Racismo en el Parque Indoamericano

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Parque Indoamericano. Foto TelamLos recientes declaraciones de Mauricio Macri a raíz del conflicto suscitado a partir de la toma del Parque Indoamericano, poniendo en la inmigración el foco del problema, revivió la llama xenófoba que la derecha vernácula lleva en su ADN, y a la que una parte de la sociedad le hace el caldo de buena gana. El jefe de gobierno logró en una sola oración encontrar la simple causa de problemas complejos: la culpa la
tiene “la inmigración descontrolada”.


Por Roberto Samar* y Ariel Lieutier**

Este discurso calzaró a medida de ciertos sentidos comunes y tuvieron, como otras veces, una asombrosa efectividad, así las “hordas justicieras” respondieron al llamado del Ingiero y pretendieron expulsar por mano propia a quienes invadían un parque (que por capricho del destino se denomina Indoamericano), dando paso a una de la imágenes más dolorosamente patéticas de las que se tenga registro reciente.

Es que el sentido común de muchos argentinos está cargado de miradas peyorativas hacia lo latinoamericano. Para esta mirada, la civilización viene de ultramar y en nuestra América yace la maldición de la barbarie, que se resiste sistemáticamente a desaparecer. Esta idea no siempre se presenta de manera ordenada y acabada, pero sus corolarios suelen filtrarse en los hechos cotidianos.

En el “otro”, en el “distinto”, se pone el foco de la estigmatización y se le asigna la causa de nuestros males. Se ingresa en una espiral de desprecio en el que ciertas identidades se convierten lisa y llanamente en un insulto.

En la cancha como en la vida, ser calificado como boliviano o paraguayo se convierte en un doble agravio, insulto para el que lo recibe, pero también para aquellos que ven convertidas sus nacionalidades en una descalificación.

El sociólogo Carlos Belvedere define esta situación despreciativa como “discriminación social”. La caracteriza como la exclusión social legitimada y/o institucionalizada basada en un estereotipo que naturaliza una identidad social mediante la sutura en torno a rasgos particulares a los cuales se les adscriben dogmáticamente como indisociables características negativas que no le son necesarias”.

En ese sentido, en la sociedad circulan con demasiada frecuencia discursos que denuestan al inmigrante latinoamericano. Los peruanos son “vagos, traficantes y usurpadores de casas”. Los bolitas son ignorantes que vienen a robarle el trabajo a los argentinos, que trabajan por monedas más de doce horas seguidas en los talleres clandestinos porque “están acostumbrados” (incluso en alguna causa judicial un Juez Federal llegó a afirmar que la forma de organización de los talleres clandestinos “respondía a pautas culturales de los pueblos originarios del altiplano”).

Quienes emiten estas sentencias siempre tienen algún caso fáctico puntual para sostener la universalidad de sus argumentos. La lógica se refiere a este tipo de razonamiento como falacia, es decir que se utilizan las características de una persona o un subgrupo para inferir las características de todo el conjunto.

Este tipo de razonamiento suele estar blindado a la evidencia. Si a alguien que sostiene este tipo de afirmaciones se le otorga un contraejemplo, éste creerá que es “la excepción que confirma la regla”, ya que la base del mismo no es la evidencia sino el prejuicio racional con el que se interpreta dicha evidencia.

En algún momento los argentinos nos convencimos de que nuestro destino no estaba asociado al del Continente, y aún más que nuestra identidad no estaba ligada a él.

Esta negación de lo latinoamericano es de vieja data, ya en 181,6 los delegados de Buenos Aires, se reían de las intenciones del grupo de Belgrano y San Martín de promover la creación de una monarquía parlamentaria y poner al frente a un representante de la casa de los Incas. Doscientos años después este es un hecho todavía poco conocido y, menos aún, explicado.

En el momento en que se debatía la emancipación americana estaba muy fresca en la memoria colectiva la revuelta de Tupac Amarú, la primera gran afrenta al poder colonial español. Belgrano, San Martín y otros que sostenían la necesidad de una Nación Americana, veían en la Casa de los Incas, la expresión de rebeldía y la resistencia contra el colonialismo y un símbolo de unidad de los distintos pueblos americanos.

La minimización de este hecho en el relato hegemónico de la historia no es casual: que el “padre de la patria” rescate la cultura y los símbolos de los pueblos originarios es una dura afrenta para los que sostienen que nuestro norte está en la negación de esa raíz.

Menos conocido, aún, es el hecho de que Cornelio Saavedra nació en el territorio de lo que actualmente es Bolivia. Es decir, la máxima autoridad del primer gobierno patrio fue un boliviano.

La mirada Eurocéntrica que niega esas raíces de nuestra identidad nos llevó a medirnos con las varas de otros; y a implementar políticas y modelos pensados en otros contextos.

Actualmente, otros aires atraviesan nuestra región y por primera vez en mucho tiempo América del Sur está tratando de encontrar las respuestas a sus propias preguntas. En la última década se han profundizado las relaciones comerciales y económicas dentro del continente, se ha avanzado en distintas iniciativas de integración, e incluso UNASUR ha jugado un rol muy importante en el sostenimiento y fortalecimiento de las democracias, así como en la resolución de conflictos entre los países de la región. Un fenómeno como Telesur, cuyo slogan es “Nuestro Norte es el Sur”, va en esa misma dirección.

Sin embargo, en la medida que parte importante de nuestra sociedad entienda que nuestros vecinos son inferiores, el proceso de integración encontrará fuertes resistencias y, se perpetuarán además las injusticias y penurias que sufren los migrantes en nuestro territorio.

* Licenciado en Comunicación Social (UNLZ). Miembro del Departamento de Comunicación del SIDbaires.
**Economista (UBA), Coordinador del Departamento de Trabajo y Empleo de SIDbaires

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