primer lugar Cladem e Insgenar son organizaciones feministas y el feminismo tiene una elaboración muy amplia, muy profunda, y además de larga data sobre lo que significa la violación de las mujeres, y no hay ningún aparato teórico que se le pueda comparar que analice el sentido de las violaciones entre hombres. Nos faltan elementos incluso para analizar lo qué escuchamos de un hombre.

A mí se me ocurre que en esa especie de ruptura de límites total que hubo, en esa lógica represiva, no hubo empacho en tratar a los hombres, entre comillas, como mujeres. Es decir, que se rompe incluso un principio que está en “La Ilíada” de Homero, de que los enemigos, aunque se maten, se respetan.

La Doctrina de la Seguridad Nacional redujo a sus enemigos, reales o inventados, a una condición no humana. Entonces era posible hacer cualquier cosa con ellos. La actitud con las mujeres sí tiene una larga tradición, porque la mujer del vencido está condenada a eso. Las primeras esclavas en la historia de la humanidad son mujeres, son las mujeres de los vencidos. Ahí está la fuente de todas las formas posteriores de esclavitud, pero respecto de los hombres es haber abandonado la idea de que se está frente a un hombre que pelea. 

*Testimonio de una de las víctimas extraído del libro.

Deja un comentario