Si los mercados festejan, hay motivos para preocuparse

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digo-lo-que-sientoLos mercados festejaron la muerte de Néstor Kirchner. Subieron la mayoría de las acciones y los bonos. Y bajó el “riesgo país”. Se trata de los mismos mercados que festejaron con una suba estrepitosa la llegada de Domingo Cavallo al ministerio de Economía, en días de Carlos Menem. ¿Quiénes son, a quién representan y quiénes apoyan a esos mercados?

Por Fabián Bergero

“Los mercados festejaron la muerte de Kirchner”. La noticia se conoció a las pocas horas del deceso del ex presidente. Las acciones de los bonos argentinos habían subido 5 por ciento. El de algunas empresas nacionales, entre el 12 y el 25 por ciento. Y las de Clarín, el 49.

Está claro que el sector financiero se prepara para volver con todo, porque se siente ganador de la batalla que le había planteado el ex presidente de la Nación hace siete años. Y por eso ve su retorno al poder muy cercano.

Se trata del sector de la renta financiera y de la especulación que dominó la política y la economía durante casi dos décadas en Argentina. Habría que recordar que el gobierno militar de Videla y sus cómplices, benefició al sector agro ganadero exportador. Por eso José Alfredo Martínez de Hoz fue designado como ministro de Economía. Este grupo le ganó la pulseada a los sectores de la industria y el comercio, cuyo deterioro fue claro durante los años negros.

Pero la llegada de Carlos Menem implicó el ascenso de un nuevo sector dentro de ese grupo de poder. Fue el financiero. No al cuete el nuevo presidente le entregó el ministerio de economía a Domingo Cavallo. Naomi Klein recuerda en su libro “La política del Shock”  que “la Bolsa de Comercio reaccionó con lo que equivalía a una sonora ovación: un repunte súbito de un 30 % en el volumen de las contrataciones el mismo día que se anunció el nombre de Cavallo”.

Eran los mercados que festejaban.

Ese fue el sector que ejerció el poder durante los gobiernos de Menem y del radical Fernando de la Rúa. Ambos hicieron todo lo que le dictaron. Armaron e impusieron los marcos normativos necesarios para que el capital pudiera maximizar sus ganancias. Siguiendo los dictados del Consenso de Washington –el plan de los Estados Unidos para aumentar la dependencia de América Latina hacia el país del norte- privatizaron las empresas del Estado, abrieron los mercados destruyendo lo poco que quedaba de la industria local, flexibilizaron las condiciones de trabajo, expulsaron a más de la mitad de la población de la actividad productiva, condenándolos a la pobreza y la indigencia, y realizaron la más brutal transferencia de recursos de manos de los trabajadores al capital concentrado.

Los mercados festejaban.

Claro que para lograr estos objetivos, el poder financiero contó con el siempre complaciente favor de la (gran mayoría de la) clase media y alta. Esa misma que se hizo la boluda en los 70 y los 80 (“nunca supimos nada sobre los secuestros y los asesinatos”, dirá  ya en democracia), que votó a Menem tres veces (debo recordar que le ganó a Kirchner en la primera vuelta) y a De la Rúa (un presidente “serio”). Esas clases fueron aliadas de fierro, hasta que un día le tocaron los atributos esenciales de su identidad de clase: sus ingresos, su trabajo y sus ahorros. Ahí se pudrió todo.

Fue entonces –y sólo entonces- que salieron a la calle con las cacerolas de sus juegos de cocina y la emprendieron contra el símbolo de gobierno (la Casa Rosada) y del poder financiero (los bancos). Tenían miedo de caer. Dejar de ser  “clase media”, y caer en la exclusión, ese enorme agujero negro que ya había devorado a millones de argentinos y argentinas. Tal vez alguno habrá pensado: “Es tarde, ahora tocan a mi puerta”. Quizás por eso salieron a romper bancos.

Los mercados entonces, se preocuparon. Un poco.

Es que el poder no es tonto y reacomodó las cosas rápidamente. La clase política argentina (esa que Victor Ego Ducrot y Stella Calloni llaman “la corporación política mandataria de las corporaciones”) tenía la orden de no llamar a elecciones (sería “la peor opción” aseguró Joaquín Morales Solá en tapa del diario La Nación del 22 de diciembre de 2001).

El poder –ese sector financiero del que hablamos- consideró que había que ver cómo salvar las papas antes de que la plebe votara. No importaba quien ganara: el poder lo tendrían ellos. Pero primero había que asegurarse el rescate de sus ganancias extraordinarias. Y así se hizo, Duhalde mediante.

Ducrot y Callón lo explican en cifras: “Entre marzo de 2001 y abril de 2002, el sistema bancario que opera en la Argentina succionó hacia el exterior alrededor de 110.000 millones de dólares”. Aunque  –dice- conservó los títulos para demandar el cobro de la deuda externa. Esa deuda que finalmente fue renegociada por el gobierno de Néstor Kirchner con una quita del 70 por ciento, y que le ganara el odio profundo del sector financiero.

Lo cierto es que “nunca, jamás, la banca acreedora habría soñado con recibir en tan poco tiempo el pago de casi la mitad de todos sus créditos con el país”, señalan Ducrot y Calloni en el libro “Recolonización e Independencia”.

En forma paralela, el gobierno de Duhalde ofreció algunas concesiones para los pobres: comedores, la campaña el hambre más urgente (junto con el diario La Nación y la Iglesia), algunos subsidios. También –claro- se le aseguró la devolución de una parte de los depósitos a esa clase media que –a pesar de que la estafaron- volvió de a poco a confiar en el sistema financiero y regresó sus depósitos a los bancos como si acá no hubiera pasado nada. La gran mayoría sintió que aunque fuera poco, ese dinero le servía para no caer. Porque –se sabe- a los de afuera hay que matarlos por chorros, por sucios o por feos.

Pero el festejo de los mercados se vio interrumpido por las renegociaciones de deuda que impulsó el gobierno nacional. Les dijo: tomen el 30 por ciento de lo que le debemos, o nada. Y como el juego de los mercados es ganar mucho, ganar o ganar poco (pero jamás perder) lo aceptaron. La desconexión del país con este sector (lo que los analistas bautizaron como “el aislamiento argentino”) fue una demostración de que el enfrentamiento era a muerte.

Ahora esos mismos mercados, muchos de los integrantes de esa clase media, y “la corporación política mandataria de las corporaciones”, festejan la muerte del ex presidente porque consideran –como lo señaló el diario Clarín en su edición del jueves- que “Kirchner marcó una época”, y que esa época acabó con su muerte.

Por eso los mercados festejan. Pero muchos de nosotros y nosotras, no.

4 comments

  • Muy buena nota, Fabián. Es por eso que, más allá de cualquier diferencia que tengamos con el actual modelo de gobierno, debemos unirnos para defender la democracia y el pueblo. Es lo único que debe importarnos hoy. Los gorilas de siempre están con los dientes afilados.

  • Impecable, me encantó Fabián… aunque Clarin sostenga el fin de una época es indudable que la multitud en la calles expresa en el contrapunto de la pulseada, son millones los que no festejamos ni tocamos bocinas ni…

  • Que los mercados se atraganten el brindis dependerá sólo de nosotras y nosotros. ¿Y si -como hizo uno que llevaba mi nombre- echamos a los mercaderes del templo?

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